16 de noviembre de 2015

El Santo Niño de la Guardia

Malos tiempos corren para los judíos en este reino, en esta España que poco a poco nace. La hostilidad hacia los practicantes de la religión hebrea ha crecido enormemente durante los últimos años en los territorios pertenecientes a las Coronas de Castilla y de Aragón, unidas bajo un mismo trono ocupado por Fernando II e Isabel I. Y sucesos como este que me ha traído hoy hasta aquí no ayudan en nada. Camino ahora junto a los muros del monasterio de Sancti Spiritus, habitado por monjes premostratenses, pertenecientes a la orden creada por San Norberto en el norte de Francia, en un pueblo llamado Premontrè, al que debe esta rama del monacato el trabalenguas que tiene por nombre. El austero convento fue erigido en 1209 a orillas del pequeño río Grajal, el cual atravieso en esta fría mañana cruzando el bello puente de un único ojo bajo el cual las aguas me regalan un calmado murmullo. Pronto llego al Brasero de la Dehesa, este descampado cuyo nombre resulta bastante descriptivo, teniendo en cuenta que es el lugar donde se llevan a cabo los autos de fe en esta ciudad de Ávila. Es día 16 de noviembre del año 1491.

Ilustración anónima del siglo XVIII que representa los supuestos actos.

Un montón de leña no demasiado seca se apila en el centro de una multitud silenciosa. Sólo una voz se escucha en el lugar, narrando con voz pausada y grave, como queriendo otorgar a su discurso un tono de autoridad e incluso amenaza, una serie de sentencias. Concretamente cinco, pues cinco son los condenados, a los que veo encadenados entre sí, cabizbajos, resignándose a escuchar las palabras de ese funcionario de la Inquisición que no está leyendo sino la orden de ejecutarlos, quemándolos vivos en la hoguera. Son varias las autoridades eclesiásticas y judiciales presentes, pero no logro identificar a los inquisidores que se han encargado de este proceso desde hace poco menos de un año, Pedro de Villada, Juan López de Cigales y Fray Fernando de Santo Domingo, todos ellos hombres de confianza del inquisidor general Tomás de Torquemada, y, como él, autores en varias ocasiones de discursos notablemente antisemitas.

Es una época esta en la que pocas pruebas se piden para mandar a un tío a la hoguera, sobre todo si es judío. Como en todo, existirán casos que sean ciertos, y también muchos otros que no lo sean, pero en toda Europa se ha extendido la convicción de que artes oscuras relacionadas con rituales sacrílegos, brujería o incluso satanismo, se practican habitualmente. Esta trágica historia, cargada de enigmas, cuyo desenlace estoy presenciando, comenzó el año pasado. Varios judeoconversos fueron detenidos. Entre ellos, el cardador Benito García, en Astorga, y todos fueron sometidos a una serie de interrogatorios, acusados de judaizar, es decir, de continuar practicando la religión judía en secreto, tras haberse convertido al cristianismo. Este delito es muy común entre los conversos, pues incluso los rabinos de esta época instan a sus fieles a declarar su conversión al cristianismo, si con ello salvan sus vidas, y a seguir practicando la fe hebrea de manera clandestina, exentos de realizar los ritos que puedan delatarles, por lo que ya directamente les dicen que con que mantengan su fe en sus almas es suficiente. Varios acusados de esta infracción acabaron en la prisión inquisitorial de Segovia, y fue en estas celdas donde comenzó a surgir la confesión, siempre bajo inhumanas torturas, de delitos más graves, relacionados con asesinatos rituales.

-¡Marranos! Arded en las llamas -grita con rabia un tipo, a mi lado.

Últimamente está de moda este insulto hacia los judaizantes, y muchas son las hipótesis de su origen. Que si viene de marrar, vocablo antiguo que significa fallar... Que si se les llama así porque no pueden comer cerdo... Que si viene del término árabe muharram, que designa lo prohibido... Lo que está claro es que es una palabra despectiva, y alguno de los condenados mira con desprecio a quien de esa manera le está llamando. Los ponchos que les cubren, a modo de sambenitos, no son menos indignantes.

Ningún padre denunció la desaparición de su hijo en La Guardia, una aldea de Toledo. Ningún cadáver se ha encontrado. Ni siquiera hay un nombre para la supuesta víctima. Pero el espantoso crimen por el que estos hombres hoy están siendo conducidos al fuego se dio por confirmado. Sometidos a tormento, declararon haber participado en un escalofriante ritual llevado a cabo hace más de diez años en La Guardia. Allí, la noche de un Viernes Santo, habrían crucificado a un niño, tras torturarlo con palizas semejantes a las sufridas por Jesucristo en la Pasión. Ya clavado en la cruz, le habrían dado muerte sacándole el corazón. Además, habrían planeado fomentar la dispersión de una epidemia de rabia al impregnar con la sangre del crío unas obleas sagradas que se encargarían de distribuir posteriormente.

No quiero imaginar en qué condiciones confesaron esta atrocidad, sabiendo que la Santa Inquisición dispone de expertos funcionarios en el poco prestigioso arte de la tortura. Pero todo huele muy raro, partiendo del hecho de que nadie sabe qué cojones hacían varios judíos encarcelados en prisiones inquisitoriales, cuando la Inquisición sólo tiene autoridad sobre los bautizados. Pero en fin, dos son los judíos hoy aquí presentes, más tres conversos, sumando un total de cinco, como cinco son las estacas que veo que ahora mismo están hincando entre la pira. La colaboración entre los poderes eclesiásticos y los judiciales ha conseguido que se lleve a cabo este auto de fe, que no es más grave que el sentimiento de odio y antisemitismo que se ha sembrado en la población. Las llamas empiezan ya a devorar la leña, y el humo asciende poco a poco al gris cielo de Ávila. El cardador, junto a otros dos conversos, y dos judíos, el zapatero de Tembleque, Yucef Franco, y el zamorano Moshé Abenamías, mezclan sus llantos con injurias y gritos que claman su inocencia y la falsedad del proceso que les ha llevado hasta este final.

Puerta del Mollete, de la Justicia o del Niño Perdido, en el claustro de la Catedral de Toledo.
Frescos que representan el rapto (izquierda) y la crucifixión (derecha) del niño.
Francisco Bayéu. 1776.

Dos de las fuentes más importantes acerca de este suceso serían los estudios de los historiadores Joseph Pérez y Luis Suárez Fernández, presentes en sus obras Los judíos en España y La expulsión de los judíos. Un problema europeo, respectivamente.