19 de febrero de 2015

Lugdunum, batalla entre romanos

Han pasado ya cuatro, desde el denominado año de los cinco emperadores, y fue entonces cuando empezó toda esta historia que hoy termina. Es 19 de febrero del año 197 y me encuentro en la ciudad romana de Lugdunum, que no solo es la capital de esta provincia, la Galia Lugdunense, sino que se trata de la ciudad más importante en esta parte de Europa. Fue fundada por el avispado Lucio Munacio Planco en el año 43 antes de Cristo, un año después de recuperar su cargo de gobernador de la antigua Galia Comata, llamada así porque viene del término coma en latín, que significa melena. No sé a quién se le ocurrió pero siempre me hizo gracia, y es que escogieron ese nombre porque los habitantes de estas tierras acostumbraban a llevar el pelo muy largo. Estos celtas greñudos...

Legionario romano a caballo.

Acabo de pedirle a un compañero que me resuma muy brevemente el año de los cinco emperadores, y le especifico que sea escueto no solo porque sé que es una larga historia, sino también por el mal aliento que tiene el colega al hablar mientras se zampa una sopa de ajo.

-Asesinaron a Cómodo el último día del año 192. Al día siguiente el prefecto Publio Helvio Pertinax fue nombrado emperador a pesar de que tampoco tenía demasiado interés. Anciano y coherente, intentó cuadrar las cuentas de su joven y despilfarrador predecesor, por lo que la guardia pretoriana lo asesinó en primavera, en cuanto vieron peligrar sus elevados y corruptos sueldos. Luego no se les ocurrió una idea más cojonuda que subastar el puesto de emperador. La subasta la ganaría el que más pasta les soltase a los pretorianos, y ese resultó ser el político Marco Didio Juliano, quien se calentó y le pagó a cada soldado de la guardia casi diez veces el salario anual. Poco después salieron de repente tres emperadores más proclamados por sus propias tropas y considerados usurpadores. Cayo Pescenio Níger en Asia Menor, Décimo Clodio Albino en Britania y Lucio Septimio Severo en Panonia. Fue Severo quien decapitó a Juliano en verano y mandó a tomar por saco a los pretorianos, ejecutando a los asesinos de Pertinax -toma aire y apura su sopa sorbiendo lo que le queda con un sonoro ruido-. Al año siguiente derrotó a Pescenio, y hoy, por el bien de nuestro culo, espero que venza a Albino.

Eso espero yo también, como bien dice mi compañero, porque hoy formo parte del pelotón de caballería del ejército de Septimio Severo. El pasado invierno fuimos organizados a orillas del Danubio, e iniciamos la marcha hacia estas tierras. No hace muchas semanas que tuvimos un primer conflicto con las legiones de Albino en Tinurtium, pero lo de hoy sí que parece que va a ser gordo. Somos muchos, quizá más de sesenta mil soldados, pero el problema es que ellos suman una cantidad aproximada. Y si además de en número somos semejantes en formación y técnica, está claro que la batalla será larga, lenta y, sobre todo, sangrienta. Lo cierto es que únicamente existe una diferencia, y yo formo parte de ella: la caballería. Lo cierto es que la caballería romana es de lo peor, y los experimentados jinetes partos, sármatas, galos, germanos o númidas se ríen de nosotros. Pero hoy yo monto sobre mi caballo marrón todo chulo, porque al fin y al cabo el enemigo es también romano, aunque cada vez se reclutan más extranjeros para la caballería. Es todo un privilegio ir a caballo, sobre todo por las caminatas, pero la limpieza de las cuadras es cosa del jinete y este bicho echa unas cagadas monumentales.

Hablaré de mi equipo. Sobre mi camisa he optado por llevar una cota de malla, que me resulta más cómoda para cabalgar que la armadura de placas habitual. Mi casco es similar al del resto de legionarios, pero carece del apéndice trasero, ya que en caso de caída ese chisme supondría una fractura de cuello casi asegurada. Tengo media docena de jabalinas dispuestas para ser lanzadas en los primeros momentos de la batalla, y en cuanto a mi espada, no llevo el típico gladius como los de infantería, sino que en caballería tenemos la spatha, que tiene una hoja mayor. Se puede decir que la tenemos más larga. Y, hablando de eso, visto pantalones, no quiero ni pensar cómo debe ser montar a caballo con las pelotas bajo una túnica.

Estoy situado en el flanco izquierdo del bloque de nuestro ejército. La caballería suele ocupar las alas de la formación, y hemos recibido órdenes de desestabilizar las filas enemigas y perseguirles cuando su desorganización les lleve a retroceder o incluso huir. Cuando comienza el enfrentamiento todo parece suceder como se esperaba. Las legiones de infantería chocan y la batalla parece igualada. Nosotros nos mantenemos a la espera, con la intención de no cansar a nuestros caballos hasta que no sea el momento justo. Yo me coloco el casco para poder escuchar algo por los orificios, y empuño una de las jabalinas con nerviosismo. Me da la impresión de que por el flanco derecho ya están penetrando entre los soldados de Albino, y me consta que con gran efectividad, sembrando el campo de batalla de cadáveres. El enfrentamiento será largo, no como las habituales luchas de unas pocas horas, por lo que a este ritmo no me extraña que esta batalla llegue a considerarse la más sangrienta y cruel batalla entre ejércitos romanos que se registrará en toda la Historia.

Busto de Septimio Severo.

Una novela ambientada en estos años es Aemilius, de Ricardo Hernández.