29 de diciembre de 2013

Otro cambio en la corona visigoda

A día de hoy, lo que viene siendo ahora mismo, nuestro rey en este reino visigodo de Toledo es Liuva II. Pero en los tiempos que corren nunca se sabe cuándo van a volver a cambiar las cosas. Con Liuva II ya van tres reyes de una misma línea dinástica que comenzó con Leovigildo, y no es poco. Este muchacho de veinte años recibió la corona de manos de su padre, Recaredo I, antes de que muriera hace dos años, por ser su único hijo reconocido. A pesar de todo, se duda que sea el hijo de la que fue la esposa de su padre, la reina Baddo, que tanta importancia tuvo junto al rey Recaredo durante el que significó uno de los más importantes cambios de estos tiempos, la conversión al catolicismo de los reyes visigodos en el III Concilio de Toledo, hace catorce años. Todo este tema sigue suponiendo claras controversias entre la nobleza, y el joven Liuva se verá perjudicado por ellas.

Liuva II. Grabado anónimo. Siglo XIX.

Hoy es 29 de diciembre del año 603. A través de las celosías de piedra calada de estas ventanas que son ajimeces, estilo típico de la arquitectura de la época, puedo ver no muy lejos los brillos de los últimos rayos del sol sobre las aguas del río Tajo. En este palacio se respira una gran tensión. Visto con una túnica corta o armilausa, abierta por delante y por detrás y acabada en puntas agudas, de llamativas listas verticales y sujeta por un grueso cinturón cuya ornamentada hebilla de bronce ha de valer un pastón, adornada con una bonita cenefa de hojas grabada. Por aquí las mujeres van muy provocativas. Estoy rodeado de nobles y pudiera parecer que me encuentro en un antiguo prostíbulo romano, pues la moda femenina hoy en día se basa en unas túnicas llamadas amiculum, muy cortas, que tiempo atrás sólo vestían las señoritas de dudosa reputación. Llevo el pelo un poco largo y no me he afeitado en varios días, para no desentonar, y no me debe de quedar mal, pues he tenido que esquivar ya alguna que otra mirada provocativa de algunas de las mujeres de esta sala. Al menos todas llevaban su largo pelo suelto, señal de que están solteras. A las que lo llevan recogido mejor ni las miro, no quiero problemas, ya bastantes van a tener lugar aquí en los próximos minutos.

Me doy un paseo por el gran salón llevando mi capa recogida en el brazo, y paso entre algunas mesas sobre las que veo bandejas llenas de varias carnes. Ciervo, corzo, jabalí. Todo con muy buena pinta, nunca falta la buena comida en las mesas de estas gentes cuya principal afición es la caza. Aunque de entre todos los platos, veo que destacan los que contienen una especie de puré consistente en una mezcla de harina de trigo con legumbres cocidas, que ha de ser lo que aquí llaman pulte. Tampoco es esto un gran banquete, simplemente veo que el rey Liuva se encuentra charlando con algunos de sus generales. Yo me decanto por beber un poco de cerveza endulzada con miel, y guardo cierta distancia, sin dejar de echar un vistazo hacia las puertas cada poco rato.

Tales son estos tiempos, que hasta yo me estoy planteando aprovechar una de estas veces que el rey se levante a mear para ir corriendo y sentarme en el trono y convertirme en el nuevo rey. En el trono real, vaya, en el verdadero. Y es que aquí la lista de reyes aumenta a un ritmo espectacular. En estos siglos todo son regicidios, conspiraciones, guerras fratricidas...

-Mi señor Recare... -dice, dubitativo, un sirviente arrodillado ante el monarca, ofreciéndole una jarra de vino-. Leovigil...

-Liuva, gilipollas -le chiva susurrando un compañero.

-Mi señor Liuva, aquí tenéis vuestro vino -acierta, por fin, el anciano sirviente.

No me extraña, con su edad puede que haya visto ya a ocho o nueve reyes distintos. Y no será este muchacho el último. Es curioso que todavía haya gente con ganas de liarla, sabiendo todo lo que ha pasado años atrás. Poco después de que el propio Recaredo participara en el III Concilio de Toledo, el duque godo de la Cartaginense, Argimundo, no contento con la política del rey, se levantó un buen día y se proclamó rey a sí mismo. En respuesta, mataron a todos sus seguidores y a él le arrancaron la cabellera y le cortaron la mano derecha. Lo montaron en un asno y lo pasearon por las calles de Toledo para que sirviera de ejemplo a todos los que pretendiesen hacer algo parecido. Pero ya digo que ni aún así.

Se hace el silencio cuando entran en la sala unos tipos con caras de pocos amigos. El que parece el líder, un tipo que está cuadrado, ha de ser el general del rey llamado Witerico. De este fulano sospechan todos, y con razón, desde que estuvo relacionado con la sublevación contra Recaredo y el obispo católico Masona, protagonizada por el obispo arriano Sunna, en Lusitania, cuando el anterior monarca se convirtió. Por aquel entonces el que quería subir al trono era el noble godo Segga, quien en estos momentos estará perdido en algún lugar de Galicia, y sin manos. Estos tipos son muy dados a cortar manos. El propio Sunna fue desterrado a la provincia de Mauritania, donde siguió empecinado en convertir a la gente al arrianismo. Dicha gente lo molió a palos, muriendo martirizado.

Sin mediar palabra, el tal Witerico se dirige hacia el rey Liuva, mientras comienzan a silbar los aceros saliendo de sus vainas. En cuestión de segundos ya está liada. Los brutos recién llagados son muchos y buenos guerreros. El propio Witerico está considerado uno de los mejores del reino, por lo que no le cuesta demasiado abrirse paso hasta el rey Liuva. Eleva su espada a lo alto y la descarga con furia sin dar tiempo al joven rey a defenderse correctamente. Pretende parar la estocada con su propio brazo y no consigue otra cosa que perder su mano derecha. Ruge de dolor pero ya nada puede hacer. Witerico es el nuevo rey de esta interminable lista que no para de crecer.

Witerico, rey de los visigodos. Benito Soriano Murillo. Siglo XIX.

Acerca de lo sucedido en estos siglos, tenemos información gracias fundamentalmente a San Isidoro de Sevilla.

14 de diciembre de 2013

El verdadero Drácula

En algún lugar entre los Montes Cárpatos y el río Danubio me encuentro ahora, en medio de la región de Valaquia. Este principado a día de hoy se encuentra desnudo ante la amenaza del Imperio Otomano, y durante los últimos años, turcos y lo que podríamos denominar europeos se han estado quitando el trono los unos a los otros continuamente. Es el año 1476, diciembre, calculo que día 14, más o menos, y desde hace no mucho tiempo es Vlad III el que tiene el poder aquí en Valaquia. Se sentó en el trono por primera vez a sus diecisiete años, para perderlo poco después. Tras la Batalla de Belgrado en 1456, y hasta hace unos trece años, volvió a tener el poder en Valaquia, por lo que no le es extraño estar en lo más alto. Lo que no se le puede negar es que ama esta tierra, por la cual ha luchado y por la cual ha traicionado a quien ha sido necesario. Vlad III lleva toda su vida arrimándose al sol que más calienta. Hoy dice una cosa y mañana dice otra. Siempre ha hecho lo que más le ha interesado, si con ello conseguía su objetivo. Más conocido como Vlad Drăculea, este príncipe pasará a la historia como uno de los personajes más sádicos e incluso depravados que se conocerán.

Vlad III, el Empalador.

Al norte de estas tierras se encuentra Transilvania, región del Reino de Hungría, bajo el poder de un soberano que en estas zonas recibe el nombre de vaivoda. Un poco más al este, está Moldavia. A los ejércitos de ambas debe Vlad III el estar ahora sentado en el trono, y a sus líderes, el noble de Transilvania, Esteban Báthory de Somlya, y el príncipe de Moldavia, Esteban III el Grande, ya veo que por aquí no son muy originales con los nombres. Fue en la Batalla de Vaslui, librada en Iaşi, Moldavia, donde se venció a los turcos, echándolos de Valaquia, que luego se quedó Vlad III, quien también participó en la contienda en las filas de un ejército húngaro. Muchos otomanos murieron en la sangrienta batalla, lo que le valió a Esteban el Grande ser nombrado Campeón de Cristo por el Papa Sixto IV. Estas movidas católicas seguro que le gustaron mucho al rey húngaro Matías I Corvino, pero seguro que a Vlad Drăculea se la soplaba. Acababa de declararse católico, cuando siempre había sido ortodoxo, cuentan que sólo para librarse del cautiverio en el que se encontraba en Hungría. Eso sí, lo que nunca haría sería convertirse al Islam, menudo asco le tiene a los turcos. ¿El por qué de aquel cautiverio? Vlad III resistió duramente el avance otomano, pero recibió pocos apoyos y terminó por huir por túneles secretos a Transilvania, para pedir ayuda al rey. Sí, sí, ven que te ayudo, debió de contestarle Matías Corvino. Drăculea fue encarcelado por perder sus tierras. No se sabe muy bien por qué, pero fue liberado a tiempo para participar en la batalla que le devolvería su trono. El qué demonios hizo para que le liberaran, es un misterio que nadie conoce por aquí, pero lo cierto es que entró ortodoxo al castillo del rey húngaro, y salió de allí católico. Yo no digo nada.

El pueblo de Bucarest queda a no mucha distancia de donde me encuentro. Hay mucha gente por aquí. Veo a muchos soldados transilvanos de aquí para allá, y a muchos otros moldavos, enviados por el príncipe Esteban. Yo estoy metido en las filas de un grupo de boyardos valacos, nobles, señores de la guerra que tienen más ganas de ensartar a un turco en sus espadas que otra cosa. Mi compañero de la derecha escupe al suelo tras carraspear violentamente y mueve su cuello que cruje mientras mira fijamente al horizonte. Mueve su espada como si calentara preparándose para la batalla. Su rostro a pesar de todo es serio. No es estúpido y sabe lo que pasa. Somos cuatro mil soldados, y allí, al otro lado de estos montes, avanzan hacia nosotros decenas de miles de turcos. Yo trago saliva, me he columpiado un poco metiéndome en este bloque de soldados de primera fila. En cuanto pueda, me escondo, ya que encima esta pesada armadura prácticamente completa no me deja respirar.

La diferencia numérica es demasiada. Ni siquiera el terror que despierta nuestro líder va a frenar a un ejército que sabe que nos va a arrasar. Y es que otro de los nombres que se ha ganado el príncipe, es el de Vlad Ţepeş, o el Empalador. Cuán diferentes fueron las cosas en el año 1461. Quizá los tiempos en los que Vlad Ţepeş gozó de mayor poder, por lo que mayores eran sus actos de crueldad. Mehmed II el Conquistador, hijo de Murad II, un tipo que ya era bastante sanguinario, regresó por donde había venido a todo galope, con su cabeza echada a un lado para poder vomitar sin detenerse. Toparse con el Bosque de los Empalados a las orillas del Danubio, a las afueras de la ciudad de Târgovişte, consiguieron que enfermara. Más de veinte mil cuerpos empalados en el valle representaban la más terrible muralla levantada por Vlad Ţepeş. Prisioneros turcos, pero también familias enteras de húngaros o transilvanos, que habían acabado ensartados en las picas por una u otra razón. Ante rebeliones, pueblos enteros eran condenados a morir así, y hay quien dice que el príncipe acostumbraba a desayunar en medio de estos bosques de empalados que aún agonizaban.

Pero lejos quedan esos días y hoy un tremendo ejército otomano se acerca a nuestra posición. En cuanto empieza el lío, me desplazo poco a poco a las posiciones traseras, pero algo me resulta extraño. Algunos de los grupos de boyardos valacos no sólo no pelean con los turcos, sino que el ejército de Basarab III Laiotă penetra entre ellos sin que exista enfrentamiento alguno, mientras en medio de la batalla se intercambian miradas de complicidad. Me huele a traición. Aprovechando que yo me encontraba entre esos nobles guerreros, corro sin miedo a ser atacado por los turcos y puedo ver cómo finalmente los moldavos de la guardia de Vlad III sí se enfrentan valientemente a los otomanos, a pesar de la abismal desventaja numérica. Caen como moscas. Observo cómo un personaje a caballo, visiblemente de importante rango debido a sus ropas, arrolla a todo lo que se le cruza mientras avanza con el único objetivo de abrirse paso hacia el príncipe empalador. Se trata del propio Basarab Laiotă. Poco les cuesta a los turcos acabar con el puñado de moldavos leales antes de que el propio Basarab termine por rebanarle la cabeza a Vlad Drăculea. Terrorífica es la escena en la que separan del cráneo la cara y la cabellera de pelo rizado largo de Vlad III, que se llevarán a Estambul a modo de trofeo que exhibirán en una pica. Aún así, posiblemente no se acerque al nivel de sadismo del propio príncipe, cuyo cuerpo decapitado será enterrado en el monasterio de un islote del centro del lago Snagov.

Grabado que representa a Vlad III desayunando entre sus empalados.

Qué decir del verdadero Drácula. Un personaje del que aún se mantienen muchísimas dudas y datos que sólo son leyendas, generando opiniones de todo tipo. El caso es que fue un líder sádico del que muchos de sus actos se tienden a exagerar, y otros, por contra, quizá no se acerquen siquiera al nivel de crueldad que creemos. Mucho se ha escrito y dicho de este Drácula que en realidad fue Vlad III. En este programa de Cuarto Milenio exponen algunos de sus enigmas.