6 de agosto de 2014

Los mártires de Cardeña

Una. Otra. Y otra. Joder, ora et labora. Menos mal que estos terrenos que rodean el monasterio de San Pedro son los mejores de toda la comarca de Cardeña. Este fértil valle permite a los monjes benedictinos cumplir con su principio de autoabastecerse, pero sí, para ello es necesario darle caña a la azada día sí y día también, o no habrá nada que llevarse a la boca. Y aquí me encuentro, con mi camisa de lana, mi escapulario y mi hábito totalmente negro, al sol de agosto, calculo que andaremos por el día 6, y más o menos por el año 953. Con mi poco habilidosa manera de surcar, me lleno los pies de tierra y estoy todo el rato sacudiéndome las sandalias. Pero mi intención es meterme entre los llamados monjes negros, simular ser uno más. El ducentésimo primero. Pues doscientos son los benedictinos que están hoy aquí en este monasterio burgalés, de momento en territorio del Reino de León, bajo el reinado de Ordoño III desde hace unos 2 años. Esta noche no podré decir lo mismo.

Monasterio de San Pedro de Cardeña. Burgos.

Me meto ya en el monasterio y entre sus gruesos muros disfruto del frescor. Puede que ahora mismo esté entre las paredes de uno de los primeros templos benedictinos levantados en la península. El primero, según algunos. Se trata de un centro religioso muy importante, y sus dos centenares de inquilinos lo demuestran. Las habituales donaciones y el trabajo de los monjes han hecho de este lugar el núcleo de una población que crece poco a poco en esta comarca que, como todos los territorios fronterizos con el avance musulmán, vive momentos muy tensos.

Llevamos un par de años con movidas entre los reyes, digamos, cristianos. No debe bastarles la amenaza de los moros, que ya están aquí al lado, porque encima se pegan entre ellos. Ordoño III ha sufrido desde que se puso la corona varios ataques liderados por su hermano Sancho, pretendiente al trono, ayudado por los ejércitos de García Sánchez I, rey de Navarra; y Fernán González, conde de Castilla. A Abderramán III, califa de Córdoba, poco le ha costado aprovechar estas disputas internas para ganar terreno y hacerse con varias victorias en batallas que según escriben los cronistas moros, ganaron con la gorra.

Y lejos de haber aprendido la lección, los cristianos han continuado con sus enfrentamientos. Ordoño III planea un ataque contra el conde de Castilla, Fernán González. Pero por fin, ambos parecen haber despertado. Me imagino la conversación mantenida entre Ahmad Ibn Yala, y el jefe del ejército fronterizo y señor de la fortaleza de Medinaceli, Galib, animándose a organizarse juntos y a avanzar de nuevo aprovechando las peleas de sus enemigos, que tanto les favorecen. Se dice que Fernán González ha iniciado acuerdos de paz precipitados al enterarse de la seria amenaza mora, casi al tiempo que se calza las espuelas y se ata el cinto de la espada a la cintura, trastabillándose. Pero quizá sea demasiado tarde.

Claustro del monasterio.
Desde Clunia hasta Burgos discurre la vía romana que los ejércitos musulmanes han estado siguiendo en su invasión destructora por territorio castellano. El sol aún aprieta cuando junto a la puerta del monasterio veo al abad Esteban, boquiabierto y paralizado ante lo que ve. Los silenciosos brillos de las armas de los moros que se acercan a lo lejos pronto se ven acompañados de los temblores del suelo por el avance de los caballos y de las voces y ruidos metálicos de las filas musulmanas que llegan rápidamente hasta la puerta del monasterio benedictino, antes incluso de que todos los monjes hayan podido ser avisados. El abad, líder entre los residentes, permanece quieto frente a los jefes moros que a él se dirigen.

-No. No abrazaremos el islamismo -alcanzo a escuchar-. Nunca renunciaremos a la fe cristiana.

El jefe moro se limita a asentir con su cabeza, para luego indicarle con un leve gesto de la misma a un soldado que proceda a dar castigo al abad. Segundos después, el hábito negro se empapa de la sangre que brota de la garganta del pobre monje. Cruzo corriendo los corredores del monasterio, donde ya los demás monjes están corriendo la misma suerte que su superior. Por todas las estancias los musulmanes ya se dedican a saquear todo lo que pillan, que no es poco, pues es este uno de los templos más ricos del reino. Cruces con piedras preciosas, cálices de oro... Todo será llevado a Córdoba en los próximos días. Yo me alejo tras echar una última mirada al hermoso claustro, que a partir de hoy será la sepultura de doscientos monjes benedictinos martirizados que algún día serán santos.

Lápida en el claustro que hace referencia al martirio. Siglo XIII.

Como todo acontecimiento salpicado por la leyenda, la fecha no está del todo clara, y sobre este tema escribió una crítica muy interesante el historiador burgalés Ismael García Rámila.