12 de marzo de 2014

Los ostrogodos levantan el sitio

Hace un año y pico que Roma volvió a ser de los romanos. Por la Porta Asinaria de la Muralla Aureliana entraron cinco mil soldados bizantinos. Al mismo tiempo, por la Porta Flaminia del norte, otros tantos soldados ostrogodos salieron. Hoy es 12 de marzo del año 538. Italia está inmersa en la Guerra Gótica, el conflicto en el que los ejércitos del emperador Justiniano I están ganando terreno al pueblo ostrogodo, cuya prosperidad hace unos años, en tiempos de Teodorico el Grande, hoy está apagada por una crisis y una debilidad que el Imperio Bizantino, o Imperio Romano de Oriente, sabe que no puede desaprovechar. El corazón de Italia, Roma, hoy ofrece dos visiones. Si la miras desde dentro, significa que apoyas a Belisario, el más grande general bizantino. Poco a poco, accediendo a través de la punta de la bota, esa zona llamada Rhegium, tras conquistar Sicilia sin demasiada dificultad, ha llegado hasta esta gloriosa ciudad, donde ha sido bien recibido, ahorrándose el saqueo. Por otro lado, si la miras desde fuera, significa que formas parte del ejército ostrogodo que la está sitiando. Entre esos casi cuarenta mil soldados, es donde en esta apacible tarde, yo me encuentro.

Belisario. Mosaico de la Iglesia de San Vital. Rávena.

Mi rey es Vitiges. El tío va muy en serio con esto de detener el avance de los bizantinos. Como a los poderosos les parecía que el anterior rey, Teodato, no era muy espabilado en el asunto, hasta el punto de dejarse arrebatar Nápoles, lo largaron del cargo y Vitiges subió al trono. Por si las moscas, envió a un asesino para que lo interceptara en su viaje y lo aniquilara. A mí en el campamento no es que me hayan dado gran cosa para protegerme, aunque espero no llegar a entrar en combate. Llevo una túnica corta de piel tratada a duras penas, sobre la que me cubro con un pectoral de bronce. Llevo un casco del mismo metal con una protección que al menos evitará que me revienten la nariz. Mi calzado consiste en unos mocasines sujetos con tiras de cuero que enrolladas por la pantorrilla sujetan medias de piel. En fin, qué puedo esperar, estos germanos nunca han sido muy dados a la protección. A mí me han dado una espada, y arreando. Algún escudo ovalado sí que veo. Examino mi arma e identifico su fabricación celta. Es de hierro, larga, y tiene una empuñadura curva con el mango terminado en un pomo redondo. Se trata de una espada visigoda.

Yo formo parte de uno de los varios pelotones de soldados que vigilan los accesos a la ciudad. Roma es demasiado grande como para que la rodeemos por completo, por lo que Vitiges ha decidido que nos centremos en cortar su abastecimiento para conseguir que se rindan por hambre. Sus acueductos están saboteados. La verdad es que no sé muy bien dónde nos encontramos. Un compañero me ha enseñado un mapa pero no me he enterado muy bien, sólo he pillado que estamos cerca del río, pero es que esta ciudad está llena de portas. Pero me temo que aquí a nadie le importa. Ya hace un año que el asedio comenzó y esta partida está completamente en tablas. Muchos han sido los intentos de acuerdo, pero ninguno ha tenido éxito. La situación es grave tanto para los sitiados, como para nosotros, pues aunque controlamos el campo abierto, lo cierto es que aquí estamos sin movernos.

-Hasta los huevos estoy -me comenta un soldado.

-¿Llevas por aquí desde que comenzó el asedio?

-Sí, macho -responde mientras se quita el yelmo y se rasca la barba con el filo de su hacha arrojadiza, un arma muy común en los ejércitos godos, y que recibe el nombre de franciscana-. Participé en la batalla. Belisario se flipó cuando rechazó nuestros ataques. Nos ha jodido, se lucha muy bien desde las murallas con las catapultas. Tuvimos muchas bajas y el tío va y se atreve a atacarnos en campo abierto. Al principio nos sorprendieron y tuvimos que reagruparnos en las colinas. Pero los inútiles de los romanos de ahora ya no son los feroces legionarios de entonces. Nos volvimos y les dimos por el culo. Se largaron huyendo tras sus muros.

Pero las enfermedades y el hambre atacan por igual a sitiados y sitiadores. Y desde hace unos meses, los refuerzos romanos han estado llegando. A medida que la situación se ha ido poniendo mejor para el general bizantino, sus respuestas a Vitiges para llegar a un acuerdo han ido creciendo en fanfarronadas y jactancias. Vamos, que le está diciendo al ostrogodo que ahora pasa de pactos. Uno de los refuerzos más importantes que han tenido los romanos ha sido la llegada de tres mil isauros, soldados anatolios que los romanos usan como guerreros cuando les da la gana. Y ahora les ha dado la gana. Desembarcaron en Ostia y se quieren unir a la fiesta. Es por ello que no me sorprende lo que veo.

Un soldado ostrogodo lanza una antorcha a una de nuestras tiendas, prendiendo fuego. Nos vamos. Poco a poco la orden llega a todos nosotros. Reduciremos nuestro campamento a cenizas y nos largaremos de aquí por la Vía Flaminia. ¿Lo peor de todo? Que los bizantinos no nos dejarán marchar sin atacar a los que pillen. Más me vale no quedarme el último.

Ponte Mallio. Vía Flaminia. Roma.

En esta ocasión, aprovecharé para recomendar una auténtica maravilla de web. Se trata de Omnes Viae. Un espacio dedicado a presentar todas las vías romanas de la época. Podemos viajar por los caminos romanos y observar el mapa de las vías que tanta importancia tuvieron.