Medina del Campo en llamas

Entre la muchedumbre que grita enfurecida, me abro paso como puedo hasta poder ver al hombre que se encuentra desafiante ante toda la gente, montado en un gran caballo que aún resopla cansado por su viaje desde Arévalo. Es Antonio de Fonseca, el dirigente del ejército real. Llamado el Valeroso, lo cierto es que en estos instantes más bien tiene pinta de estar un poquito acojonado. Toda la ciudad de Medina del Campo se ha echado a las calles para cortar el paso al ejército. Fonseca se presentó esta mañana a las puertas de Medina, enviado por el regente de Castilla, el clérigo Adriano de Utrecht, con la misión de hacerse con toda la artillería almacenada en esta ciudad. Es por la tarde y ahí sigue, en el camino. Desde que llegó, se puso a hablar con el corregidor, Gutierre Quijada, para llevar a cabo su tarea, pero a pesar de que el alcalde no le ha puesto inconveniente alguno, es la población la que se lo impide. Es 21 de agosto del año 1520, y hoy, aquí, se va a liar.

Castillo de la Mota. Medina del Campo. Valladolid.

El rey de España, acusado de ser el menos español del reino, está ahora mismo de camino a Alemania, a donde se ha ido para apuntarse otro título, el de Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Cojo aire. Carlos I de España, por decir algo, se ha largado en el mejor momento, aunque muchos piensan que le importa poco o nada lo que por estas tierras pase. Desde que subió al trono, el pueblo ha criticado su pasividad con respecto a los problemas de la gente y los asuntos críticos que afectan a todos desde hace muchos años. El rey de España no sabe castellano, empecemos por ahí, y se ha puesto a otorgar poderes a diestro y siniestro a tipos que vienen de la corte flamenca. El mismísimo cardenal Cisneros ha sido sucedido como arzobispo de Toledo por un chaval de 20 años, llamado Guillermo de Croy. Y en medio de estos tiempos turbios, el monarca se ha pirado a tomar posesión de su nuevo cargo, y sin prisas.

Principalmente es este el motivo por el que ha nacido una rebeldía que poco a poco se ha ido extendiendo por toda Castilla, cobrando mayor fuerza en las ciudades de Toledo y Segovia. Antonio de Fonseca cabalga de un lado para otro hablando con sus más importantes soldados, volviéndose cada poco para mirar a la gente de Medina del Campo, que valientemente le corta el paso. En estos momentos, la ciudad de Segovia está sitiada. Rodrigo Ronquillo, alcalde de Zamora, impide el aprovisionamiento de los segovianos, desde que hace algo más de un mes acudió a investigar el asesinato de un procurador, a manos de los que podríamos empezar a denominar comuneros. El líder Juan Bravo resiste como puede ante la crítica situación originada por Ronquillo, que va muy en serio, habiendo enviado al mayor número posible de soldados a pie y a caballo. Segovia clama auxilio, y en principio, Toledo y Madrid acuden a la llamada por medio de ejércitos comandados por Juan de Padilla y Juan de Zapata, respectivamente, que aliándose conforman la primera gran fuerza organizada rebelde, que sin duda mantiene a Fonseca muy nervioso en estos momentos.

Los caballos del ejército real no pueden avanzar a pesar de los intentos de los jinetes, y se ponen de manos sin posibilidad de atravesar un muro humano en el que cada persona del pueblo es una piedra inamovible, y ahora mismo, yo incluido. Medina del Campo no está dispuesta a que se saque de allí la artillería, si para atacar Segovia se va a usar, como así se pretende. De repente, noto cómo la atención se dirige a un punto concreto, en dirección a la calle de San Francisco. Un humo negro asciende a lo alto, y pronto las llamas incluso se pueden contemplar. Soldados vienen del lugar aún portando antorchas encendidas. Se trata de un plan para dispersar a la gente.

Pero ni cuando el convento de San Francisco, repleto de las mercancías de los comerciantes de Medina, empieza a arder, los aldeanos abandonan su puesto. En la muralla de personas no se abre brecha alguna, mientras que el fuego crece. Antonio de Fonseca comienza a perder los nervios, viendo cómo esta gente logra impedirle hacerse con la artillería. Logro ver entre las cabezas cómo el jefe del ejército se da por fin media vuelta, seguido por sus soldados, dejando atrás una ciudad en llamas. En dirección contraria, yo también opto por retirarme, pues días turbulentos serán los próximos. Pobres de los que esta mañana se manifestaron a favor de entregar la artillería a Fonseca. A él ya no lo pillan, pero los que por aquí se queden, han de enfrentarse a un pueblo enfurecido.

Ajusticiamiento de los capitanes comuneros en Villalar el 24 de abril de 1521. Antonio Gisbert. 1860.

La banda de Heavy Metal segoviana, Lujuria, en su disco del 2006, Y La Yesca Arderá, nos cuenta de una peculiar manera todo este acontecimiento, en su canción Ojos De Presa.

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