8 de diciembre de 2016

Auto de fe en el Nuevo Mundo

Hoy es 8 de diciembre del año 1596. Segundo domingo del advenimiento. Día de la Limpia Concepción de Nuestra Señora, la Virgen María. Estoy en la ciudad de México, concretamente en mitad de la Plaza Mayor, rodeado por una gran multitud que no quiere perderse la fiesta que aquí va a tener lugar. Para muchos es como un espectáculo, pero joder, digo yo que ya podían buscar otra hora, que aún ni ha amanecido del todo. Debe ser una gran putada tener que madrugar para ir a que te ejecuten.

Ejecución de Mariana de Carvajal. El Libro Rojo. 1870

Debo de tener una cara de dormido importante. Se me abre la boca todo lo que me da la mandíbula, y finalizo mi lamentable gesto relamiéndome con ojos llorosos cual gato recién despertado. Sólo al terminar me percato de que una joven indígena me mira boquiabierta, quizá preguntándose cuántos meses debe llevar sin dormir el tipo que tiene ante sí para protagonizar tan dantesco bostezo. Intento disimular carraspeando pero creo que ya es demasiado tarde. Me mira raro. Una pena, porque estaba buena. Me hubiera gustado poder invitarla a un mezcal. Ciertamente he dormido poco, pues anoche quise acercarme a la procesión de la Cruz Verde. Los familiares de los reos se han pasado la noche rezando mientras traían la cruz del Santo Oficio hasta esta plaza. Opto por meterme entre la gente, avanzando hasta la primera fila, y es cuando puedo observar cómo todo ya parece preparado. La triste comitiva de condenados está llegando, y poco a poco son colocados sobre un tablado. Avanzan en primer lugar los acusados de delitos más leves. Hoy hay un par de fornicarios, siete blasfemos, tres bígamos e incluso un desgraciado al que han acusado de arrancar los edictos que el Santo Oficio coloca en las puertas de las iglesias. Suben también otros inculpados por delitos más graves. Hay siete hechiceras, dos encubridores de judaizantes y un buen puñado de acusados de guardar la Ley de Moisés. Hay también algún monigote para procesar a otros tantos por lo mismo in absentia. No se escapan ni los muertos, pues también serán quemados los huesos de dos difuntos encontrados culpables por esto último. Se ha puesto de moda este asunto desde que hace ciento diez años el Papa Inocencio VIII concediera el permiso de exhumación y quema póstuma. En total, la madera del patíbulo soporta ahora mismo el peso de sesenta y ocho condenados que, unos más conscientes que otros en función del horror de las torturas a las que han sido sometidos, esperan cabizbajos su momento de subir a la plataforma desde la que escucharán sus sentencias con sus manos entrelazadas atadas a un crucifijo.

Muy diferente es la grada en la que se encuentran las autoridades. Toda una obra de carpintería. En madera de nogal, las gradas poseen asientos de cuero y no hay ni un trecho que no esté cubierto por ostentosas alfombras. Distingo en el centro del Tribunal, cubierto por elegantes doseles, al virrey de la Nueva España, Gaspar de Zúñiga Acevedo y Velasco, para el que se reserva la mejor de las posiciones. Su sillón es de terciopelo y está provisto de caros cojines para garantizar su comodidad durante el proceso. A su alrededor, y dependiendo de su antigüedad en el cargo, se sientan los inquisidores. Un poco detrás veo a los alcaldes de la Corte, y entre las cabezas de los muchos aquí presentes ya veo cómo avanza el estandarte de la Inquisición, enarbolado por el fiscal mientras dos caballeros de hábito le acompañan sujetando cada uno una borla de esa enseña a la que todos miran casi con miedo. Detrás llega el alguacil mayor de la Cancillería y el capitán de la Guardia, flanqueados por dos tenientes. Ocupan su lugar en la tribuna de la Iglesia los cabildos y demás fulanos eclesiásticos.

-En presencia del doctor Lobo Guerrero, arzobispo del Nuevo Reino de Granada; el licenciado don Alonso de Peralta y el fiscal licenciado Marcos de Baborgg...

Los lectores comienzan a dar su pertinente chapa. Bajo las órdenes del secretario, cada uno de los acusados es conducido al pedestal sobre el que escucha su sentencia. Todos ellos visten el capotillo conocido como sambenito, ahora manchado por las frutas y verduras podridas que los vecinos les han arrojado de camino a esta plaza. Una soga cuelga de sus cuellos y sobre sus cabezas llevan la ridícula coroza. Al que aún le quedan fuerzas para responder a los insultos que reciben, le amordazan. Los veredictos menos graves se resuelven con penas que van desde una somanta de azotes al destierro pasando por el envío a galeras. Pero cuando las velas que han de portar los reos son de color verde, la cosa se pone más seria. Hablamos ya de los delitos de los judaizantes. Entre los desgraciados que pertenecen a este grupo de relajados, es decir, de condenados a muerte, se encuentra el muchacho cuyo nombre es leído en este momento.

-Luis de Carvajal -dice con firme voz el inquisidor-. Condenado a ser quemado vivo, en vivas llamas de fuego, hasta que tu cuerpo se convierta en cenizas.

Como distintivo en su trágico uniforme, el joven de 30 años, nacido en Benavente, en Zamora, lleva además una larga cola enroscada que le identifica como rabino. Me veo obligado a apartar mi mirada de la escena, y es entonces cuando veo entre la gente a fray Alonso de Contreras. Con sus manos entrelazadas sobre su pecho, musita lo que supongo que es una oración por el alma del que ha llegado a convertirse, me atrevo a decir, en su amigo. El fraile tiene órdenes de las autoridades judiciales de permanecer ajeno al procesamiento de aquel al que durante tanto tiempo ha intentado convencer para que abandonara el culto a Jehová, abrazando el de Dios. Sé que en este instante, ambos, tanto el dominico como el reo, saben que rezan al mismo ser supremo.

-Como vos, también Luis parece murmurar una oración -me atrevo a decirle al fraile, intentando ser amable-. Quizá ese soneto sobre el perdón que él mismo compuso.

-No pude ayudarle -responde el dominico finalmente, en voz baja.

Tortura de Francisca de Carvajal. El Libro Rojo. 1870
Dirijo mi mirada de nuevo al patíbulo. Las sentencias siguen leyéndose. Entre los nombres que resuenan en esta Plaza Mayor, están también el de la madre de Luis, Francisca de Carvajal; sus hermanas, Isabel, Catalina y Leonor; o su buen amigo Manuel de Lucena. Sólo dos de sus hermanas están hoy ausentes entre las piras, y no sé si entenderlo como una fortuna, o como un auténtico tormento al sobrevivir a la ejecución de toda su familia, a sabiendas, quizá, de que eludirán la hoguera sólo de manera temporal. Mariana, fruto de las torturas, ha sido declarada trastornada mentalmente, mientras que Ana, la menor, ha sido de momento reconciliada. Sus hermanos Miguel y Baltasar consiguieron huir hacia Turquía. Y muy atrás quedaba ya en esta historia el hermano mayor, Gaspar, quien ingresó como monje en España. Toda la familia Carvajal protagoniza hoy el desenlace de este trágico episodio que vio su comienzo hace dieciséis años, cuando la nave Santa Catarina zarpaba desde España hasta estas tierras. En ella viajaba Luis de Carvajal y de la Cueva, con el cometido de fundar y administrar el Nuevo Reino de León. Acompañándole, su hermana Francisca y su familia se embarcaron con el sueño de prosperar en el Nuevo Mundo, un sueño que compartían las muchas familias provenientes de Portugal, Zamora o Medina del Campo que igualmente formaban parte de este viaje liderado por el nuevo virrey, Lorenzo Suárez de Mendoza. Pero la ilusión de los Carvajal de una nueva vida incluía un aspecto que el gobernador no compartía. Años después, Luis montaría en cólera cuando los suyos le desvelaran el secreto de estar practicando los ritos judaicos. Nada quiso saber de los suyos desde ese momento, rompiendo la entrañable relación que mantenía especialmente con sus sobrinos. Pero a pesar de todo, el bravo conquistador nunca denunció el delito que sus propios allegados estaban cometiendo. Fue algo que terminaría por costarle la vida cuando, tiempo después, fue apresado bajo la acusación de encubrir a judaizantes, muriendo en una fría celda bajo crueles tormentos.

-Luis y su familia recuperaron en secreto los rituales de sus ancestros -me cuenta fray Alonso, refiriéndose ahora al Mozo, pues así llaman a Luis para diferenciarlo de su tío de igual nombre-. Considerados marranos en España, tenían la esperanza de que aquí las cosas pudieran ser de otro modo.

-Pero el fuego quema igual en todos los lugares -susurro más como reflexión que para que el fraile me escuche-. Y la crueldad de los hombres es también algo que ni el amplio océano mengua.

No fue hasta los 12 años cuando Luis descubrió que sus padres judaizaban. Desde ese momento, bajo la orientación de su padre, comenzó a experimentar la fe de sus antepasados, viviendo de manera perpetua una angustiosa evolución en la que se veía atrapado por una doctrina prohibida. Hasta que en su interior venció la demanda de una vida entregada al mensaje veterotestamentario. Fue en ese momento cuando comenzó a utilizar, sobre todo en los escritos que le han llevado a ser considerado el primer escritor judío del Nuevo Mundo, el nombre de Yosef Lumbroso, simbolizando su intención de perseguir la que él consideraba su luz.

-De haber nacido antes que el Redentor, su nombre aparecería en las Escrituras Hebreas -me jura el dominico mirándome a los ojos por primera vez, como saliendo de su trance-. Con la misma importancia que los grandes nombres que ahora conocemos.

Fray Alonso avanza poco a poco, apartando a los presentes, abriéndose paso. Luis está siendo conducido a la pira. El viejo fraile, con ojos casi llorosos, logra alcanzar al joven, desobedeciendo las órdenes que tenía de no volver a interactuar con el acusado.

-Luis -le ruega, sujetando su rostro entre sus manos para obligar al joven, demacrado por la tortura, a mirarle a los ojos-. Soy yo, Luis.

El dominico, no pudiendo soportar la idea de que el muchacho muriese como un hereje, pretende casi entre llantos hacerle reflexionar. Intenta transmitirle unas últimas palabras que logren, al menos, arrancarle la más mínima declaración que pueda ser entendida como merecedora de la piedad del tribunal. Desconozco si Luis puede oírle, o si ya su mente se encuentra totalmente destruida. Fray Alonso, desesperado, toma una de las Biblias que reposaban sobre las gradas, leyendo versículos, fragmentos, líneas que puedan despertar en el joven la confianza para pronunciar una palabra que sirva para apaciguar el inminente tormento del fuego. Desde aquí sólo puedo ver cómo los labios del fraile se mueven, temblando su barbilla por la necesidad de llorar por su amigo. Y es que toda la gente que abarrota esta plaza chilla y grita, quejándose por la interrupción del dominico, y animando a los oficiales a que continúen con el proceso.

-¡Señores! ¡Señores! ¡Piedad!

El viejo fraile se dirige al tablado de las autoridades, gritando, con un brillo de esperanza en sus ojos. Casi recibe alguno de los podridos vegetales que la gente sigue lanzando contra el patíbulo, pero parece no importarle, pues su único cometido es ser escuchado.

-¡Ha hablado! ¡Ha hablado!

Desde la tribuna de los inquisidores, algún gesto indica a los oficiales, dispuestos a echar de allí al dominico, que permitan hablar al anciano. Como si de un milagro se tratara, el pueblo guarda silencio, expectante.

-Luis... Luis -dice el fraile, volviendo a tomar el rostro del joven entre sus manos-. Repítelo.

-Bendita sea -musita el joven, casi sin poder mover sus agrietados labios manchados de sangre-. Bendita sea la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

Antes de marcharme del lugar, observo una última vez esta escena que, a pesar de resultar igualmente trágica, no lo es al menos tanto como en un principio pudo esperarse. Luis, sujeto al garrote por una argolla de hierro puesta en su cuello, mira fijamente al que fuera su confesor. Las llamas devorarán su cuerpo, pero su final llegará con la vuelta del garrote vil que rompa sus vértebras de manera rápida.

-No me olvides en el cielo, Luis -murmura el fraile sujetando las casi inertes manos del muchacho entre las suyas para evitar que caiga el crucifijo que sostiene entre sus temblorosos dedos-. Pues ten por seguro que allí te diriges.

En la Plaza Mayor de la ciudad de México, miles de voces al unísono rezan un padrenuestro por el alma del joven que en este momento es ejecutado, así como por las de los demás condenados. Cuando el verdugo da una vuelta más al garrote, fray Alonso cae de rodillas orando entre susurros. Las manos de Luis quedan colgantes, y el crucifijo cae entre las ramas secas que muy pronto comenzarán a arder.

Escultura de homenaje a Luis de Carvajal y de la Cueva. Monterrey. México

Una fuente tan interesante como el hecho de que se encuentre disponible en Cervantes Virtual, es La vida criolla en el siglo XVI, de Fernando Benítez.