El ascenso al trono de Luis XVI

Francia. Hoy es 10 de mayo de 1774. Me encuentro en el interior del Palacio de Versalles, infiltrado entre las muchas personas que hoy están aquí. Me muevo fingiendo asombro entre los cortesanos, suponiendo que nadie sospechará de mi presencia, pues realmente me pregunto si todas estas personas se conocen entre ellos, sabiendo que en las estancias de esta mansión habitualmente hay cientos de, por qué no decirlo, pijos chupópteros que viven sin dar un palo al agua, lamiendo el culo del Luis correspondiente. Desconozco en qué sala en concreto estamos ahora. Pero como para saberlo, joder, en este edificio hay unas setecientas habitaciones. No paro de mirar a mi alrededor. ¡Qué lujo! Y pensar que esto se construyó como residencia esporádica para las cacerías del Rey Sol. Al final les gustó, comenzaron a hacer reformas y, vaya que sí, se les fue de las manos hasta convertirse en la residencia más maravillosa de Europa al término del Antiguo Régimen. Observo la cuidada decoración, motivada por el mobiliario de bronce y marquetería del que fue el mejor en su profesión hace ahora unos 100 años, y posible padre de la cómoda, el gran ebanista Boulle. Pero, en fin, toda esta ostentación casi me provoca ansiedad, creo que personalmente me quedo con la grandiosidad de los jardines. Unas ochocientas hectáreas de elegante estilo francés que nos ofrecen la posibilidad de pasear entre sus más de doscientos mil árboles. Mención especial al estanque de Neptuno, de las últimas modificaciones del hasta hoy, rey, Luis XV. Visto desde la ventana principal de la Sala de los Espejos, este mar verde se me antoja impresionante.

Palacio de Versalles. Francia.

Maldigo a la moda rococó. Estos pantalones me aprietan el paquete, y a cada rato he de tocarme mis partes, colocándolas, ante la mirada inquisidora de las damas que hay por aquí, que ocultan su rostro tras sus abanicos, complemento femenino casi obligado. Ante sus gestos, carraspeo y me acomodo la casaca, azul con bordados dorados. Vaya pintas. Para rematar, me he encasquetado una peluca empolvada, como marca el estilo actual. Me he librado de tener que hacer más el ridículo con una de esas gigantescas pelucas que tanto le gustaban a Luis XIV, al menos esta es más pequeña. Pero, en fin, es momento de ponerse serio. En el palacio, abarrotado sobre todo en esta, la planta baja, la gente se muestra nerviosa, alterada, y no es para menos. Estoy cerca de la puerta de los aposentos reales. La agonía de Luis XV, rey de Francia, acaba de llegar a su fin. El monarca ha fallecido tras su dura enfermedad, la viruela, contraída según creen sus médicos, en el Pequeño Trianón, edificio erigido con el objetivo de disfrutar de su afición a las plantas. Regarlas, abonarlas, y todo eso, supongo que no estamos hablando de fumárselas, pero quién sabe qué hacía ahí dentro el Bien Amado, la verdad es que se lo montaba a lo grande.

Las carreras de los cortesanos de un lado a otro, acentuadas por el sonido de sus tacones, y es que en esta época todos los llevan, hombres y mujeres, delata el ambiente de cambio, y, por qué no decirlo, de cierta revolución. Me uno a un grupo de tipos que van corriendo por los pasillos, entre las columnas jónicas que los decoran. Al llegar a los aposentos de los Delfines de Francia, nos detenemos y uno de ellos, ni corto ni perezoso, abre la puerta, con dos cojones. ¿Pero es que no respetan ni al futuro, o mejor dicho, ya actual rey? Sin siquiera llamar empuja el portón. Rezo para que no estén dándole al tema. La puerta se abre. Por fortuna María Antonieta está vestida y su joven esposo mira por la ventana, distraído. Aunque veo al mirarla entre los muchos personajes que llegan, que es cierto lo que cuentan, se trata de una joven hermosa. Los chavales, de veinte años, y que llevan cuatro casados, se giran sobresaltados cuando la muchedumbre les asalta en su propia habitación.

-Majestades -dice el fulano que abrió la puerta, mientras hace una pronunciada reverencia a los jóvenes.

A continuación, veo cómo ambos se miran, asombrados. ¿Por qué esa cara, loba austríaca? Si supieras que tu marido te va a hacer regalos tan asombrosos como el mismísimo Petit Trianon.

-¡Dios mío, somos reyes demasiado jóvenes! ¡Protégenos de nuestra inexperiencia! -claman ambos.

Y sí, aquí comienza un tiempo de cambios y revoluciones. Pero yo mejor me largo. Demasiadas guillotinas para mi gusto, y eso, es mucho peor que un pantalón hortera apretándome las pelotas.

Busto de Luis XVI. Augustin Pajou. 1779.

Para daros una virtual vuelta por el Palacio de Versalles, su página es muy recomendable.

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