El primer libro impreso

Llevaba varios días a camello dando vueltas por mitad del desierto del Gobi. He podido contemplar la belleza de la Montaña Mingsha, e incluso he llegado a ver las Grutas de Mogao, excavadas en su costado, la joya de la localidad de Dunhuang. Más de mil seiscientos metros de majestuoso acantilado.

Las Grutas de Mogao. Dunhuang. China.

Pero no podía detenerme. Hoy es 11 de mayo del año 868, desconozco si he llegado ya a salir de las fronteras de la provincia de Gansu, pero el caso es que en algún lugar del noroeste de China, hoy se va a imprimir el primer libro, fechado, al menos, en la historia. Palmeo el largo cuello de mi camello, lento pero constante, como si de un caballo se tratara, pero creo que el animal me mira raro. No me extraña, tiene a un tipo encima vestido con una túnica enorme y unos pantalones bombachos debajo de ella, al estilo de la época, que, no sé, pero no debe de inspirar demasiada confianza. Pero bueno, son cómodos, me siento a gusto. Eso sí, hace bastante calor y yo voy con las mangas remangadas. Por fin llego a lo que parece una ciudad no muy pequeña. Al cruzarme con los primeros aldeanos me bajo las mangas de mi túnica. Hace doce años, allá por el 856, el emperador Buntoku prohibió las mangas cortas, no quiero líos. Me apeo de mi jorobado amigo y camino llevando sus riendas por una calle con pinta de rúa principal, abarrotada de mercaderes. Hierbajos aquí y allá, sobre todo. En las casas, pequeñas pero de amplios interiores predomina como principal material, la madera, consiguiendo una armonía con la naturaleza muy envidiable.

Unos troncos de madera de boj apilados junto a la entrada de uno de los edificios me hace detenerme. Al acercarme más, identifico también algunas tablas de madera de cerezo, despejándose así mis dudas. Este es el lugar, esto debe de ser una imprenta. Maderas duras, aptas para la xilografía, se encuentran desparramadas por el suelo de la estancia, según veo desde el umbral. Un hombre bajito de elegantes bigotes largos sale con las manos manchadas de negro, y se para unos segundos ante mí, con cara de extrañado. Un personaje con una túnica enorme, pantalones bombachos y con un camello por única compañía, se encuentra ensimismado mirando desde la calle el interior de su taller. Sin duda piensa que soy gilipollas. Menea la cabeza murmurando algo en un lenguaje que no conozco, mientras continúa con su trabajo, cogiendo una plancha de madera de cerezo y entrando de nuevo al interior. Vaya con el chino, no permite ni una interrupción. Pero lo cierto es que ante mí se encuentra el arcaico método de impresión que plasmará una enseñanza budista que pasará a convertirse en el libro impreso fechado más antiguo de la historia, que se conozca. Más personas van y vienen en el interior del taller, pero mi mirada se posa en la actividad que uno de ellos lleva a cabo. En una de las planchas de madera, un hombre talla con gran meticulosidad una serie de caracteres. Aun no conociendo el lenguaje, creo acertar a descifrar lo que el tipo está grabando, haciendo uso de su gubia. Wong Jei, pues no es otro el personaje, plasma en la madera una dedicatoria a sus padres. Costumbre habitual la de honrar a alguien al elaborar un libro. Finalmente, empuñando esa herramienta se dispone a tallar los últimos trazos de esa matriz. Decimoquinto día de la cuarta luna del noveno año. La fecha del día de hoy. El 11 de mayo del año 868.

Sobre una larga y baja mesa, se extiende una especie de papiro de unos cinco metros y medio de largo, por unos veinticinco centímetros de ancho, en el que aparecen caracteres chinos y alguna ilustración. El hombre impregna de tinta negra la plancha de madera que finaliza de tallar soplando una última vez para eliminar todo rastro de virutas, y finalmente la coloca sobre el pedazo de lienzo que aún permanece en blanco, imprimiendo en él el culmen de su obra. Compruebo boquiabierto la práctica de esa técnica de impresión nacida en el siglo VI aquí en China, durante la dinastía Suei, y perfeccionada ahora, durante la dinastía Tang.

Mi camello me saca de mis pensamientos intentando mordisquear mi oreja. ¡Quieto, bicho! Es hora de partir. El Sutra del Diamante está finalizado.

El Sutra del Diamante. 868.

El libro original, hallado en las cuevas de Mogao, donde dormía escondido por más de mil años, se encuentra en la Librería Británica, cuya página recomiendo un montón, donde se nos da la posibilidad de ojear muchos libros antiguos, digitalizados, desde nuestras propias casas. El Sutra del Diamante es uno de ellos, pasaros por aquí para echarle un vistazo.

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