Pues os quito la Luna

Parece que llevamos años en estas tierras, y fue el 25 de junio del año pasado cuando nuestras cuatro embarcaciones vararon en las playas de este lugar, permitiéndonos pisar tierra firme antes de que la maltrecha madera de sus cascos terminara por destartalarse y hundirse en las claras aguas de este mar Caribe. Dos naos, grandes barcos con gran capacidad de carga, llamados El Gallego y El Vizcaíno, y dos carabelas, naves más ligeras y por ello rápidas, llamadas La Capitana y La Santiago, componían la que hasta ese momento era nuestra flota, que partió de Cádiz el día 9 de mayo de 1502. A bordo de esta última, La Santiago, he realizado yo el largo viaje, como marino a las órdenes de los capitanes Diego y Francisco de Porras, impuestos por los financiadores de esta campaña al que es el verdadero líder de la expedición, Cristóbal Colón. Aquellas embarcaciones son ahora el fuerte que nos cobija en esta isla aún sin conquistar, pues la madera que no fue devastada por el molusco de la broma, tan típico en estas costas, no servía para otra cosa que para construir un campamento en el que quedarnos a esperar ayuda. Sentado en la playa espero a que salga el Sol de este 1 de marzo de 1504, dejando que se retire la Luna, que tanto nos ha ayudado esta noche en esta aún desconocida isla de Janahica, o Jamaica.

Retrato de Colón. Sebastiano del Piombo. 1519. Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.

El motivo de este viaje, el cuarto ya de Colón a esta parte del redondo mundo, no es otro que alcanzar de verdad las Indias, puesto que estas tierras descubiertas no lo son. El oro, la plata, las piedras preciosas y las especias de las Indias han sido alcanzadas por los portugueses tras bordear África bajo el mando de Vasco da Gama hace unos pocos años. Nuestro objetivo es llegar a esas riquezas por este otro lado, pero para ello necesitamos encontrar un paso entre estos territorios bañados por el Caribe y las aguas del mar de las Indias. Parecía que el pueblo guaimí, con el que contactamos hace unos meses, nos desvelaría el punto exacto en el que, según ellos, tras menos de diez días a pie se alcanzaba un océano diferente al otro lado de ese país. Cuando los indios percibieron que a parte de cruzar sus tierras para seguir la expedición, además queríamos saquearles, convertirles y colonizarles, tomaron las armas y dijeron que una mierda. A pesar de que nos superaban en número en relación de diez a uno, nuestras armas vencieron, aunque ellos acabaron con varios de los nuestros.

Retrato de Colón. Ridolfo Ghirlandaio. 1520. Museo del Mar y la Navegación. Génova.

En Jamaica las cosas no han ido mucho mejor, aunque de momento no nos hemos liado a leches. Tras nuestro naufragio intentamos establecer una convivencia pacífica con los indígenas de esta zona, que amablemente nos abastecieron de alimento ofreciéndonos los muy exquisitos manjares de este lugar. Pero a nosotros no nos hace falta buscar enemigos, que ya entre nosotros nos liamos a palos solos. Hace ya más de seis meses, Colón envió a su escribano mayor en este viaje, el zamorano Diego Méndez de Segura, a la isla de La Española, en una canoa robada a los indios, a pedir ayuda. Todavía estamos esperando, pero ya sabíamos que el plan no era fácil, no sólo por la dificultad que supone realizar un viaje así en una canoa, sino porque Colón, acusado de mal gobernante, tiene prohibido pisar La Española, y ya no quieren saber mucho de él allí. Ante la catastrófica situación que tenemos aquí, era sólo cuestión de tiempo que se abriera un cisma entre nosotros. Yo me he mantenido fiel a Colón, pero muchos se han unido a una rebelión liderada por los hermanos De Porras, que hartos del panorama que tenemos aquí montado, se han puesto a abusar de los indios, robándoles sus víveres, violando a sus mujeres y aprovechando el salvajismo para acusar a Colón de todo ello. Si ya nos iba mal cuando esta buena gente compartía sus cosas con nosotros, ahora que obviamente nos han mandado a tomar por culo, nuestra supervivencia se complica muchísimo.

Pero esta noche, el ingenio de Cristóbal, ese hombre de más de cincuenta años que ahora señala con su dedo índice a la menguada Luna mientras mediante sueltos términos en la lengua local se comunica con los indios, nos ha salvado. Abraham Zacuto, un astrónomo judío de Salamanca, formó parte en 1486 del consejo que se opuso a la propuesta de Colón de alcanzar las Indias partiendo hacia occidente, su primer viaje. Hoy, su obra Almanach Perpetuum, El Gran Tratado, acaba de evitar que nuestra expedición vea su fin. Sabedor Colón de la importancia que para estas gentes tiene la naturaleza, confió en la ciencia para resolver este problema que nos amenazaba. Para ello, sólo era necesario esperar a que la noche llegara, y a que un cielo despejado nos permitiera ver la Luna. Aún en este momento se encuentra poniendo en práctica su estrategia, mientras algunos de los nuestros se miran sonriendo, asombrados por el ingenio de su líder.

-El Dios del que os hablo, el único Dios verdadero, está furioso con vuestra gente -exclama Colón, gesticulando para ayudar a los intérpretes a comunicar a los nativos su mensaje-. ¡Exige que nos ayudéis! ¡Exige que de nuevo compartáis con nosotros vuestro alimento! Pues si no, hará que la Luna no vuelva a salir. ¡Os lo advertí! ¡Mirad!

Casi me inspira lástima el miedo que las palabras de Colón causan a estos hombres y mujeres, cuando al mirar al cielo no ven nada más que un tenue anillo blanco donde debería estar la Luna. Tal como les avisó este tipo de barba blanca, en la noche de hoy, la Luna desaparecería del firmamento por causa de la ira de su Dios, enfadado porque ellos no ofrecían su comida a estos hombres llegados a sus costas en impresionantes naves de madera. Se muestran asustados, hablando entre ellos con palabras que no conozco, pero en las que no es complicado interpretar un tono de terror. No hay duda, la Luna no está. Sin poder comprender cómo ese Dios se manifiesta con tal gesto, los líderes indios se comprometen a volver a abastecernos, a cambio de que el astro vuelva a aparecer en el negro manto que nos cubre.

Cristóbal Colón agacha su cabeza en señal afirmativa y se da la vuelta acudiendo a su cabaña. A la luz de una vela sonríe y cierra cuidadosamente el libro que le ha servido para resolver la crítica situación, no sin antes pasar sus dedos por la página en la que se aseguraba que en la noche del 29 de febrero al 1 de marzo de 1504, se produciría un eclipse lunar visible desde esta latitud. No es algo que estos indios no conociesen, pero sin duda lo que les ha dejado con el culo torcido es que el Dios del que les hablan tuviese el poder de producirlo cuando le dé la gana por causa de su desobediencia a estos hombres barbudos y de aspecto lamentable entre los que ahora, desgraciadamente, me encuentro.

Ilustración del acontecimiento.

La obra Almanach Perpetuum, de Abraham Zacuto, se encuentra disponible en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

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