27 de junio de 2014

El empalamiento de Caupolicán

El día 5 de febrero de este mismo año, 1558, el líder del pueblo mapuche fue capturado por los conquistadores españoles durante la Batalla de Antihuala, en las tierras conocidas por el nombre del pequeño río que las atraviesa, Pilmaiquén. Esas áreas montañosas del sur de Chile son consideradas el hogar del caudillo mapuche, ahora cautivo. No muy lejos de esos valles, hoy, día 27 de junio, me encuentro en el fuerte de Cañete, que está al mando del capitán español Alonso de Reinoso. Al contrario que aquel lluvioso día de la captura, hoy el sol calienta de narices. Poco le importará al toqui mapuche Caupolicán, pues una tarima dispuesta en medio de este patio le espera para ofrecer a los muchos presentes el terrible espectáculo que supone una ejecución por empalamiento.

Estatua sobre la elección de Caupolicán.
Temuco, Chile. José Troncoso. 1985.
En septiembre del año pasado, tras ganar terreno los españoles en la Batalla de Loncomilla del día 5 de ese mes, los mapuches convocaron un consejo para elegir a un toqui. El que más papeletas tenía para convertirse en el jefe era Talcagueno, un indio que había demostrado grandes habilidades en los combates. Sin embargo, el tipo, ya de una cierta edad, dijo sentirse viejo para andar matando conquistadores. Pero andaba por allí su sobrino Caupolicán, y lo presentó a todos como el mejor candidato a liderar la resistencia mapuche, calificándolo de membrudo, arrogante e industrioso. No se equivocaría su tío, pues el muchacho es grande un rato, con brazos como mazas y hábil en la lucha, como ha demostrado durante todos estos largos meses, desde aquel día en el que todos le recibieron con eufóricos aplausos y jurándole lealtad. A mí me han contado que los mapuches utilizan un sistema de elección muy peculiar para nombrar a sus líderes. Se trata de medir la fuerza de los opositores obligándolos a coger un enorme tronco y a hacer vida con él a hombros, a ver cuánto aguantan sin tener que soltarlo. Se dice que Caupolicán pilló el pesado tronco como si de una ligera vara se tratara, y se tiró tres días y tres noches con él cogido. No sé, sin duda está fuerte, pero de ahí a eso...

La captura de Caupolicán. Raymond Monvoisin. Siglo XIX.

Me encuentro entre la multitud infiltrado con ropa de civil español. Sobre mi camisa de seda llevo una capa corta y en la parte de abajo visto mis queridos calzones bombachos, que me encantan. Unas calzas de lana y unos zapatos de cuero completan mi vestimenta, aunque me hubiera gustado hacerme con uno de esos morriones que me parecen guapísimos, pero no me pega. Me acerco a la tarima y confirmo que todo está preparado. Un madero de algo más de un metro, hincado en el centro del patíbulo, es el protagonista de la escena. Está afilado terminando en una muy protuberante punta. Se me revuelven las tripas sólo con mirarlo y pensar en el objetivo para el cual está destinado.

Ilustración de Galvarino
Caupolicán, si bien no ha destacado por las dotes tácticas de algunos de sus predecesores, ha sido un feroz guerrero que ha conseguido liderar la resistencia mapuche de manera efectiva, aunque cierto es que no le ha acompañado la suerte. Por ejemplo, la noche anterior a la Batalla de Millaraupe, a finales del año pasado, los indios habían logrado organizar una emboscada contra los españoles bajo el mando de García Hurtado de Mendoza, que pintaba muy bien. Cerca de diez mil hombres dirigidos por Caupolicán estaban ocultos en las selvas de la Araucanía preparados para atacar, excitados al verse aventajados, y siendo motivados por la presencia de un antiguo toqui, Galvarino, quien no mucho antes había sido capturado y condenado a ser mutilado, librándose de la muerte por su demostración de valentía y honor. En primera línea, mostró su valor corriendo sin brazos como loco, haciendo lo posible por colaborar. Por segunda vez se le perdonaría la vida a este líder cuando cayó en esta batalla, pero les respondió a los españoles diciendo algo así como que se dejaran de gilipolleces, que si pudiera les mataría aunque fuera a mordiscos. Tardaron poco en ejecutarlo, por si acaso. Y es que la derrota mapuche sucedió por la mala suerte que tuvieron al creerse descubiertos cuando los españoles empezaron a tocar las trompetas con alegría. La realidad es que los conquistadores andaban de parranda debido a la celebración del día de San Andrés.

-El hado me tiene esta suerte aparejada, pero ved que yo la pido, que no hay mal que sea grande y postrero -dice el enorme toqui en su lengua, que me he traído estudiada, mientras lo traen amarrado de pies y manos entre varios.

Lo sitúan frente al madero y el fiero indio parece el menos intimidado de los que estamos aquí, y eso que es a él al que se lo van a meter por el... Sin duda, el jefe mapuche es un hombre valiente, un tipo con un par. Flipando estamos todos con su coraje, cuando va y le deja al verdugo un último regalito, símbolo de su valentía y fiereza. A pesar de las amarras, Caupolicán alza su pie derecho y le pega tal hostia al verdugo que el hombre empieza a rodar por la tarima como un armadillo de estos tan comunes por estos países del sur de América. Al caudillo mapuche no le hace falta que nadie le ejecute. Haciendo acopio de una gran osadía, él mismo es el que, finalmente, se sienta sobre la punta del madero. Ni un ápice de dolor se nota en su rostro, y así se mantendrá hasta que la perforación intestinal le produzca la muerte.

Es el final de Caupolicán, pero no el de la resistencia mapuche, que continuará liderada por el hijo mayor del ya empalado jefe. La fuerza y valor de este toqui serán reconocidas por siempre en todo Chile.

Ilustración sobre la ejecución de Caupolicán.

La principal fuente para conocer todos estos episodios, la tenemos en los escritos del poeta y soldado español, contemporáneo a todos ellos, Alonso de Ercilla. En esta página del Archivo Nacional de Chile, se habla de la muerte de Caupolicán, citando los textos de Alonso de Ercilla.

6 de junio de 2014

Matanza en las juderías de Sevilla

Estas estrechas calles del barrio judío de Sevilla convierten esta parte de la ciudad en una auténtica ratonera. Camino con dificultad, apoyándome en las paredes de las casas, tapando mi boca con el pliegue de mi sucia saya de lana, para calmar la violenta tos que me provoca el humo que invade este lugar, que esconde el sol y casi deja en penumbra a toda esta laberíntica judería, a pesar de que aún es media tarde. Descanso al llegar a un callejón e intento frenar mi respiración agitada, apoyando mi espalda en la pared. Seco el sudor de mi cara pasando una manga y la tiño de negro. Imagino que la mezcla entre el sudor y el hollín me hará tener una pinta lamentable. Hoy es 6 de junio del año 1391. Cierro los ojos e intento recuperar el aliento. A mis oídos llegan gritos y lamentos de hombres, mujeres y niños. Este difícil siglo XIV quizá haya hecho que en Europa estemos perdiendo la cabeza. Hoy, estoy metido en medio de una auténtica masacre de judíos.

Callejón de la judería de Sevilla.
La muralla de la ciudad protege a Sevilla, al otro lado. A este, encierra al barrio judío. Junto con las paredes del alcázar y otros muros levantados, se delimita esta judería que únicamente tiene dos puertas. Una abierta en uno de los muros de la parte de arriba, y la otra, de origen almorávide, que da directamente a los campos. A ella me dirijo, viendo al llegar lo que esperaba encontrar. Varias hogueras arden junto al camino. Hombres asustados corren entre ellas. Mujeres con niños en brazos, agotadas, se arrodillan ante grupos de ciudadanos que, armados con herramientas de labranza, las acusan y amenazan mediante gritos que, según me parece a mí, delatan no menos terror que los de las personas a los que van dirigidos. Las vestimentas de los acusados, les delatan como judíos. Son muchos los cuerpos que veo en las calles, e identifico con horror que la mayoría de las muertes han sido muy violentas. Vuelvo a tapar mi boca, tosiendo, y escupo al suelo intentando quitarme este amargo sabor a humo.

-¡Vosotros! ¡Vosotros sois los culpables de todo esto!

-¡No hay más Mesías que Cristo! ¡Lo llevasteis a la cruz!

Calle del antiguo barrio judío de Sevilla.
A cada golpe, a cada cuchillada, profieren una frase, como queriendo con ello justificar su sangriento acto. Esta oleada de locura y violencia viene siendo alimentada por varios sectores del clero pudiente desde hace meses, cuyas demagogias han convencido a un pueblo torturado por un tiempo de crisis de todo tipo que parece no tener fin. No sólo en España, sino en toda Europa, las gentes de este siglo están sufriendo desastres de tal magnitud, que sólo pueden significar, según creen, un castigo de Dios. Acentuadas crisis económicas, despiadadas luchas de poder... Incluso son tiempos de cambios climáticos que han hecho que las temperaturas desciendan. Y por supuesto, una de las catástrofes más terroríficas de la Historia. La Peste Negra. Dios castiga a los hombres. Dios castiga a los cristianos. ¿Y por qué?

-El Señor nos ha condenado por aceptar entre nosotros a los judíos -me responde un ya mayor campesino, vecino de la ciudad, que va armado con un falce que ya ha sido empapado en sangre.

Ilustración de muerte de judíos.
Personajes como el arcediano de Écija, Ferrán Martínez, se han convertido en perversos predicadores antisemitas que buscan sembrar el odio contra los judíos. Ahora mismo, en este lugar, puedo asegurar que sus campañas han tenido éxito. El año pasado falleció el rey Juan I de Castilla, siendo su sucesor su hijo de once años, el ya Enrique III de Castilla. La regencia de su madre, Leonor de Aragón, ha sido aprovechada por el arcediano para ascender al puesto de vicario general, y ha utilizado su poder para majaderías tales como ordenar a todos los párrocos de su diócesis que organicen las destrucciones de todas las sinagogas, y eliminen cualquier referencia al mundo hebreo. Muchas han sido las quejas de la población judía a los reyes, pero este Ferrán Martínez nunca ha hecho caso, diciendo que en materia religiosa, los reyes no pintan nada. Este lunático ha conseguido convencer a buena parte de la población con sus sermones antisemitas, dirigiéndose a este pueblo tan herido por las calamidades de este siglo XIV, que se ha agarrado a esta solución, por supuesto, inservible. A tal punto ha llegado su mensaje, que las gentes han puesto nombre a los seguidores del arcediano. Se les conoce como los matadores de judíos.

Los más moderados perdonan la vida a los perseguidos que acepten convertirse al cristianismo, pasando a ser judeoconversos. Muchos judíos huyen de la ciudad dejando atrás sus casas, que son saqueadas y quemadas. Los fallecidos suman cientos. La judería de Sevilla ya nunca volverá a recuperarse, y sus sinagogas serán transformadas en iglesias. Esta locura no acabará aquí, sino que se acabará extendiendo por todo el territorio cristiano de la península, las Coronas de Castilla y Aragón y el Reino de Navarra. Por mi parte, escojo los callejones más solitarios para perderme en ellos y alejarme de este pogromo. Por si fuera poco caótico este tiempo oscuro y terrible, nosotros, los necios hombres, añadimos, nunca mejor dicho, más leña al fuego.

Matanza de judíos en 1391 en Sevilla. Plumilla. Siglo XIX.