Templarios en la hoguera

El cielo está nublado, es un día gris. El barro cubre las calles y entorpece el caminar de los campesinos y demás gentes que se mueven de aquí para allá en estas turbias fechas. Aún así, no llueve. Estoy en la ciudad de Sens, en el corazón de la región de Borgoña, en Francia. Hoy, día 12 de mayo de 1310, la Orden del Temple ha recibido un mazazo incomparable a cualquiera recibido en sus muchas batallas en Tierra Santa. Una emboscada de la que ya nunca se recuperarán.

Ilustración de caballero de la Orden del Temple.

Pensativo, me como un mendrugo de pan para desayunar, apoyado sobre la fría pared de piedra de una de las casas de la periferia de la aldea. Mi atuendo consiste en una camisola de un color parduzco, y unas calzas de igual color, tono natural del material del que están hechas, una barata lana, nada de tintes propios de la nobleza. De igual modo, calzo unos zapatos de poca categoría, soy como un villano más. Me rasco la barba mientras observo a algunos aldeanos correr calle arriba al tiempo que un murmullo de voces cada vez más potente pasa a convertirse en un griterío que denota furia, enfado.

-¡Herejes! ¡Sinvergüenzas! -Chillaban las encolerizadas gentes que poco a poco abarrotaban las calles, interrumpiendo sus tareas, saliendo de sus casas-. ¡Chorizos! ¡Así os abraséis, cabrones!

Cómo está el patio. Permanezco en mi sitio, ya veo aparecer el primer carro, tirado por dos fuertes caballos. Como mercancía, una jaula de gran tamaño y rejas de hierro, con su puerta cerrada por un enorme candado que tintinea con los baches del camino. Las ruedas del carro pisan los charcos, salpicando de barro a los que a ambos lados de la calle se dedican a insultar al paso de la trágica cabalgata. En el interior de la jaula de ese primer carro, cinco hombres encadenados se sujetan a los barrotes para salvar el tambaleo del carromato. A muchos les escupen, pero nada ya les importa. Poco a poco se acerca la comitiva, compuesta por ese y otros diez carros más, pues cincuenta y cuatro son los condenados.

Esta triste historia tuvo un trágico desenlace en el día de ayer. Hace unos días, el rey francés, Felipe IV, consiguió por fin hacerse con un arma poderosa con la cual enfrentarse a los templarios. Nombró arzobispo al descerebrado Felipe de Marigny. Y es que al monarca el tema de la orden de los soldados de Cristo se le estaba yendo de las manos. En estos años están siendo torturados cruelmente cientos de hermanos de la Orden del Temple. Terribles torturas arrancan confesiones que sólo nacen del dolor, mientras que los condenados defienden su inocencia. Uno de los comparecientes, el soldado Ponsard de Gisi, testimoniaba hace un tiempo que todo lo declarado durante su juicio era falso, y que únicamente se debía a las inhumanas torturas. Relató haber sido sometido a crueles tormentos, tales como atarle las manos a la espalda con tal fuerza que las uñas de sus manos se habían reventado, sangrando a borbotones. Y es que el rey Felipe, al que llaman el Hermoso, cosa que dudo mucho, pues lo he visto en un cuadro y me parece más feo que una rata portadora de la peste, está decidido a acabar con la orden. El tal Felipe de Marigny poco ha tardado en hacer uso de su nuevo poder para juzgar a los templarios condenados en Francia. El arzobispo de Sens convocó un concilio provincial hace dos días, y ayer mismo condenó a los cincuenta y cuatro hermanos que habían confesado, cómo no, bajo torturas. Considerados relapsos, la pena que se les impuso fue morir en la hoguera.

Una berza podrida que apesta a mierda me golpea en toda la nuca. Me giro llevándome la mano a la zona donde me había golpeado preguntándome qué coño ha pasado. Un maldito campesino con cara de imbécil me viene a pedir disculpas.

-No te quería dar a ti, tío, perdona -dice con cara de bobo, mientras se me acerca.

-A ver si tenemos más cuidado, palurdo.

Y es que los carromatos están ya pasando ante nosotros. Los aldeanos les lanzan frutas y verduras pochas, insultándoles. También existen los que miran desde la distancia, indignados, pensando en si estos hombres son verdaderamente culpables de algo más que de haber despertado el temor de las autoridades al poder de su hermandad. O aquellos otros, como varias mujeres que lloran desde las puertas de sus casas, que sencillamente sienten lástima.

Al paso del último carro, sigo a la procesión, con dirección a los bosques de Vincennes, y que se detiene cerca de la Puerta de San Antonio, justo en el lugar señalado por altas columnas de humo, que salen de varias piras. Las hogueras han sido dispuestas con el desalmado objetivo de conseguir un lacerante final para los templarios sentenciados. Leños y troncos escogidos por su tamaño arden en varios montones. Poco a poco los encadenados son bajados de sus jaulas. Me vuelvo y tomo el camino de nuevo a la ciudad, mientras lamentos se escuchan a mi espalda, encomendándose a Dios y clamando su inocencia.

Caballeros templarios quemados en la hoguera. Manuscrito medieval.

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