28 de julio de 2015

El verdugo inexperto

No entiendo cómo se puede luchar con estos ridículos e incómodos zapatos de escandalosas hebillas. Aunque bien es verdad que aquí los yeomen, o guardianes de la torre, poco tenemos que hacer a parte de vigilar prisioneros. Hoy es 28 de julio de 1540 y me encuentro en el interior de la Torre de Londres, infiltrado entre los aproximadamente cien beefeater que calculo que hay ahora mismo constituyendo la guardia de esta fortaleza que mira el río Támesis desde su orilla del norte, en el centro de Londres, Inglaterra. Mi uniforme, en plena evolución, me consta, se compone en estos tiempos del presumido Enrique VIII de una túnica corta de amplias mangas de color granate con el emblema de la casa de los Tudor plasmado en mitad del pecho en bordado dorado, y que cae hasta la mitad del muslo en forma de falda plegada. Bajo unos pantalones traseros anchos de color escarlata que me llegan a la rodilla, visto unas mallas en verde oscuro. Me he encasquetado un gorro ancho también granate y ahora mismo me apoyo en mi alabarda, ornamentada cuidadosamente con grabados de símbolos reales en su brillante hoja. Pocas cabezas ha rebanado este hacha, me da a mí.

Beefeater.
Parece que hay tangana en algún sitio. Un grupo de guardias bajan organizados escalera abajo por esta Torre Sangrienta en la que me encuentro ahora mismo. Me uno a ellos e intento adoptar su ritmo. Tras varios intentos fallidos y tras parecer un pelele dando saltitos para acompasarme a su paso, finalmente lo consigo. Si realmente esta es la torre que alberga las celdas de los prisioneros de alto rango, deduzco que no muy lejos debe estar Thomas Cromwell, apresado hace más de mes y medio durante una reunión del Consejo. Hasta prácticamente ese momento, y desde hace ocho años, Cromwell había sido el más influyente político de la administración de Enrique VIII. Tal era su autoridad, que podemos considerarlo como uno de los principales personajes protagonistas en las reformas del anglicanismo, doctrina que tanto ha marcado sus actuaciones como consejero del rey de Inglaterra. Además, varias cabezas han rodado por los patíbulos de este castillo por causa de sus planes. Pero son tiempos convulsos y todo puede cambiar, hasta el punto de que hoy la cabeza que rodará será la suya.

Thomas Cromwell llevaba bastante tiempo ganándose enemigos. En 1534 el rey le otorgó autoridad para gestionar la llamada disolución de los monasterios. Él se encargaba de visitar las abadías y conventos del reino comunicando a los monjes los cambios que debían experimentar para adaptarse a los nuevos cánones mediante los cuales la supervisión eclesiástica dejaba de ser cosa del Papa de Roma y pasaba al propio rey inglés. Además, las propiedades de la Iglesia Católica pasaban a pertenecer al monarca, y, alguna que otra vez, a sus propios dominios, con dos cojones. Esto creó envidias y furias. Han sido sus estrategias para favorecer las reformas de la Iglesia las que realmente le han llevado a terminar acusado de traición, puesto que el último de sus planes ha sido el que sus enemigos han aprovechado para denunciarle.

Sigo a estos tipos por la fortaleza y en principio creo que nos estamos metiendo en los salones de la Torre Wakefield, a la espera de órdenes. El gordo ese que lleva un collar dorado que debe pesar tres kilos con piedras preciosas incrustadas tiene que ser Enrique VIII. Parece hablar con algunos de sus cortesanos.

-Es que no me jodas, macho, tú mira -dice mostrando un cuadro apoyado en su trono, de algo más de medio metro de alto, en el que aparece una joven dama retratada con sus manos entrelazadas sobre su regazo-. En el cuadro está buena, hostias. Tú ves esta pintura y piensas que está tremenda, coño, ¿o no?

-Sin duda, señor -responde uno de los presentes, haciendo una reverencia tímida-. El cuadro no es... fiel a la realidad, majestad.

-Holbein, ese puto alemán no tiene ni idea de pintar o yo qué sé, pero el cabrón me la metió doblada con este lienzo -dice Enrique golpeando con sus dedos la pintura, recostado en su sillón en plan dominguero-. ¿Y ese traidor de Cromwell está ciego o es que tiene el gusto en el maldito ojete?

Ana de Cleves. Hans Holbein el Joven. 1539.
No puedo soportarlo más. Se me escapa una risa nasal de estas que se escucha en todo el salón. Varios de mis compañeros me miran de reojo flipando. Por fortuna el rey está demasiado liado en lo suyo y no llega a darse cuenta, porque me hubiera identificado seguro, ya que me lloran los ojos ahora mismo de la risa. La dama que aparece en el retrato es Ana de Cléveris, hija de Juan III, duque de Cléveris, una personalidad importante en la corriente protestante alemana. Thomas Cromwell organizó el que fue el cuarto matrimonio de Enrique VIII con esta noble germana, sabiendo que el enlace convendría en la política que pretendía definir. Al monarca parecía no preocuparle ni un ápice menos que la doncella fuera atractiva, por lo que encargó al artista Hans Holbein el Joven que fuera a verla y le pintara un retrato el año pasado. Parece que le especificó que fuera fiel a la realidad, pero ya sabemos cómo son estos artistas, siempre favorecen a su modelo, y desde luego no me imagino al pintor enseñándole a la pobre chica un retrato en el que se resaltaran sus defectos. Demasiado alta y ruda y con la cara salpicada de las señales de una viruela ya superada, Ana de Cléveris debió casi asustar al rey inglés cuando la vio por primera vez, estando ya apalabrada su boda.

-¡Es que es fea, pero fea de cojones!

Enrique VIII sigue lamentándose, a pesar de que Ana ya no es su esposa desde hace unos días, cuando anuló el matrimonio repudiándola de la manera que consideró menos injusta y cruel para la joven alemana. No he podido llegar a ver a la que ha sido reina durante unos meses, pues abandonó la corte en junio, pero no creo que sea para tanto. En cualquier caso, el gordo este tampoco está para pedir mucho.

Finalmente, nos dirigimos al cadalso de uno de los patios, donde ataviado con una amarillenta camisa desgastada veo al otrora poderoso estadista Thomas Cromwell. La pena de traición se paga con la muerte, y el político ya es obligado a postrarse de rodillas y a agacharse colocando su cabeza en el apoyo de madera. Un saco de paja desparramada espera la cabeza.

-Moriré en la fe tradicional -declara el reo a los pocos que le escuchamos, pues se trata de una ejecución privada.

Con paso renqueante, un verdugo con pinta de tener pocas luces a pesar de que lleva su rostro oculto tras una capucha, sube al patíbulo. Dirijo mi mirada al rey Enrique y noto en él una pícara sonrisa. Creo que no ha encontrado a otro verdugo más patán en todo el reino para llevar a cabo esta decapitación. El encapuchado eleva su hacha a lo alto y se asegura de asir correctamente el mango con manos temblorosas. Con una estocada propia de una anciana hace un primer intento que ni mucho menos logra el cercenamiento completo. Algunos de los presentes tapan sus ojos, unos no queriendo ver el grotesco e inútil procedimiento del inexperto verdugo, y otros sencillamente por vergüenza ajena al ver al operario llevar a cabo su tarea con tal ineptitud.

Ahora Enrique ríe, pero no pasarán muchos días antes de que confiese que lo que está sucediendo hoy aquí es uno de los errores más graves que cometerá.

Thomas Cromwell. Hans Holbein el Joven. 1533.

Wolf Hall es una serie que nos presenta las curiosas aventuras y desventuras de Enrique VIII desde el punto de vista de Thomas Cromwell.