11 de marzo de 2016

El asesinato del emperador libidinoso

Hace unos días tuve la oportunidad de charlar con un funcionario romano, de nombre Herodiano. Pude preguntarle acerca del actual emperador, Marco Aurelio Antonino Augusto, y lo cierto es que la información que este liberto me proporcionó sobre el joven de dieciocho años que ostenta el máximo poder del Imperio Romano, me dejó realmente impresionado. Supongo que en tiempos convulsos como estos que vivimos se tiende a exagerar, pero Herodiano me aseguró que todo lo que me comentaba lo había presenciado. No obstante, aun rebajando notablemente el alcance de tales afirmaciones, todavía nos quedaría un relato bastante perturbador, cuyo protagonista es este muchacho que ahora veo, ataviado con ostentosas telas, todas ellas de seda. Un lujo que nadie había alcanzado hasta ahora. El uso del más exclusivo de los tejidos venidos de tierras orientales no es el único aspecto que el emperador, poco más que un niño, posee como excentricidad nunca antes vista. Y esa es la razón por la que se ha convertido en un líder tan odiado por todos los aquí presentes.

Las rosas de Heliogábalo. Lawrence Alma-Tadema. 1888.

Vario Avito Basiano nació en Emesa, importante ciudad siria, en el año 203. Perteneciente a la dinastía Severa, es hijo de Julia Soemia Basiana, y nieto de Julia Mesa. Hago referencia a su madre y a su abuela, puesto que estas dos mujeres son las que han estado moviendo los hilos del poder, ya que el muchacho, y en esto todos parecen coincidir, no ha utilizado su posición para otra cosa que para dar rienda suelta a los deseos de un, según lo denominan por aquí, vicioso con una indescriptible desagradable vida. Tras el asesinato de Caracalla, en el año 217, uno de los participantes en el atentado, el prefecto del pretorio, Macrino, ascendió al poder blindado por el apoyo que todas sus tropas le brindaron, sin necesidad de consultar al Senado. Su gobierno duró alrededor de un año, el tiempo que necesitaron dos mujeres en Emesa para organizar una conjura con el objetivo de derrocarle, en favor de un niño que, a pesar de su juventud, ejercía como sumo sacerdote de El-Gabal, principal deidad de esa ciudad siria, cuyo culto resultó tan importante para él que le valdría el nombre posterior de Heliogábalo. Para llevar a cabo su complot, las mujeres se ganaron el apoyo de la Legio III Gallica, asentada en Raphana. De este modo, al amanecer del día 16 de mayo del año 218, Publio Valerio Comazón Eutiquiano, comandante de la tercera legión, proclamaba emperador al chaval, bajo el argumento de que era hijo ilegítimo de Caracalla. Las cosas se complicaron para Macrino, quien vio también la rebelión de la Legio II Parthica. Su definitivo final llegó con su derrota en la Batalla de Antioquía del 8 de junio de 218, fecha elegida por el emperador Heliogábalo como inicio de su gobierno.

Hoy es día 11 de marzo del año 222. Me encuentro en el campamento pretoriano, a las afueras de Roma, un cuartel construido en el año 23 por orden de Lucio Elio Sejano, prefecto pretoriano del emperador Tiberio. Se trata de un recinto amurallado de casi quinientos metros de ancho, cuyos muros de piedra, y más en un día como hoy, lo convierten casi en una prisión. En el centro del campo, como protagonistas de la tensa escena que estamos viviendo, se encuentran el emperador Heliogábalo y su primo, Alejandro Severo. Permanezco entre las filas de la guardia pretoriana, cuyos dirigentes han convocado esta reunión. Tras algunos discursos, todos los soldados, y por ello yo me uno para no levantar sospechas, comenzamos a aclamar a Alejandro, despreciando a Heliogábalo. El emperador, lleno de ira, comienza a gritar tan fuerte que no puede evitar soltar ridículos gallos de adolescente. Se siente traicionado, y da vueltas sobre sí mismo ordenando arrestar y ejecutar a todos aquellos que tengan que ver con esta revuelta, pues acertadamente interpreta que se trata de una rebelión. Ningún pretoriano se mueve hasta que una nueva orden es voceada. La exclaman nuestros capitanes. Las espadas silban saliendo de las vainas. El emperador debe ser asesinado.

Pocos en toda Roma son los que no se han llevado las manos a la cabeza ante la actitud del joven que hasta ahora dirigía el imperio. Desde que comenzara a ejercer de emperador, todos aquellos que colaboraron en su ascenso al poder se lamentaron de haberlo hecho. Se le ha acusado de muchas cosas, pero lo realmente grave es que a pesar de su juventud y de la posibilidad de crecer bajo una educación destinada a un buen gobierno, Heliogábalo es incontrolable.

Busto de Julia Maesa. Penn Museum de Pensilvania.

Corrupto. A su llegada a Roma en el año 219, el muchacho colocó a sus aliados, aquellos que lo habían ayudado a usurpar el poder, en diferentes puestos de gran categoría, despertando la indignación de los mandatarios que consideraban que dichas personas no estaban capacitadas para ocupar tales cargos. Irresponsable. Se la suda todo. Colocó a su madre y a su abuela en el Senado, pasándose por el forro el hecho de que las mujeres no podían siquiera acudir a las reuniones senatoriales. Arrogante. Tal ha sido su desdén, que ha modificado a su gusto incluso el mismísimo panteón de los dioses, colocando a su deidad predilecta, El-Gabal, en lo más alto, situándola incluso por encima del dios Júpiter. Ordenó traer de su ciudad natal la roca negra que se utiliza para representar al dios, cuyo nombre ha definido ahora como Deus Sol Invictus. Dicha piedra, que probablemente es un meteorito, es paseada por toda la ciudad en un carro de oro tirado por seis caballos blancos no dirigidos por nadie, como si la propia deidad fuera quien los guiara. Por supuesto, él es el sumo sacerdote de su nueva religión. Depravado. Quizás el más trascendental de sus aspectos, y el que más cóleras ha levantado. Heliogábalo es un auténtico enfermo. Su orientación sexual siempre ha sido discutida, pues a pesar de sus varios matrimonios con mujeres, el muchacho, y no a escondidas, siempre ha mantenido relaciones con otros hombres. Pero lo que a esta sociedad escandaliza es su comportamiento. Se dice que el chico ha convertido el palacio imperial en un auténtico prostíbulo. Acostumbra a vestirse y maquillarse como una mujer, y sofoca su deseo prostituyéndose en sus salones, ofreciéndose a cualquier hombre, patricio o plebeyo, que pase por allí, a cambio de unas monedas. Además, posee funcionarios cuyo trabajo no es otro que localizar a los hombres mejor dotados del imperio, para traerlos hasta su lecho. Prefiriendo considerarse a sí mismo emperatriz, antes que emperador, quiso nombrar César a su amante favorito, el auriga Hierocles, a quien acostumbraba a besarle el miembro tras las victorias del atleta en los estadios. Se dice que Heliogábalo prometió infinitas fortunas al médico que lograra otorgarle genitales femeninos. Pero lo realmente preocupante para sus allegados, era que el muchacho descuidaba completamente sus labores de emperador, entregándose en todo momento a sus vicios. Y es por ello que hoy han decidido poner fin a la incontrolable actitud de este crío.

Sus ropas de seda no le pueden proteger. Su poder ya no es respetado. Sabe que su gloria, y todo lo que ésta le proporcionaba, ha llegado a su fin. Desconozco si el miedo que ahora recorre su cuerpo conseguirá que reflexione sobre su conducta, llegando a la conclusión de que el puesto más alto del Imperio Romano conlleva responsabilidades, y no sólo beneficios. Tras haber salido corriendo, huyendo en busca de un lugar seguro, los soldados finalmente lo encuentran. Nadie, a excepción de su madre, permanece a su lado. Tal es su soledad en este momento que el único refugio que ha conseguido encontrar es una sucia letrina en la que intentó esconderse. Madre e hijo son detenidos y desnudados. Obligados a arrodillarse en el centro del campo pretoriano, son decapitados ante la mirada de la abuela, quien rodea con su brazo a su segunda opción de emperador tras el fracaso del otro nieto. Alejandro Severo será proclamado emperador con tan sólo trece años de edad.

Busto de Heliogábalo. Museo Capitolino de Roma.

Herodiano nos dejó una de las fuentes más importantes sobre la vida de este emperador.

1 de marzo de 2016

Pues os quito la Luna

Parece que llevamos años en estas tierras, y fue el 25 de junio del año pasado cuando nuestras cuatro embarcaciones vararon en las playas de este lugar, permitiéndonos pisar tierra firme antes de que la maltrecha madera de sus cascos terminara por destartalarse y hundirse en las claras aguas de este mar Caribe. Dos naos, grandes barcos con gran capacidad de carga, llamados El Gallego y El Vizcaíno, y dos carabelas, naves más ligeras y por ello rápidas, llamadas La Capitana y La Santiago, componían la que hasta ese momento era nuestra flota, que partió de Cádiz el día 9 de mayo de 1502. A bordo de esta última, La Santiago, he realizado yo el largo viaje, como marino a las órdenes de los capitanes Diego y Francisco de Porras, impuestos por los financiadores de esta campaña al que es el verdadero líder de la expedición, Cristóbal Colón. Aquellas embarcaciones son ahora el fuerte que nos cobija en esta isla aún sin conquistar, pues la madera que no fue devastada por el molusco de la broma, tan típico en estas costas, no servía para otra cosa que para construir un campamento en el que quedarnos a esperar ayuda. Sentado en la playa espero a que salga el Sol de este 1 de marzo de 1504, dejando que se retire la Luna, que tanto nos ha ayudado esta noche en esta aún desconocida isla de Janahica, o Jamaica.

Retrato de Colón. Sebastiano del Piombo. 1519. Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.

El motivo de este viaje, el cuarto ya de Colón a esta parte del redondo mundo, no es otro que alcanzar de verdad las Indias, puesto que estas tierras descubiertas no lo son. El oro, la plata, las piedras preciosas y las especias de las Indias han sido alcanzadas por los portugueses tras bordear África bajo el mando de Vasco da Gama hace unos pocos años. Nuestro objetivo es llegar a esas riquezas por este otro lado, pero para ello necesitamos encontrar un paso entre estos territorios bañados por el Caribe y las aguas del mar de las Indias. Parecía que el pueblo guaimí, con el que contactamos hace unos meses, nos desvelaría el punto exacto en el que, según ellos, tras menos de diez días a pie se alcanzaba un océano diferente al otro lado de ese país. Cuando los indios percibieron que a parte de cruzar sus tierras para seguir la expedición, además queríamos saquearles, convertirles y colonizarles, tomaron las armas y dijeron que una mierda. A pesar de que nos superaban en número en relación de diez a uno, nuestras armas vencieron, aunque ellos acabaron con varios de los nuestros.

Retrato de Colón. Ridolfo Ghirlandaio. 1520. Museo del Mar y la Navegación. Génova.

En Jamaica las cosas no han ido mucho mejor, aunque de momento no nos hemos liado a leches. Tras nuestro naufragio intentamos establecer una convivencia pacífica con los indígenas de esta zona, que amablemente nos abastecieron de alimento ofreciéndonos los muy exquisitos manjares de este lugar. Pero a nosotros no nos hace falta buscar enemigos, que ya entre nosotros nos liamos a palos solos. Hace ya más de seis meses, Colón envió a su escribano mayor en este viaje, el zamorano Diego Méndez de Segura, a la isla de La Española, en una canoa robada a los indios, a pedir ayuda. Todavía estamos esperando, pero ya sabíamos que el plan no era fácil, no sólo por la dificultad que supone realizar un viaje así en una canoa, sino porque Colón, acusado de mal gobernante, tiene prohibido pisar La Española, y ya no quieren saber mucho de él allí. Ante la catastrófica situación que tenemos aquí, era sólo cuestión de tiempo que se abriera un cisma entre nosotros. Yo me he mantenido fiel a Colón, pero muchos se han unido a una rebelión liderada por los hermanos De Porras, que hartos del panorama que tenemos aquí montado, se han puesto a abusar de los indios, robándoles sus víveres, violando a sus mujeres y aprovechando el salvajismo para acusar a Colón de todo ello. Si ya nos iba mal cuando esta buena gente compartía sus cosas con nosotros, ahora que obviamente nos han mandado a tomar por culo, nuestra supervivencia se complica muchísimo.

Pero esta noche, el ingenio de Cristóbal, ese hombre de más de cincuenta años que ahora señala con su dedo índice a la menguada Luna mientras mediante sueltos términos en la lengua local se comunica con los indios, nos ha salvado. Abraham Zacuto, un astrónomo judío de Salamanca, formó parte en 1486 del consejo que se opuso a la propuesta de Colón de alcanzar las Indias partiendo hacia occidente, su primer viaje. Hoy, su obra Almanach Perpetuum, El Gran Tratado, acaba de evitar que nuestra expedición vea su fin. Sabedor Colón de la importancia que para estas gentes tiene la naturaleza, confió en la ciencia para resolver este problema que nos amenazaba. Para ello, sólo era necesario esperar a que la noche llegara, y a que un cielo despejado nos permitiera ver la Luna. Aún en este momento se encuentra poniendo en práctica su estrategia, mientras algunos de los nuestros se miran sonriendo, asombrados por el ingenio de su líder.

-El Dios del que os hablo, el único Dios verdadero, está furioso con vuestra gente -exclama Colón, gesticulando para ayudar a los intérpretes a comunicar a los nativos su mensaje-. ¡Exige que nos ayudéis! ¡Exige que de nuevo compartáis con nosotros vuestro alimento! Pues si no, hará que la Luna no vuelva a salir. ¡Os lo advertí! ¡Mirad!

Casi me inspira lástima el miedo que las palabras de Colón causan a estos hombres y mujeres, cuando al mirar al cielo no ven nada más que un tenue anillo blanco donde debería estar la Luna. Tal como les avisó este tipo de barba blanca, en la noche de hoy, la Luna desaparecería del firmamento por causa de la ira de su Dios, enfadado porque ellos no ofrecían su comida a estos hombres llegados a sus costas en impresionantes naves de madera. Se muestran asustados, hablando entre ellos con palabras que no conozco, pero en las que no es complicado interpretar un tono de terror. No hay duda, la Luna no está. Sin poder comprender cómo ese Dios se manifiesta con tal gesto, los líderes indios se comprometen a volver a abastecernos, a cambio de que el astro vuelva a aparecer en el negro manto que nos cubre.

Cristóbal Colón agacha su cabeza en señal afirmativa y se da la vuelta acudiendo a su cabaña. A la luz de una vela sonríe y cierra cuidadosamente el libro que le ha servido para resolver la crítica situación, no sin antes pasar sus dedos por la página en la que se aseguraba que en la noche del 29 de febrero al 1 de marzo de 1504, se produciría un eclipse lunar visible desde esta latitud. No es algo que estos indios no conociesen, pero sin duda lo que les ha dejado con el culo torcido es que el Dios del que les hablan tuviese el poder de producirlo cuando le dé la gana por causa de su desobediencia a estos hombres barbudos y de aspecto lamentable entre los que ahora, desgraciadamente, me encuentro.

Ilustración del acontecimiento.

La obra Almanach Perpetuum, de Abraham Zacuto, se encuentra disponible en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.