21 de junio de 2015

Traición de samuráis

Atardece en Kioto. Es todo un placer disfrutar de esta temperatura tan agradable observando cómo el sol, sin apenas fuerza ya, se esconde tras las montañas que rodean este valle del corazón de Japón. Me encuentro en Honnō-ji, el templo Honnō, infiltrado en la corte del señor feudal Oda Nobunaga, entre sirvientes, mercaderes y artistas que le acompañan. Qué a gusto se está aquí, joder. Recostado sobre unos cojines, me estoy tomando una taza de sake o licor de arroz, una bebida alcohólica típica de aquí que se conoce con el nombre de nihonshu. Está rico, pero te pega un castañazo terrible, es fuerte de narices, por lo que me voy a controlar. Varias mujeres jóvenes amenizan el momento tocando el koto de trece cuerdas, un instrumento similar a un arpa, pero que se toca situándolo en posición horizontal. Utilizan los dedos pulgar, índice y corazón de la mano derecha en los que llevan unas uñas de bambú llamadas tsume, mientras que con los dedos de la mano izquierda afinan los sonidos. Si además reconozco que la belleza oriental siempre me ha impresionado, puedo decir que no se me ocurre un lugar mejor en el que estar en esta noche de junio del año 1582.

Entrada actual al templo Honnō. Kioto. Japón.

El daimio al que sirvo, Oda Nobunaga, se encuentra en plena campaña de unificación del país. No le va nada mal, puesto que los territorios del centro de Japón ya están todos bajo su dominio desde que a principios de este año venciera al poderoso clan Takeda en la Batalla de Temmokuzan. Los únicos clanes que podían frenar su propósito se encuentran debilitados por sus propios conflictos internos, por lo que Nobunaga, sabiendo de su oportunidad irrepetible, ya se encargó hace tiempo de enviar a sus mejores generales para rematarlos. El borracho y mujeriego pero eficiente militar Toyotomi Hideyoshi fue enviado a liderar los enfrentamientos contra el clan Mōri. Este tío me hace una gracia... Es un tipo bajito, delgado y calvo, y el cabrón de Nobunaga lo llama mono, o rata calva. El líder del clan Oda es un puto grosero, todos lo saben, pero lo cierto es que confía en Hideyoshi, y de ahí que le haya asignado esta importante misión. Otro de los más fieles guerreros, Takigawa Kazumasu, fue enviado a luchar contra el clan Hōjō. Y por otro lado, Shibata Katsuie recibió órdenes de ir a la provincia de Echigo a enfrentarse al clan Uesugi. Con todos los frentes gestionados, Oda Nobunaga se ha venido a Honnō-ji a tomarse un descanso. Yo me abro un poco el kimono y le guiño un ojo a una de las músicas. Ella sonríe ruborizada, creo que le gusto, me debe quedar bien este moño japonés. Le pego otro trago al sake, la cosa promete.

De repente, ya bien avanzada la noche, justo cuando me decidía a lanzarme a hablar con la chica del koto, irrumpe un soldado con tal vehemencia que la música se para y todos los presentes nos giramos para ver qué sucede.

-Mi señor -dice entre jadeos el soldado, intentando recuperar el aliento tras lo que parece que ha sido una larga carrera, a la vez que hace una pronunciada reverencia ante Oda.

-A ver, qué leches pasa -responde Nobunaga haciendo un gesto con su mano, metiendo prisa al soldado para que hable, mientras sigue comiendo un poco de fruta fresca, distraído-. Qué cojones quieres.

-Disculpad, mi señor. Creo que le necesitamos afuera. Mitsuhide se acerca con todo su ejército -informa el soldado, elevando su mirada con temor a la reacción de su jefe-. En unos momentos llegará a las puertas del templo. Sin duda prepara un ataque.

No me jodas. Gritos de asombro se escuchan en la estancia. Oda Nobunaga se levanta y en su rostro se dibuja un gesto de furia aterradora. Sin decir ni una palabra, se dirige con paso firme a la puerta y al cabo de unos instantes comienzan a escucharse sus órdenes y los silbidos de las katanas. Los samuráis se preparan para la batalla.

Estatua de Oda Nobunaga. Azuchi. Japón.
Akechi Mitsuhide es uno de los generales de Nobunaga. Había sido enviado a reforzar el ataque de Hideyoshi contra el clan Mōri, cuya situación parecía haberse complicado un poco en el asedio a Takamatsu. ¿Qué coño hace aquí? Sin duda se trata de una traición. Asuntos personales, quizás. La gente corre de aquí para allá, el pánico se apodera de todos porque saben perfectamente que somos totalmente vulnerables en este templo. Mitsuhide no es tonto, y ha pensado en atacar a su daimio en este preciso momento, sabiendo que se encuentra indefenso. Sólo un puñado de samuráis le acompañan, y el resto sólo somos sirvientes, artistas o lameculos. Todos los generales de Nobunaga están cumpliendo misiones lejos, se suponía que esto eran unas vacaciones, joder. Todo iba a salir bien, lo único que podía ocurrir es precisamente lo que ha ocurrido. La traición.

Los samuráis rodean el templo empuñando con valentía sus katanas. Incluso algunos sirvientes se arman con cualquier herramienta que pillan para ver si pueden ayudar en algo. Pero no hay nada que hacer. Todo un ejército experimentado se acerca, permitiéndose el lujo de enviar pequeños destacamentos en un principio, puesto que probablemente serán suficientes para tomar Honnō-ji y derrocar a Oda Nobunaga. Las primeras lidias comienzan. Los soldados del clan Oda demuestran gran valentía al enfrentarse con honor a esta batalla perdida. Morir en combate es la única muerte honorable que esperan los samuráis. Eso, o el seppuku.

Escondido junto a uno de los edificios de madera, observo cómo las órdenes de Nobunaga empiezan a cambiar. Abandona la dirección de la defensa, convencido de que no hay nada que hacer. Está perdido y lo sabe. Es un daimio traicionado. El mayor señor de la guerra de Japón en esta época ve su fin cuando su propósito de unificar el país estaba a punto de ser conseguido. Manda a sus hombres que prendan fuego al templo y, finalmente, da su última orden a su joven paje Mōri Ranmaru. Esta orden la formula en voz muy baja, decaído, agotado y abatido, por lo que creo que sólo su paje y yo, escondido a unos metros, la hemos escuchado. El joven Ranmaru acaba de ser nombrado kaishaku del mismísimo daimio. Un honor, sin duda, pero cargado de amargura a su vez, y es que este cargo no es otro que el de asistente del seppuku de su señor. Es decir, su ayudante en su ritual del haraquiri, el suicidio honorable al que parece querer someterse Oda Nobunaga. Ya es 21 de junio del año 1582. No quiero contemplar la escena. Me piro de aquí esperando que al menos la traición no se lleve la vida de inocentes como la bella instrumentista.

Ilustración del incidente del templo Honnō.

En este artículo que escribí para la plataforma Qué Aprendemos Hoy hablo del ritual del haraquiri.