Costillas de hierro

-Bueno, pues vamos a atacar ya, que se va a echar a llover.

El conde de Leven, Alexander Leslie, comandante del ejército escocés aliado, mira al cielo y frunce el ceño al ver las negras nubes que empiezan a cubrir el cielo de estas tierras inglesas cercanas a York. Es ya media tarde, y hoy es 2 de julio del año 1644. Estamos en plena guerra civil inglesa. Yo formo parte de uno de los regimientos de infantería ligera de Edward Montagu, conde de Mánchester, y hasta hace unas horas todo me gustaba, porque nos estábamos retirando tras la recuperación de York por parte de los realistas. Sin embargo, el príncipe Ruperto del Rin, sobrino del rey Carlos I de Inglaterra, no se ha detenido tras liberar York y nuestra retaguardia interrumpió nuestra retirada informándonos de que los realistas estaban cruzando el puente de barcas que cruza el río Ouse, y cuyo control robaron ayer por la tarde a los dragones de Mánchester encargados de su protección, para perseguirnos con el claro objetivo de enfrentarse a nosotros y evitar que nos piremos. Así que nada, media vuelta y a organizarse para la batalla que va a tener lugar aquí, en Marston Moor, y que enfrentará a los cavaliers, partidarios del rey Carlos I, y a los roundheads, o parlamentarios.

Oliver Cromwell. Robert Walker.
Aquí hay mucha gente y de muchos sitios, esto es un jaleo. Nos hemos situado en lo alto de una colina siguiendo las tácticas de varios comandantes, y nosotros, los catorce mil infantes, estamos ocupando la parte central del bloque, quedando los hombres de la zona izquierda bajo el mando de Lawrence Crawford, y el resto, entre los que me incluyo, a las órdenes de Thomas Fairfax, uno de los personajes más importantes a la hora de establecer la estrategia. Algunas brigadas escocesas están desplegadas a nuestra derecha. Contamos con más de treinta cañones, y creo que haré todo lo posible por colocarme tras alguno de ellos, que me parece lo más seguro. Esto es el siglo XVII y la equipación de los soldados es fascinante, gracias a la obligada evolución que ha supuesto el hecho de que se fusionan las protecciones habituales para luchas cuerpo a cuerpo, con la necesidad de hacer frente a las armas de fuego, presentes ya de manera cada vez más frecuente en las guerras. Me encanta esta época, en lo que a equipamiento militar se refiere. Llevo un coselete compuesto por un peto y unos faldones metálicos, y me protejo la cabeza con un yelmo que me deja la cara descubierta. Como arma, una espada de doble filo y hoja recta no muy pesada, que posee una detallada cazoleta para proteger la mano. Miro a mi derecha y veo en ese flanco a los mosqueteros. Son unos seiscientos y su eficacia es importantísima. Cuentan que el orificio que abre en un cuerpo la bala de un mosquete es del tamaño de una pequeña moneda, pero que el de salida, alcanza el tamaño de un plato llano. Les acompañan más de dos mil soldados a caballo de Yorkshire y Lancashire, ayudados por otros mil de Escocia. Esta ala será comandada por lord Fairfax. Pero aprovechando la altura de esta colina, me esfuerzo por buscar en el flanco izquierdo a los ironsides, o costillas de hierro. Se trata del regimiento de élite del que será el protagonista de esta batalla, Oliver Cromwell. Por fin los veo, pues creo que son esos arcabuceros a caballo que se caracterizan por sus yelmos de tipo lobster, que quiere decir langosta, y que reciben este nombre por la peculiar forma de cola de langosta que tienen en su protección posterior. Se equipan con coletos de piel de manga larga, petos metálicos y unos guanteletes para sus brazos izquierdos. Si ya de por sí son eficientes guerreros, están acompañados por quinientos dragones escoceses y otros mil soldados de caballería ligera, también llegados de Escocia. El papel de Escocia como aliado del Parlamento en esta guerra está justificado por el pacto que los ingleses hicieron en 1643 para comprometerse a establecer en la Iglesia de Escocia las reformas presbiterianas que solicitan. Se les conoce como covenanters.

Ironside. Recreación.
Son los ironsides ayudados por los hombres de Lawrence Crawford los que consiguen realizar una primera ruptura exitosa de las filas de los realistas, consiguiendo gran ventaja al impedir disparar a los mosqueteros enemigos. El avance de nuestro ala derecha corre peor suerte, porque por su lado sí reciben el ataque de los mosquetes realistas. Además, la caballería tiene dificultades para posicionarse debido a la orografía del terreno. Colaboro en la colocación de uno de los cañones mientras veo que el príncipe Ruperto dirige a sus tropas contra Cromwell, poniéndoles las cosas difíciles a los ironsides. Por fortuna, su pericia y la gran ayuda de los escoceses estabiliza la situación por ese lado, hasta el punto de que Ruperto huye por miedo a ser capturado. Por aquí las cosas se ponen complicadas, y a mí lo que me empieza a acojonar es que la noche se nos echa encima. Cuando veo que en mi zona, la central, así como en la derecha, las cosas se ponen tan jodidas que muchos soldados empiezan a retirarse, tardo poco en hacer lo mismo. Debe de haber sido el tal Charles Lucas el que ha logrado machacarnos en el ala derecha. Frente a él, alcanzo a ver que sólo permanecen en sus puestos los soldados de Mánchester y algunas brigadas escocesas.

La noche cae definitivamente y aquí ni Dios sabe ni por dónde cojones va. No me extrañaría nada que hubiese regimientos perdidos en medio de la oscuridad preguntándose por dónde coño se vuelve a la batalla. Por mi parte, me dirijo a la zona en la que los ironsides se abren paso de manera contundente abatiendo a los enemigos. Voy dando tumbos con la armadura por el campo y llego justo para ver el que probablemente será el último enfrentamiento de la batalla. Observo a un batallón de whitecoats, los casacas blancas, que resisten con valentía ante los parlamentarios, negándose ante Cromwell a rendirse. Creo que saben que nada pueden hacer ante este batallón al que los roundheads deben la victoria.

Battle Of Marston Moor. John Barker.

Una novela muy interesante sobre este acontecimiento es Rebeldes y traidores, de Lindsey Davis. En este artículo de El País se habla de este libro.

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