8 de septiembre de 2016

La primera vuelta al mundo

Las aguas del Guadalquivir, a pesar de su tranquilidad, provocan un hipnotizante murmullo al chocar contra la roda de nuestro barco, pues mientras ellas descienden en busca del Atlántico, nosotros subimos con destino Sevilla. Apoyado en la borda derecha de esta nave remolcadora, en proa, busco con la mirada el muelle de la ciudad, donde atracaremos. Siendo poco amigo de los tambaleos de los barcos, yo hoy me encuentro perfectamente, pues no hace ni dos días que me subí a este buque, en el puerto de Sanlúcar de Barrameda. Pero la nao que nos precede necesitando de nuestra ayuda debido a su deteriorado estado, ha tocado agua dulce por vez primera desde que hace tres años partiese del mismo puerto sanluqueño, entregándose a las aguas saladas para iniciar el viaje más largo que nadie puede realizar, aquel que curiosamente te lleva al sitio más cercano del inicio. Partida y meta eran el mismo punto, pero desde que desataran los cabos hasta que echaran el ancla habrían de recorrer todo el globo. El mundo entero. Hoy más que nunca el estropeado barco que tengo detrás de mí se ha ganado su nombre. Hoy, día 8 de septiembre del año 1522, la Victoria descansará tras completar la primera circunnavegación de la Historia.

Nao Victoria. Réplica actual.

Recorro lentamente el estribor cagándome en todo porque no corra ni un mínimo de brisa, estoy asfixiado con este calor. Y llegando a popa contemplo ese precioso buque de alto bordo que ahora mismo navega cansado, moribundo, como si ya hubiese agotado sus fuerzas y esperase que las aguas de este río le arrastrasen hasta su lecho. Aprecio sus más de siete metros de manga, y admiro cómo su botalón apunta firme hacia su cercano destino, alzado como la espada del fiero conquistador que ha surcado las aguas de territorios jamás vistos por ningún hombre de nuestra tierra. Pienso que a cada metro recorrido, esa vela cebadera se introducía en paraísos desconocidos, seguida del trinquete y del palo mayor, donde el aspa de Borgoña ondea mostrándole al mundo que la hazaña más ambiciosa de la navegación ha sido realizada bajo el emblema de España. Hace tres años, otras cuatro naves avanzaban a su lado. Esta carraca era la más pequeña de la flota a excepción de otra nao. Hoy sólo queda ella. Doscientos treinta y cuatro hombres constituían la tripulación. Hoy, sólo dieciocho regresan.

Poco a poco comienzan a escucharse voces. El griterío de la gente en el muelle crece a medida que nos acercamos. Todas las miradas están puestas en el barco superviviente. Las orillas están repletas de personas que han venido a recibir a los navegantes protagonistas de la más larga travesía recorrida jamás, que se sepa. Observo a muchachos maravillados, desgañitándose en gritos de excitación. Veo a hombres vitoreando, orgullosos de ser compatriotas de esos valientes que han logrado rodear el orbe de agua, descubriendo lo desconocido, otorgando a nuestro mundo un mar de nuevos conocimientos y posibilidades que sin duda valen más que las riquezas que traen en las bodegas. También distingo a algunas mujeres con ojos llorosos, con sus manos entrelazadas susurrando oraciones de agradecimiento por la fortuna de los vivos, y plegarias de compasión por todos aquellos que se han quedado en algún punto del extenso periplo. Cuando la Victoria atraca en el muelle, su quilla se estabiliza y a la luz del atardecer casi puedo ver cómo la nave expira para finalmente dormir tras su viaje de tres años. Ha alcanzado su meta. Ha conseguido su objetivo. La pasarela de madera toca por fin tierra española, siendo tendida a los pies de los miembros de la Casa de Contratación, que ansiosos esperan ver aparecer a esos dieciocho marinos a los que deben el privilegio de poder ampliar los trazos de nuestros mapas.

Con la llegada de la noche la gente empieza a abandonar el muelle. Las autoridades ascienden por la rampa accediendo al buque para encontrarse con los tripulantes, pues han manifestado su intención de pasar la noche en el que ha sido su hogar durante tanto tiempo. Cuando me uno a ellos a bordo de la Victoria quedo impresionado ante lo que veo. Casi una veintena de hombres escuálidos es lo que queda de la amplia expedición que ha dado la vuelta al mundo. Sólo algunos permanecen en pie intercambiando algunas palabras con los funcionarios que no dejan de abrazarles y felicitarles. Enseguida toman de nuevo asiento, debilitados, enfermos, pero con un brillo de satisfacción en sus ojos, enormes por el contraste con sus cadavéricos rostros a la luz de los candiles repartidos por la cubierta. El factor de la Casa de Contratación y algunos miembros de la administración de la ciudad de Sevilla conversan con un hombre de enredados cabellos, más abundantes en el momento de su partida que ahora durante su regreso, y de poblada barba oscura. Ese hombre que ya supera los cuarenta años de edad es Juan Sebastián Elcano. Se embarcó como contramaestre de la Concepción, y hoy ha regresado como capitán de la expedición, tras cumplir con éxito su misión de completar el viaje tras la muerte del que liderase la campaña desde su inicio hasta su muerte, Fernando de Magallanes.

Juan Sebastián Elcano.

Apoyado sobre un barril, observo a un hombre de nariz aguileña, acentuada por la extrema delgadez que sufre, aunque creo que no es de los que peor aspecto tienen. Desparramados sobre su improvisada mesa se encuentran algunos trozos de papel repletos de notas. Sobre uno de ellos, alcanzo a ver que está plasmando la fecha del día de hoy, para dejar después su pluma a un lado, y elevar esa hoja ante él examinándola con una cansada sonrisa. Me da la impresión de que el humanista, el italiano Antonio Pigafetta, acaba de finalizar su crónica.

-¿Era ese el punto final?

Me acerco y amablemente relleno de agua el cuenco que a su lado tiene para después servirme a mí otro de la jarra que reposa entre sus anotaciones. Sonríe asintiendo con su cabeza y pronto comenzamos a hablar mientras el cielo se tinta por completo de negro. Aprovecho para preguntarle acerca de la expedición. Me cuesta mucho seleccionar los temas más importantes, pues no quiero ser cansino, que el hombre querrá descansar, pero es que son innumerables las cuestiones que se me ocurren. Estos marineros acaban de completar una vuelta al mundo.

-Mayo de 1520 -confirma revisando una de esas páginas amarillentas cuando le pregunto acerca del resto de las naves-. La Santiago se hundió tras despedazarse contra las rocas de las costas de lo que el capitán llamó Patagonia. A finales de ese año, poco antes de que divisáramos el estrecho que nos llevó a las pacíficas aguas del nuevo océano, la San Antonio, el más grande de nuestros barcos nos abandonó y dio media vuelta.

-¿Qué provocó la sublevación?

-Muchos de los nuestros pensaban que la expedición había fracasado. Llevábamos meses dirigiéndonos al sur y no encontrábamos ningún paso hacia el oeste. Cuando por fin creímos hallarlo nos dimos cuenta de que habíamos perdido quince días navegando por una ensenada. A la falta de provisiones que causó la reducción de las raciones, se añadió otro terrible mal. El intenso frío de aquel lugar. Creo que todos llegamos a pensar en algún momento que nuestra campaña había llegado a su fin.

Antonio dirige su mirada a Elcano, que continúa atendiendo a las autoridades. Añade que el propio líder que ahora ha logrado cosechar el éxito de la dura misión, formó parte durante aquellos días del intento de motín, desvinculándose finalmente del grupo que se volvió para España. Me sobrecoge escuchar el relato del cronista, explicándome cómo tuvieron que alimentarse a base de agua casi podrida, galletas con gusanos, ratas o incluso pieles de vaca destinadas a la protección de los mástiles para evitar la fricción de las maromas. El tramo comprendido entre el Estrecho de Todos los Santos y las Islas de los Ladrones tuvo que ser el más horrible de todo su viaje, pues tuvieron que compartirlo con polizones como la hambruna o el destructor escorbuto que tanto diezmó a la tripulación.

-Ocurrió en abril de 1521 -responde Antonio ahora a mi pregunta sobre la muerte de Magallanes-. El capitán subestimó a la población indígena y quiso ahorrar recursos enfrentándose con sólo medio centenar de hombres a toda una tribu de más de mil guerreros. Murió lanceado en la playa. Estábamos en las islas a las que puso el nombre de San Lázaro. Perdimos la batalla y con ello la confianza del caudillo al que habíamos prometido ayudar en sus guerras locales a cambio de provisiones. Sufrimos una traición, cayendo envenenados algunos de los nuestros, y además partimos de ese lugar con una nave menos, pues la Concepción estaba tan deteriorada que no nos sirvió más que para calentarnos con el fuego que alimentamos con su madera.

-Ya sólo navegabais con dos, y aún debíais regresar bordeando las costas africanas.

-Cuando alcanzamos territorio conocido, al llegar a las islas de las especias, tuvimos que prescindir también de la Trinidad, pues requería serias reparaciones.

A partir de ahí, bajo el mando de Elcano, la menguada tripulación completó su viaje navegando por las hostiles costas controladas por los portugueses. Tras despedirme del sobresaliente agradeciéndole la entrevista, dirijo una última mirada a los dieciocho héroes.

Dedico el resto de la noche a pasear por el puerto. Joder, ¿es que no se va a levantar ni la más mínima brisa? Sigue haciendo un calor espantoso. Todavía son varios los curiosos que pululan como yo por el muelle, cerca de la Victoria, a la espera de que los marineros finalmente bajen de su nave. Sólo cuando los primeros rayos de sol comienzan a hacer que el cielo claree, alcanzamos a ver cómo los hombres descienden por la pasarela. Nada de vítores ya. Ninguna fiesta ni celebración. Aquellos hombres caminan lentamente, en silencio, portando cada uno de ellos un cirio encendido. Se cubren con los harapos que han vestido en su último tramo del viaje, y van descalzos. Sus camisas, sucias y rotas, dejan ver las marcadas costillas de sus pechos huesudos. Como si de una procesión de espectros se tratase, pasan entre la gente y se dirigen a la Catedral. Allí, en las capillas, se reencontrarán con la Virgen a la que hace tres años solicitaron su protección. Le agradecerán que, al menos a ellos, se la haya brindado.

Ruta realizada por la expedición.

La fundación Nao Victoria recorre los puertos de todo el mundo con la réplica de la nave que da nombre a su proyecto, permitiendo conocer en persona todos los secretos que rodeaban al único barco que completó la primera vuelta al mundo.