29 de marzo de 2014

El baile de máscaras sangriento

-Estoy agotado. No puedo más. Necesito descansar. Necesito descansar un poco.

Palacio Real de Estocolmo, Suecia. Marzo de 1792, a día 29. El estrambótico rey Gustavo III acaba de pronunciar sus últimas palabras. Todo un personaje este rey de Suecia. Siempre extravagante, afeminado a más no poder, ha llevado habitualmente unas pintas ridículas que casi avergonzaban a los que iban con él. Será por eso que no se suelen poner junto a él en los cuadros y siempre sale solo. A pesar de ello, Gustavo ha demostrado una gran fortaleza, aguantando nada menos que trece días la agonía de la sepsis provocada por las infecciones de su herida de bala. El pasado 16 de marzo, en medio de un baile de máscaras en el teatro de la Ópera Real, el estrafalario rey fue avisado de que planeaban atentar contra él.

-¡Ya veremos si tienen huevos! -respondía Gustavo III de Suecia, mientras continuaba bailando entre risas y palmas.

Gustav III. Óleo de Alexander Roslin. 1777.

El teatro de la ópera, aquí en Estocolmo, a no mucha distancia de este palacio en el que ahora me encuentro, fue fundado por el propio Gustavo III en 1780. Jamás imaginaría el monarca que estaría a su vez inaugurando el edificio que albergaría su propio asesinato.

La noche estaba siendo realmente divertida. Me encantan los bailes de máscaras. Pude bailar y desfasar como loco, ya que nadie me veía la cara. Mis ropajes de seda con bordados en forma de hojas de plantas cuidadosamente detalladas causaban un gran asombro. Opté por una máscara de porcelana bauta, que son esas máscaras que cubren todo el rostro y terminan en un prominente mentón. La elegí de este tipo porque debido a esa forma alargada a la altura de la barbilla se puede beber sin tener que quitarla. Y vaya si bebí. Toda una verdadera fiesta la de aquella noche. Yo entre la nobleza sueca cruzándome reverencias y algún que otro baile con mujeres enmascaradas. Pero sucedió algo que nada tenía que ver con la fiesta.

La música entretenía a los presentes. Aquí y allá personajes anónimos, ocultos tras sus antifaces y máscaras, iban y venían por el gran salón. Pero tres hombres, pues así lo delataban sus ropas y corpulencias, se acercaron poco a poco al rey desde distintos puntos de la sala. Apartaban cuidadosamente a los invitados, abriéndose paso entre ellos con sus ojos, bajo sus caretas, fijos en la figura del monarca. Todos en el teatro bailábamos, en mayor o menor medida, a excepción de esos tres hombres, por lo que nadie sospechó de ellos hasta que se detuvieron, rodeando al rey, llevándose sus manos bajo sus capas, y esbozando suspicaces sonrisas que sus antifaces no lograron ocultar. El que enfrente del monarca sueco se encontraba, fue el que por fin sacó de nuevo su mano de entre sus ropas. En ella, sujetaba una pistola.

-Bonjour. Beau masque -dijo el desconocido, mientras sonreía y dedicaba al rey una irónica reverencia. Acto seguido, le apuntó con su pistola, y finalmente, disparó.

Gustavo III sólo pudo girarse antes de que el estruendo se escuchara en todo el teatro. Recibió el disparo en la espalda y cayó de rodillas. Enseguida varios nobles, entre los que se encontraba el conde Hans Henric Von Essen, amigo del rey Gustavo, acudieron a ayudar al monarca herido. Sin embargo, el propio Gustavo III, demostrando una gran fortaleza, continuaba dirigiendo a sus hombres, más preocupado por atrapar a aquellos conspiradores que por atender su herida, la cual ya había teñido de rojo su extravagante vestido. Algunas personas corrían asustadas, pues creían que todo el barullo se debía a un incendio. Quizá los asesinos habían alterado a los presentes con esa falsa alarma para crear confusión. Von Essen, con un fuerte grito, ordenó cerrar todas las puertas de la ópera de inmediato. No supe qué más sucedió con el rey, pues lo perdí de vista cuando varios hombres se lo llevaban en volandas. Gustavo III, sin abandonar en ningún momento su excéntrica personalidad, se dirigía a los suyos con unas palabras que llegué a escuchar.

-¡Mirad, mirad! ¡Me llevan como al Papa, tú!

En estos momentos, la agonía del rey de Suecia ha finalizado, por fin. Con una cruel intención, Jacob Johan Anckarström, el regicida, había cargado su pistola con clavos oxidados. Alcanzó al rey a la altura de sus riñones, y tras trece días, han sido las infecciones las que han acabado con el monarca sueco. El asesino será ejecutado en unos días, después de recorrerse varias plazas importantes de Estocolmo, siendo en ellas azotado en público. Gustavo III ha muerto en paz, pues en su lecho de muerte ha tenido tiempo para reconciliarse con viejos amigos, cuyas amistades habían atravesado turbios momentos provocados por estos últimos años marcados por los cambios políticos que el rey había llevado a cabo, como por ejemplo, la disolución del Riksdag, el parlamento sueco. Salgo de nuevo del Palacio Real a las calles de Estocolmo. Aún llevo en mi mano mi bauta, mientras paseo por Stadsholmen con un frío de narices. Por el momento, no creo que vuelva a ningún baile de máscaras.

Palacio Real de Estocolmo. Suecia.

Este suceso inspiró la polémica ópera en tres actos de Giuseppe Verdi, Un Ballo In Maschera, estrenada el 17 de febrero de 1859 en el teatro Apollo de Roma.

12 de marzo de 2014

Los ostrogodos levantan el sitio

Hace un año y pico que Roma volvió a ser de los romanos. Por la Porta Asinaria de la Muralla Aureliana entraron cinco mil soldados bizantinos. Al mismo tiempo, por la Porta Flaminia del norte, otros tantos soldados ostrogodos salieron. Hoy es 12 de marzo del año 538. Italia está inmersa en la Guerra Gótica, el conflicto en el que los ejércitos del emperador Justiniano I están ganando terreno al pueblo ostrogodo, cuya prosperidad hace unos años, en tiempos de Teodorico el Grande, hoy está apagada por una crisis y una debilidad que el Imperio Bizantino, o Imperio Romano de Oriente, sabe que no puede desaprovechar. El corazón de Italia, Roma, hoy ofrece dos visiones. Si la miras desde dentro, significa que apoyas a Belisario, el más grande general bizantino. Poco a poco, accediendo a través de la punta de la bota, esa zona llamada Rhegium, tras conquistar Sicilia sin demasiada dificultad, ha llegado hasta esta gloriosa ciudad, donde ha sido bien recibido, ahorrándose el saqueo. Por otro lado, si la miras desde fuera, significa que formas parte del ejército ostrogodo que la está sitiando. Entre esos casi cuarenta mil soldados, es donde en esta apacible tarde, yo me encuentro.

Belisario. Mosaico de la Iglesia de San Vital. Rávena.

Mi rey es Vitiges. El tío va muy en serio con esto de detener el avance de los bizantinos. Como a los poderosos les parecía que el anterior rey, Teodato, no era muy espabilado en el asunto, hasta el punto de dejarse arrebatar Nápoles, lo largaron del cargo y Vitiges subió al trono. Por si las moscas, envió a un asesino para que lo interceptara en su viaje y lo aniquilara. A mí en el campamento no es que me hayan dado gran cosa para protegerme, aunque espero no llegar a entrar en combate. Llevo una túnica corta de piel tratada a duras penas, sobre la que me cubro con un pectoral de bronce. Llevo un casco del mismo metal con una protección que al menos evitará que me revienten la nariz. Mi calzado consiste en unos mocasines sujetos con tiras de cuero que enrolladas por la pantorrilla sujetan medias de piel. En fin, qué puedo esperar, estos germanos nunca han sido muy dados a la protección. A mí me han dado una espada, y arreando. Algún escudo ovalado sí que veo. Examino mi arma e identifico su fabricación celta. Es de hierro, larga, y tiene una empuñadura curva con el mango terminado en un pomo redondo. Se trata de una espada visigoda.

Yo formo parte de uno de los varios pelotones de soldados que vigilan los accesos a la ciudad. Roma es demasiado grande como para que la rodeemos por completo, por lo que Vitiges ha decidido que nos centremos en cortar su abastecimiento para conseguir que se rindan por hambre. Sus acueductos están saboteados. La verdad es que no sé muy bien dónde nos encontramos. Un compañero me ha enseñado un mapa pero no me he enterado muy bien, sólo he pillado que estamos cerca del río, pero es que esta ciudad está llena de portas. Pero me temo que aquí a nadie le importa. Ya hace un año que el asedio comenzó y esta partida está completamente en tablas. Muchos han sido los intentos de acuerdo, pero ninguno ha tenido éxito. La situación es grave tanto para los sitiados, como para nosotros, pues aunque controlamos el campo abierto, lo cierto es que aquí estamos sin movernos.

-Hasta los huevos estoy -me comenta un soldado.

-¿Llevas por aquí desde que comenzó el asedio?

-Sí, macho -responde mientras se quita el yelmo y se rasca la barba con el filo de su hacha arrojadiza, un arma muy común en los ejércitos godos, y que recibe el nombre de franciscana-. Participé en la batalla. Belisario se flipó cuando rechazó nuestros ataques. Nos ha jodido, se lucha muy bien desde las murallas con las catapultas. Tuvimos muchas bajas y el tío va y se atreve a atacarnos en campo abierto. Al principio nos sorprendieron y tuvimos que reagruparnos en las colinas. Pero los inútiles de los romanos de ahora ya no son los feroces legionarios de entonces. Nos volvimos y les dimos por el culo. Se largaron huyendo tras sus muros.

Pero las enfermedades y el hambre atacan por igual a sitiados y sitiadores. Y desde hace unos meses, los refuerzos romanos han estado llegando. A medida que la situación se ha ido poniendo mejor para el general bizantino, sus respuestas a Vitiges para llegar a un acuerdo han ido creciendo en fanfarronadas y jactancias. Vamos, que le está diciendo al ostrogodo que ahora pasa de pactos. Uno de los refuerzos más importantes que han tenido los romanos ha sido la llegada de tres mil isauros, soldados anatolios que los romanos usan como guerreros cuando les da la gana. Y ahora les ha dado la gana. Desembarcaron en Ostia y se quieren unir a la fiesta. Es por ello que no me sorprende lo que veo.

Un soldado ostrogodo lanza una antorcha a una de nuestras tiendas, prendiendo fuego. Nos vamos. Poco a poco la orden llega a todos nosotros. Reduciremos nuestro campamento a cenizas y nos largaremos de aquí por la Vía Flaminia. ¿Lo peor de todo? Que los bizantinos no nos dejarán marchar sin atacar a los que pillen. Más me vale no quedarme el último.

Ponte Mallio. Vía Flaminia. Roma.

En esta ocasión, aprovecharé para recomendar una auténtica maravilla de web. Se trata de Omnes Viae. Un espacio dedicado a presentar todas las vías romanas de la época. Podemos viajar por los caminos romanos y observar el mapa de las vías que tanta importancia tuvieron.