22 de septiembre de 2013

Las últimas brujas de Salem

Amanece en la aldea de Salem. Este 22 de septiembre de 1692, el pueblo se ha despertado en silencio con el alba entre brumas. Varias personas se dirigen arropándose por el frío de la madrugada hacia las afueras. Camino ajustándome el chaleco sobre mi camisa ancha de un color que hace tiempo intuyo que sería blanco, y que ahora, además de amarillento está cubierto de manchas de tierra. Llevo en la mano una chaqueta que se llama doblete, marrón, del color de los ciudadanos de clase media, y creo que me la voy a poner, hace fresco. Mis botas de cuero altas hasta más arriba de la rodilla me permiten pisar el rocío de la mañana sin preocuparme. Atrás dejo la ciudad, y me detengo un instante cuando paso junto a varias rocas grandes apiladas. Sobre el montón, cuidadosamente apoyada se encuentra una plancha de madera. Resoplo al identificar lo que veo como las herramientas utilizadas en la tortura por aplastamiento, llamada la tortuga. Hace tres días en este lugar murió el octogenario cascarrabias Giles Corey, tras pasarse cinco meses encadenado en la cárcel. El abuelo se negó a someterse a juicio. En fin, supongo que no fueron necesarias muchas rocas para aplastar al pobre anciano.

Salem es una ciudad corrompida por el puritanismo más desorbitado. La religión marca la vida de cada aldeano a cada minuto. La doctrina nacida de la Reforma Anglicana se ha incrustado en muchos lugares, y en esta ciudad especialmente. Desde Europa numerosas familias han cruzado el charco para asentarse en poblados como este y poder hacer una vida totalmente subyugada al puritanismo. De hecho, estas tierras son conocidas como la Nueva Inglaterra. La rutina de un puritano está sometida a estrictas normas y creencias que convierten su día a día, no pocas veces, en un auténtico tormento. Comenzando por su inflexible modo de vestir, y siguiendo por sus continuamente vigilados comportamientos. Camino detrás de un extenso grupo de mujeres. No hay ni una sola que no lleve su pelo cubierto por el típico sombrero atado bajo la barbilla. Muchas de ellas visten colores negros, por lo que probablemente se trate de mujeres pudientes. Aquí a las tías para que les dé tiempo a vestirse supongo que se levantan a media noche. Ropa interior, medias, enaguas, camisa, blusa, falda y chaqueta. Joder, como para un calentón están. Pero por supuesto, aquí siquiera pensar en eso supondría un pecado imperdonable. Mejor me pongo mi sombrero y camino cabizbajo, por lo que pueda pasar.

Examination Of A Witch. Thompkins Matteson. 1853.

Me sitúo a la altura de un señor gordo que resopla como un cochino mientras sube colina arriba. Le pregunto acerca de los juicios celebrados en los últimos días.

-Pues claro que son brujas -responde, enfadado-. Me dijo el primo de la mujer de mi vecino que vio a una de ellas tirada en el suelo, con diabólicas convulsiones, echando espuma por la boca. Ya me dirás tú qué más pruebas quieres.

Me llevo la mano a la frente, alucinando por el comentario. Aunque qué puedo esperar. Se ha condenado a mujeres mediante acusaciones tales como afirmar que lunares o verrugas son marcas de Satanás. Pues tendrían que ver a mi última novia. También han ahorcado incluso perros, considerando que estaban siendo utilizados por las brujas en sus rituales. En una aldea en la que todo el mundo cree que el Diablo pasea por sus calles como Pedro por su casa, cualquier indicio se convierte en obsesión, y lo cierto es que muchos viven asustados. Otros, quizá, aprovechan esta lluvia de acusaciones en su propio beneficio, sabiendo que los terrenos de los ejecutados posteriormente se reparten. Envidias y venganzas también salen a la luz culpando a los demonios. Todo ello sumado a que estas gentes, cuya misión, según dicen, es vivir todos como si fuesen santos, curiosamente no se privan de valerse de la tortura para arrancar confesiones. Es normal que algunas jóvenes acusadas hayan afirmado incluso haber volado por los aires.

Llegamos finalmente a una pequeña meseta de tierra seca salpicada por arbustos, con algún que otro árbol solitario. Se trata de Gallows Hill, el lugar escogido para el ajusticiamiento de ocho condenados por brujería que ya aparecen por el camino montados en un carro, las mujeres con su pelo suelto, pues qué mas da ya cometer tal pecado. Se trata de siete mujeres y un hombre. Martha Corey, esposa del anciano ejecutado el otro día, se encuentra en el carro. El frío de Salem me está afectando. Me arropo en mi chaqueta mientras estornudo, sin poder evitarlo, de manera bastante violenta. No he acabado de secarme los mocos con la manga, como buen granjero que soy, cuando al elevar de nuevo la vista tengo clavadas las miradas de todos los que me rodean. No, si ya se pensarán que estoy poseído. Joder, qué gente. Tengo tentaciones de ponerme a bailar como un gilipollas y salir corriendo. Pero lo cierto es que lo más lamentable es ver que la mayoría de acusaciones están siendo fruto del miedo y la obsesión. La religión se ha encargado de infundir verdadero terror a los aldeanos. Pánico al Diablo, a sus tentaciones, a los actos del mal. Las niñas se obsesionan hasta el punto de sufrir físicamente ante la presencia de supuestas brujas.

A medida que el carro se acerca, la gente grita acusaciones con desprecio. Las siete supuestas brujas muestran gestos afligidos, y yo me pregunto si después de tanta histeria y ofuscación ellas mismas llegan incluso a pensar que son realmente esbirros de Satán. El hombre, Samuel Wardwell mira a los presentes con rabia. Como tantos otros acusados, se dirige a la horca habiendo sido condenado precisamente por haberse negado a confesar. En fila junto a los escalones que suben al patíbulo, los condenados esperan mientras un tipo subido a una escalera de mano prepara los ocho lazos que cuelgan del travesaño. Uno a uno, les van colocando las capuchas que taparán sus rostros durante el ajusticiamiento, y tras ello, las sogas. Me quedo en las filas más alejadas, sin meterme en el tumulto de gente que no para de insultar con furia. Muchos otros sin duda respiran aliviados, convencidos de que esos siervos del Diablo deben morir. Estando los ocho supuestos brujos colocados sobre los taburetes de madera, los verdugos aseguran la longitud de sus sogas con respecto a las diferentes alturas de cada uno. Finalmente, con secas patadas o tirones bruscos, derriban las peanas de madera. La madera del travesaño cruje con tenebroso sonido por el peso de los ocho cuerpos que cuelgan tambaleantes.

Me coloco el sombrero y me arropo cubriéndome de la brisa de la mañana. Poco a poco me alejo del pueblo de Salem sin atreverme casi a levantar la mirada de mis altas botas, no vaya a ser que a algún puritano se le ocurra que algún gesto mío pueda estar inspirado por el Diablo, que según estas gentes, por estas calles se pasea.

Las brujas de Salem. William Crafts. 1876.

En la página de RTVE está disponible para ver la obra de teatro completa Las brujas de Salem, una antigua representación del año 1965 que trata sobre estos episodios.