18 de enero de 2014

Piratas en la selva

Hoy es 18 de enero de 1671, y me encuentro entre los muros del castillo de San Lorenzo, cerca de la Vieja Ciudad de Panamá. Este fuerte español fue construido por orden de Felipe II y bajo las instrucciones del arquitecto italiano Bautista Antonelli, entre los años 1598 y 1601, en lo alto de este arrecife que permite dominar toda esta zona próxima a la desembocadura del río Chagres en el mar Caribe. Sin duda, el lugar es inexpugnable, pues su posición controla una amplia extensión, y por ello esta fortaleza es considerada la centinela del gran triángulo del Itsmo. Empalizadas llenas de tierra constituyen unos muros defensivos muy sólidos. Y en las entrañas del castillo, numerosas galerías subterráneas que conectan con el barranco, ofrecen la posibilidad de vigilar sin ser visto. Resulta imposible asaltar esta fortaleza por mar. Es por ello que Henry Morgan lo hizo por tierra.

Henry Morgan. Grabado del libro Piratas de América. A. O. Exquemelin. Siglo XVII.

El pasado 15 de diciembre, cinco barcos arribaban a un puerto cercano, a unos cinco kilómetros de aquí, con cuatrocientos hombres a bordo. Filibusteros ingleses al mando de Joseph Bradley. Se adentraron en la jungla para poder llegar a los muros del castillo sin ser descubiertos, pero los españoles bien conocían sus intenciones, y ni mucho menos fueron sorprendidos, sino que sabían que deberían parar por todos los medios a estos piratas cuya meta era asaltar Panamá, siendo San Lorenzo su primer objetivo. El fuego de artillería recibió a los ingleses. Cañonazos desde el arrecife causaron muchas bajas, mientras los insultos y las amenazas eran disparadas con tanta furia como las balas de cañón. Las cosas pintaban muy mal, pues la fortaleza verdaderamente parecía inaccesible, estratégicamente levantada. Muchos piratas cayeron en esta primera operación, hasta que de pronto un golpe de suerte provocó que todo cambiara. Un arquero español lanzó una flecha desde la muralla que impactó con gran puntería en el cuello de uno de los filibusteros, atravesándole la garganta. El pirata cayó de rodillas mientras su gemido se inundaba de su propia sangre hasta apagarse. El inglés que a su lado estaba no se había recuperado del susto, cuando una segunda saeta le impactó en el muslo. Las amenazas e insultos españoles crecían tras las empalizadas al ritmo que sus opciones, pues el ataque inglés estaba siendo sin duda frenado. Pero todo cambió cuando esa flecha que había acertado en el muslo del pirata fue devuelta hacia el castillo tras haber sido arrancada de la pierna, y envuelta en un algodón en llamas. Tras unos momentos, varias estructuras de madera del interior del fuerte ardían en un incontrolable incendio.

El fuego permitió a los filibusteros alcanzar la fortaleza y penetrar en ella, donde aguerridos españoles les recibieron con tal furia que aun encontrándose en ese momento en desventaja, consiguieron seguir causando numerosas bajas entre los piratas. A pesar de todo, de los más de trecientos españoles que defendían el castillo, sólo treinta quedaron con vida. Por parte de los ingleses, más de cien piratas murieron en el asalto. Ambos líderes, tanto el gobernador español como Joseph Bradley, perecieron. Pero poco después, llegaría a las costas ahora controladas el verdadero estratega de la misión, Henry Morgan. Se ve que venía con prisa y no frenó el barco a tiempo, puesto que su gran nave, la Satisfaction, según llegó quedó encallada en los arrecifes y naufragó.

-¡Para, para, para, que te lo comes! -cuentan que gritó Morgan a su timonel, según llegaron.

El caso es que el capitán, fiero pirata, destaca sobre todo por su magnífica valía en el arte bélico, aunque de navegar no sepa mucho. Ahora yo me encuentro en las filas de sus tropas. Llevo una camisa de lino casi abierta, pues hace calor, aunque sin duda esta noche no me sobrará la chaqueta corta. Mis pantalones no son ni largos ni cortos, de lienzo, y llevo también unos altos calcetines de lana. Un pañuelo en la cabeza evita que el sudor me caiga en los ojos. Al cinto llevo colgado un alfanje bien afilado, más bien corto y poco pesado. Se trata de un sable muy fácil de manejar.

El almirante y comandante jefe de la flota de guerra de la Jamaica inglesa, Henry Morgan, se dispone a darnos órdenes. Hoy iniciaremos la ruta hacia Panamá, ese territorio español que ya supuso la definitiva derrota de otro corsario inglés del siglo pasado, Francis Drake. Los filibusteros somos organizados en tres grupos. El primero de ellos, de unos ciento cincuenta hombres, se encargará de vigilar los barcos de la playa. Unos trecientos se quedarán en el castillo, y seremos mil docientos los que partamos hacia Panamá. Comenzamos dirigiéndonos al río Chagres. En su frondosa ribera, nos esperan cinco botes y treinta y dos inestables canoas. Henry Morgan establece una nueva división en las tropas. Algunos iremos por el río mientras que otros avanzarán a pie. Subo con cuidado a una de ellas mientras escucho el casi aterrador piar de sabe Dios qué aves tropicales. Avanzamos por el río cuando el gracioso de uno de mis compañeros empieza a balancear la canoa entre risas.

-Deja de hacer el gilipollas -suelta el capitán Morgan con voz grave desde su bote, mientras no deja de observar a su alrededor la zona, intentando identificar el punto en el que debemos desembarcar.

Cuando llegue el momento, me largaré escondido entre la vegetación de esta maldita jungla. Esta expedición es de locos. Pretenden cruzar la selva sin apenas comida, pues el equipaje que llevamos es el mínimo, para poder avanzar mejor. La intención del jefe es ir saqueando poblados por toda la selva para abastecernos. Pero, ¿y si no los encontramos? Paso, paso. Demasiado atrevida es esta idea del viejo Morgan.

Fuerte de San Lorenzo. Panamá.

Y sí, este pirata inglés es el que da nombre al ron jamaicano Captain Morgan.

5 de enero de 2014

El poeta delincuente

Acabo de cruzar el río Sena por el más largo de sus dos puentes, desde la isla de la Cité. Así es, estoy en el corazón de París. Junto al puente, las altas torres del gran Châtelet miran al cielo. Más al sur, otra pequeña fortaleza custodia la entrada del otro puente, pero yo paso ahora junto a la más grande, en cuyas mazmorras se encuentran todo tipo de maleantes, alborotadores y demás macarras de esta ciudad tan envenenada en estos tiempos marcados por las hambrunas, epidemias y miseria, legado de la Guerra de los Cien Años, finalizada hace aproximadamente diez. Uno de esos malhechores de mala vida, condenado a ser colgado de una soga y estrangulado hasta la muerte, es el que se acabará convirtiendo en uno de los mejores poetas franceses de todo el medievo. François Villon.

Gran Châtelet de París. Alexandre Hyacinthe Dumoy. 1785.

La poesía de este tipo está marcada por la burla, la ironía, el sarcasmo, rozando a veces incluso el humor negro, para algunos repugnante. Pero no por ello carece de mensaje, sino que sus versos, lejos de estar vacíos de criterio, plasman críticas e ideas que sólo podrían salir de la pluma de un borracho criminal que, según él mismo se describe, no está del todo loco ni está cuerdo del todo. La originalidad de sus composiciones, su asombroso poder evocativo, nacen del hecho, sencillamente, de que escribe para su círculo de amigos, compuesto por ladrones, asesinos, prostitutas y personajes de parecidas características.

François de Montcorbier adoptó el apellido Villon del capellán de Saint-Benoît-le-Betourné, el maestro Guillaume Villon, quien lo adoptó para educarlo cuando su madre se lo entregó, siendo huérfano de padre. Su infancia fue humilde y la pobreza que la marcó a menudo ha inspirado sus versos. Siempre ha estado agradecido a su padrastro, gracias al cual llegó a doctorarse en Artes hace once años, en la Universidad de la Sorbona. Sin embargo, poco a poco fue sustituyendo su vida académica por la vida en las calles de este París tan moribundo. Las tabernas de toda la ciudad lo conocen. Los burdeles, más, si cabe. Y también muchas de las cárceles, donde ha estado por varios motivos. Con unos veinticuatro años, durante una de las muchas peleas en las que se ha metido, acabó apuñalando al fraile Philippe Sermoise con la daga que siempre llevaba en su cinto para intimidar, en un callejón de mala muerte. ¿El motivo de la disputa? Nada menos que los favores de una prostituta por la que ambos se sentían atraídos. Viendo que había acabado con su vida, el poeta huyó por las laberínticas calles de París hasta que fue atrapado. Fue condenado a irse de la ciudad, pero su padrino Guillaume consiguió que la pena se redujera al simple hecho de prometer que no delinquiría más.

Mientras miro los altos muros de la prisión de Châtelet me río pensando que aquella promesa no fue del todo sincera. Camino entre los ciudadanos con mi sencilla vestimenta de pueblerino, que consiste en una túnica grisácea de tela rústica que cae hasta un palmo por encima de las rodillas, unos pantalones ajustados de tono verdoso, ya bastante remendados, y unas botas de cuero flexible, de media caña. Llevo también una caperuza, prenda muy común en este siglo XV. Hoy es 5 de febrero del año 1463. Me sitúo cerca del encubierto portón principal de la prisión. Parece que hay movimiento esta mañana, algunos guardias hablan entre ellos y dan órdenes. Por fin llego a verle. Me acerco y, guiado por la descripción con la que él mismo se definió, flaco y pelado como nabo, le identifico. François Villon parece que ha vuelto a librarse de la cárcel, y esta vez de la muerte, una vez más, como en tantas otras ocasiones.

En el año 1456, se produjo un grave robo en el Colegio de Navarra, fundado aquí en París por Juana de Navarra, esposa de Felipe IV de Francia, el siglo pasado. Se llevaron quinientas coronas de la capilla de la escuela. Capturaron a los ladrones, miembros de la conocida banda de Les Coquillards, y el amigo François estaba entre ellos. Fue desterrado y esto significó básicamente que se recorrería todas las tabernas y burdeles de Francia, vagando por Angers, Bourges o Blois, donde se alojó en el château del gran señor Carlos I, duque de Orleans. Este noble militar poeta, que participó en la Guerra de los Cien Años, estuvo cautivo en Inglaterra durante veinticinco años tras ser capturado por Enrique V. Hace ya más de quince años que fue liberado y se le permitió regresar a Francia. Su afición favorita es la de organizar batallas líricas en las que los poetas se enfrentan con sus rimas. Cuando François Villon estuvo allí hospedado, participó en estos recitales y destacó debido a su facilidad para componer y su perfecto estilo de rima. Sin embargo, se le calentaba la lengua y a menudo en sus poemas incluía pasajes de su propia vida tan turbulenta. El tío se ponía a componer sus versos contando sus aventuras de asesino, ladrón, putero y borracho, confesando crímenes que levantaron las sospechas de los demás liróforos, ya de por sí cabreados por sus envidias. Algunos de ellos le contaron todo esto al cruel Thibaut, obispo de Orleans, que poco tardó en informar a las autoridades. De esta manera llegaba François Villon a la prisión de la torre de Meung-sur-Loire. De esta mazmorra salió por pura suerte. Coincidió que se pasó por allí de visita el mismísimo Luis XI, y tuvo el detalle de otorgarles el perdón a todos los encerrados en esa torre. De esta manera el poeta se vio libre de nuevo y regresó a París, donde, lejos de aprender la lección y aprovechar su nueva oportunidad, continuó metiéndose en líos que le llevarían a seguir entrando y saliendo de los calabozos parisinos.

Pero a pesar de su ritmo de vida de delincuente, François Villon sigue siendo, ante todo un poeta. Cambiando sus poemas por jarras de vino y algún bocado ha ido sobreviviendo en este París contaminado. Sin embargo, su situación se complicó cuando fue encarcelado hace un año por otra de sus reyertas callejeras. Cuando lo encerraron en las mazmorras de este Châtelet, las torturas acabaron haciéndole confesar su larga retahíla de crímenes, y su condena fue la muerte. Su desesperación se ha plasmado en la que se convertirá en una de sus mejores obras, La Balada de los Ahorcados, compuesta entre estos muros durante este tiempo en el que ha esperado su pena. El poeta, acostumbrado a las bromas subidas de tono y las burlas, transmite en los versos de esta composición un tono mucho más amargo y serio, quizá inspirado por las crueles torturas a las que ha sido sometido, demostrando así que puede escribir de todo. Hay quien dice que ha sido precisamente por este poema, por lo que a François Villon se le ha perdonado la vida, pasando a ser desterrado diez años.

Veo cómo sale el aún joven poeta de esta prisión de Châtelet, escapando esta vez no sólo de los muros, sino de la misma muerte. Se sacude el capuchón de fieltro y se lo encasqueta en la cabeza mientras camina con una leve cojera, quizá fruto de las torturas. Le sigo unos pasos mientras atraviesa el corazón de Francia por las estrechas calles. Será la última vez que sepamos de este poeta descarado pero brillante, que incluso esperando a la misma muerte en la horca, bromeaba, riéndose de ella con sus versos.

Yo soy François, aunque no quiera,
nacido en París, de Pontoise cerca.
Y balanceándome colgado de una cuerda
sabrá entonces mi cuello lo que mi culo pesa.

François Villon.

Interesantísimo personaje este poeta francés del siglo XV, del que podemos leer prácticamente todas sus obras, recopiladas en numerosos libros o páginas como esta.