27 de octubre de 2013

Quemadas las ideas de Servet

Hace siete años que por vez primera en el Occidente cristiano un científico plantea su tesis acerca de la circulación pulmonar de la sangre. De cómo las arterias pulmonares envían la sangre hacia las venas a través de los pulmones, tornándose de color rojo y expulsando los vapores fuliginosos a través de la espiración. Fue Miguel de Villanueva, conocido como Miguel Servet, por firmar como tal algunas veces, o por ser su verdadero nombre Miguel Serveto, sabe Dios por qué. Es astrónomo, meteorólogo, geógrafo, medio juez, teólogo, físico, matemático, médico, lector de Biblias y qué sé yo cuántas cosas más. Otra cosa que no ha dejado del todo clara es de dónde procede. Español es, pero no se sabe si de Huesca o de donde dijo durante su estancia en Francia, de Tudela de Navarra. Siempre ha sido este Miguel aficionado a utilizar nombres y orígenes falsos. Pero en fin, estamos en el siglo XVI, 27 de octubre del año 1553, y no es de extrañar que a esa acertada teoría de la circulación de la sangre vengan adosadas otras consideraciones un poco menos terrenales. Dice Servet en su libro que en la sangre está el alma, y en el alma nuestra condición divina diseminada por todo nuestro cuerpo. Este Christianismi Restitutio es una de las varias razones por las que el español se encuentra hoy aquí, en Ginebra, a punto de ser ejecutado.

Juan Calvino y Miguel Servet. Theodor Pixis. Siglo XIX.

Juan Calvino y su Reforma Protestante han encontrado aquí en Ginebra su verdadero núcleo de crecimiento y expansión. Desde hace varios años, numerosas cartas ha recibido Calvino enviadas desde Vienne. Allí, en Francia, Miguel Servet se dedicaba a exponer teorías cada vez más contrarias a las establecidas por Calvino. Desde que reunió las más extremas en una primera versión de su libro Christianismi Restitutio, haciéndoselo llegar, Juan Calvino se puso a temblar. Como respuesta, le escribió algo así como que se dejara de estupideces y se leyera su libro de 1536, Institutio Religionis Christianae. Servet así lo hizo. Y no sólo lo leyó, sino que pilló una pluma y se puso a corregirlo, anotando en los márgenes sus propias notas, para después enviárselo de nuevo a Calvino. Se dice que cuando Juan recibió su propia obra corregida, pegó un grito de furia que se escuchó en toda Suiza. Su respuesta a Servet fue clara. Algo así como lo siguiente.

Como te atrevas a volver a pisar Ginebra, no sales vivo de ella, payaso.

Poco le asustó la amenaza a Miguel, que a principios de este año ha publicado, aunque de manera anónima, su gran obra, Christianismi Restitutio. Alusiones contrarias a la Santísima Trinidad, a la que se refiere como monstruo de tres cabezas, su opinión acerca de que Cristo está en todas las cosas, o su propuesta de recibir el bautismo en edad adulta, de manera consciente, hacen que los calvinistas se lleven las manos a la cabeza. Cuando Juan Calvino se entera de esto, identifica la obra y se chiva a los católicos. La Inquisición de Lyon, por medio de Mateo Ory, inquisidor general de Francia, persiguió y logró capturar a Miguel Servet en Vienne hace unos meses. El 7 de abril ya se había escapado. Horas antes de escapar, el reo, cuentan que llorando, aseguró no haber querido nunca mostrarse en contra de la Iglesia. A pesar de todo, tras su fuga, fue condenado a muerte, e incluso el 17 de junio fue quemado en efigie. Habiéndose confeccionado un monigote para representarle, cuidando mucho de hacer un buen paripé, colgaron primero al muñeco de una soga y posteriormente lo quemaron. Seguro que a Servet le importó mucho. También fue descubierta la imprenta clandestina donde se había perpetrado el crimen de publicar la obra de Servet. Los empleados se excusaron diciendo que no tenían ni puta idea de latín, que ellos sólo imprimían.

Miguel Servet llegó a esta ciudad de Ginebra este verano, prácticamente sin saberlo, estando perdido tras vagar por las tierras del Delfinado y la Bresse cual vagabundo durante cuatro meses, con una mula y sus pocas posesiones. Su idea era llegar a Italia, habiendo descartado la opción que verdaderamente quería, regresar a España, por pensar que no podría cruzar la frontera sin que le detuviesen de nuevo. Concretamente, el pasado 13 de agosto, Servet se alojó en la posada La Rose, cerca del lago Lemán, protagonista de Ginebra y el más grande lago de Europa Occidental, por cuyas aguas pensaba largarse hacia Zurich montado en una barca. ¿Quiso disimular? ¿Estaba zumbado? ¿Los tenía cuadrados? Nunca lo sabremos, pero el caso es que Miguel Servet se metió un domingo por la tarde en el templo en el que estaba predicando Juan Calvino. Evidentemente, salió de allí encadenado.

He tenido que ser muy cuidadoso al escoger mi vestimenta esta mañana, puesto que la Reforma se mete hasta con eso. Llevo unos greguescos normales, un jubón con mangas ahuecadas y no puede faltar mi gorguera, que me molesta un poco al rozarme en mi barba acabada en punta, típica de estos tiempos. Me encuentro en el pórtico del Hotel de Ville, donde el tribunal se encuentra reunido para dar lectura a la sentencia. Miguel Servet se encuentra de pie, escoltado por el lugarteniente Tissot. Su aspecto desmejorado se acentúa con la ya larga barba que le cubre su rostro delgado y agotado.

-En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, te condenamos a ti, Miguel Servet, a ser atado y conducido a Champel, y allí sujeto a una picota y quemado vivo junto con tus libros, hasta que tu cuerpo quede reducido a cenizas para dar ejemplo a los que quisieran cometer un crimen como el tuyo.

Miguel Servet cae al suelo de rodillas.

-¡El hacha! ¡El hacha y no el fuego! Si he errado ha sido por mi ignorancia -clama Servet, pidiendo piedad con sus manos encadenadas.

El tribunal le ofrece la posibilidad de arrepentirse y confesar su crimen, como tantas veces ya se le ha pedido. Servet asegura no haber cometido ningún delito que deba castigarse con la pena de muerte.

Junto con mucha gente, me dirijo a la Colina de Champel, al lugar conocido como El Campo del Verdugo. Elevo la vista admirando la belleza de las montañas del Jura, acrecentada con el abrazo de dichos montes al lago de Ginebra. Mientras el verdugo termina de amontonar una pira de leña aún demasiado verde, los ministros se dirigen a los presentes definiendo al condenado como un sabio poseído por el demonio que defiende una verdad equivocada. Conducen a Servet junto a la picota y lo atan con cinco vueltas de cuerda y una cadena de hierro. Sobre su cabeza colocan una corona de paja impregnada con azufre. Finalmente, arrojan al montón de leña una tea encendida. Lo primero que arde, el Christianismi Restitutio.

La Reforma Protestante se mancha en estos momentos las manos con una sangre que le pesará durante toda la Historia, y por la que muchos se arrepentirán. Pues los alaridos y gritos de dolor que ahora escucho son los de un sabio que únicamente difundió con libertad lo que su conciencia descubrió y creyó.

Estatua de Miguel Servet. Universidad de Zaragoza.

Actualmente, cerca del lugar de la ejecución, allí en la Colina de Champel, que aún hoy mantiene su nombre, se encuentra un monumento a Miguel Servet.