16 de enero de 2015

Iván IV el Terrible, primer zar de Rusia

El día en que nació Iván Vasílievich, el cielo estaba gris y una gran tempestad azotaba la ciudad de Kolómenskoye, situada en la colina que mira el río Moscova desde su margen derecho. A pesar de ser pleno verano, aquel 28 de agosto del año 1530, el temporal fue interpretado como un mal augurio para el hijo de Basilio III de Moscú, Gran Príncipe de Moscovia, y Elena Vasílievna Glínskaya. Pocos años pasarían antes de que aquellos vaticinios se cumpliesen. Iván IV ha sido merecedor de su apodo de el Duro, el Severo, o como se le conocerá más tarde en diferentes lugares, el Terrible, desde que fue muy pequeño. Su infancia se vio marcada por catastróficos acontecimientos que provocarían que el primer zar de Rusia se convirtiera en un personaje de lo más despiadado.

Tsar Ivan The Terrible. Vasnetsov. 1897.

Entre los años 1475 y 1479, durante el reinado de Iván III, en pleno centro de Moscú se construyó la Catedral de la Dormición bajo las órdenes del arquitecto boloñés Aristotele Fioravanti. Paseo ahora entre sus blancos muros de piedra labrada, admirando los bellos frescos que decoran las paredes desde que a principios de este siglo los mejores artistas los plasmaran. Hoy es 16 de enero del año 1547, y aquí Iván IV recibirá un título que hasta ahora nadie ha ostentado. Hoy va a ser nombrado zar de Moscovia, lo que podríamos entender como rey de toda Rusia.

-¿Zar? -me pregunta uno de los aquí presentes, muy extrañado-. ¿Qué яйца¹ es eso?

Fotograma de la película Iván
el Terrible, primera parte. 1944.
Interesante pregunta. Zar viene a ser como el césar de la Antigua Roma. El soberano, el más importante líder por encima del cual nadie hay, y quien a nadie rinde tributo. Y no es casualidad que le explique a este fulano el término haciendo alusión al título de césar, puesto que como tal quiere considerarse el nuevo monarca. Desde que era pequeño, Iván ha recibido las enseñanzas, y junto a ellas las influencias, del obispo Macario de Moscú. El tal Macario comenzó por ser el profesor de retórica del joven Iván, y ha acabado por influenciarle hasta el punto de que esto de los zares viene más que nada por su teoría de que, según un árbol genealógico que dice haber estudiado, el Terrible desciende de los césares romanos. El nombramiento de hoy será un importante paso hacia su objetivo de que Iván IV se convierta en el señor de un nuevo imperio, el ruso. Poco le hará falta a Iván el Terrible para que le alienten a comenzar una agresiva política expansionista en la que dará rienda suelta a sus crueles métodos para llevar a cabo su gestión. Salgo al exterior cruzando una de las puertas coronadas por su arquivolta, subiéndome el cuello de mi kozhuj, un abrigo de piel de oveja largo hasta los pies sin el que me sería imposible siquiera salir a la gélida calle. Observo la arcada que recorre las fachadas sur, oeste y norte de la catedral, mediante una franja de pequeñas columnas situada a media altura. Esquivo a las muchas personas que recorren esta céntrica plaza, para poder alejarme un poco y contemplar el templo desde más lejos, pues merece la pena disfrutar de la estampa de la mayor catedral de esta época. Se trata de un imponente edificio de seis columnas con cinco ábsides y en el que destacan como principales protagonistas sus cinco cúpulas doradas, simbolizando a Jesucristo y a los cuatro evangelistas, modelo que será imitado en muchas iglesias de Rusia. No es de extrañar que este sea el lugar que, al igual que hoy ha hecho el primero, escogerán el resto de zares para su coronación. Sin duda es una maravilla.

-Ya lo creo, mi querido amigo, очаровательный².

Veo cómo por los alrededores se mueven varios grupos de hombres ataviados con largas pellizas de brocado, y esos enormes gorros de pelo que tanto molan, si no fuera por la cantidad de pobres martas cibelinas que seguramente sean sacrificadas sólo para servir de abrigo a esas cabezas de las que cuelgan largas barbas. Son los boyardos. Quizá los causantes de la crueldad que ha nacido en Iván el Terrible, y a su vez objetivo de la misma, como ya ha demostrado en varias ocasiones.

Iván IV lleva siendo Príncipe de Moscovia desde que a los tres años de edad muriese su padre, Basilio III. La regencia de su madre Elena no duró más de cinco años, cuando estos clanes boyardos, sedientos de poder, la envenenaron. La infancia del Terrible fue muy dura, marcada en todo momento por el desprecio, las humillaciones y las amenazas de los boyardos, quienes llegaron a recluirlo en lo más ponzoñoso de uno de los palacios del kremlin, consiguiendo que viviera como un auténtico mendigo, visitándolo únicamente cuando querían divertirse pegándole somantas de hostias. Hay quien dice que fue durante estos años cuando nacieron en él serias enfermedades mentales. Fruto de las mismas, a medida que pasó el tiempo, Iván fue recuperando su posición y dejándola clara por medio de castigos y asesinatos en muchas ocasiones totalmente indiscriminados. Fue a la edad de trece años cuando protagonizó el suceso que hasta ahora más ha colaborado en la elección de su sobrenombre. Canalizó su cólera contra los boyardos ordenando la ejecución de Andrei Shuisky, uno de los líderes que escondía serios planes para derrocar al que hoy se convertirá en primer zar. Los guardias reales sorprendieron una tranquila noche al caudillo noble y lo apresaron, conduciéndolo a golpes hasta un corral en el que una jauría de violentos perros hambrientos poco tardaron en devorarlo vivo. Sería sólo el primero de muchos boyardos ejecutados de atroces maneras.

Iván IV, el Terrible, pasará a la historia por su truculencia. Resulta curioso que a su vez también pueda decirse de este muchacho, hoy de diecisiete años, que es un joven culto, ávido lector y profundamente religioso. Cualidades, las de este primer zar de Rusia, que quedarán ensombrecidas por sus brutales decisiones. Pero eso es otra historia.

Catedral de la Dormición. Moscú.

1. Huevos.
2. Fascinante.

2 de enero de 2015

El réquiem de Mozart

Hace un año y veintiocho días que falleció uno de los más solemnes compositores de toda la Historia. La madrugada del día 5 de diciembre de 1791, con su último aliento, uno de los mayores genios de la música a duras penas y de manera muy tenue susurraba el ritmo de los timbales de una obra que no llegaría a finalizar: su réquiem. Inmediatamente después, expiraba.

Un día del verano de aquel año, alguien llamó a la puerta de la primera planta del número 970 de la Rauhensteingasse, en el centro de Viena. Un joven de treinta y cinco años se levantó del suelo, donde estaba jugando con su hijo de siete años, para atender a la inesperada visita. Al abrir la puerta descubrió ante él a un enigmático personaje vestido completamente de negro que se presentó sin querer identificarse. Una amplia capa no delataba nada más que su corpulencia, su sombrero confundía al estimar su altura y bajo una tenebrosa máscara su voz masculina sólo desvelaba que se trataba de un hombre. Extendió lentamente una enguantada mano tendiendo una carta, volviéndose después y alejándose sin añadir nada más. Poco después, a la luz de una vela del oscuro salón del no muy grande apartamento, el joven comprobaba que aquel mensaje no era otra cosa que el encargo de una obra: un réquiem. En la mente del genio austríaco acababa de instalarse lo que llegaría a convertirse en una obsesión que perturbaría su ya deteriorada conciencia, contaminada por el exceso de trabajo, las deudas y una cada vez más grave enfermedad. Aquel misterioso enmascarado no era otro que uno de los criados del conde Franz Von Walsegg, un joven aristócrata austríaco aficionado a la música que encarga obras de manera anónima a los más destacados compositores, para posteriormente estrenarlas en los salones de su castillo en conciertos privados en los que asegura que han sido compuestas por él mismo. El conde Walsegg, con veintiocho años de edad, había perdido a su esposa Anna el 14 de febrero de aquel año de 1791, cuando ella tan sólo tenía veinte. Tal era su amor que a pesar de su juventud jamás volverá a casarse otra vez. Tras el fallecimiento, el conde encargó la construcción de un majestuoso mausoleo en los alrededores de su castillo, en el que dio sepultura a su esposa. Meses más tarde, tomaría la decisión de encargar la creación de un réquiem para honrar la memoria de Anna, y quiso que esa obra fuese escrita por el más prestigioso compositor de este momento. Pero el músico que recibió el encargo nunca supo que esa misa de difuntos estaba destinada a esa joven. El perjudicado espíritu del brillante compositor disfrazó la realidad del mismo modo que aquel misterioso personaje que le había encargado esa obra había enmascarado su identidad. El maestro siempre pensó que aquel enlutado desconocido era un emisario de la misma muerte. Wolfgang Amadeus Mozart creyó hasta el final de sus días que había recibido el encargo de componer el réquiem de su propio funeral.

Personaje enmascarado en la película Amadeus, de 1984.

Hoy es 2 de enero del año 1793. Ocupo una de las butacas de la sala de conciertos Jahn, en Viena. Esta noche va a estrenarse una de las obras más importantes de Mozart, su Réquiem. Tras fallecer sin haber finalizado esta obra, su esposa Constanze solicitó que esta composición se finalizase, para poder cumplir con aquel extraño encargo que su marido había recibido, y poder así cobrar lo acordado para aliviar su difícil situación económica. Los beneficios del concierto de esta noche serán para ella, por iniciativa del mecenas neerlandés Gottfried van Swieten, quien tanto había colaborado con Mozart. Constanze pidió en un principio a Joseph Leopold Eybler, compositor y gran amigo de su fallecido esposo, que concluyera la partitura que Mozart había dejado sin terminar. Sin embargo, Eybler nunca pudo enfrentarse a semejante petición, pues tal era su respeto por la obra del maestro austríaco que no logró afrontar el compromiso de finalizar el réquiem de un genio. De esta manera, la interpretación que estoy a punto de escuchar ha sido acabada por el discípulo de Mozart, Franz Xaver Süssmayr, a quien Constanze acudió cuando Eybler confesó estar desbordado por la tarea. Con unos veinticinco años de edad, Süssmayr afrontó el que se convertirá en el trabajo por el que pasará a la Historia: finalizar el Réquiem de Mozart.

Ilustración de los últimos días de Mozart.
Comienza el Introitus, una de las partes que Mozart dejó completas. Toda la gente admira en total silencio las notas con las que comienza la obra. Tras los primeros instantes, las voces del coro cobran protagonismo, naciendo poco a poco hasta casi inspirar respeto durante el Kyrie Eleison, también escrito en su totalidad por Mozart. Magnífico. De las partes de la Sequentia, sólo pudo terminar el Dies Irae, mientras que las demás fueron completadas por Süssmayr gracias a las anotaciones que su maestro le dejó, como si estuviera convencido de que la muerte se lo llevaría antes de que pudiera terminar lo que él creía que era el canto fúnebre de su propio entierro. Mozart pasaría sus últimos días invirtiendo sus ya menguadas fuerzas en indicarle a su discípulo las directrices a seguir para continuar con su misa. Continúa la exquisita interpretación con el Offertorium, dentro del que se sitúan el Domine Jesu, que Mozart dejó planteado, y la parte correspondiente a Hostias, coral, de la que se encargó el alumno. El Sanctus, íntegramente compuesto por Süssmayr, viene seguido por el Agnus Dei, que también Mozart pudo dejar, al menos, explicado a su discípulo. La obra ve su fin con el Communio, parte que debemos por completo a Süssmayr, habiendo muerto su maestro sin poder siquiera plantearlo.

La sala Jahn de Viena finaliza con una parte más, que ni maestro ni discípulo escribieron: la melodía de los aplausos de todos los aquí presentes. Aunque ese conde utilice esta partitura para recordar a su esposa, aunque el selecto conjunto de personas que asistan al concierto de su castillo sean engañadas cuando asegure que él mismo es el autor de esta obra, la Historia sabrá que este réquiem lo debemos al talento de Wolfgang Amadeus Mozart, quien murió convencido de que la misma muerte fue la que le encargó la partitura de la música de su propio funeral.

Firma del compositor Wolfgang Amadeus Mozart.

En esta entrada, de fondo, se puede escuchar la parte correspondiente al Lacrimosa Dies Illa, perteneciente a la Sequentia, y que es una de las partes más bellas y conocidas del Réquiem de Mozart.