9 de junio de 2013

El final del artista Nerón

Me encuentro en las afueras de Roma. Me he infiltrado en el campamento de la guardia pretoriana y soy un soldado más. Por hacerme el profesional estoy afilando mi gladius, aunque en realidad no tengo ni idea de si lo estoy haciendo bien, es por disimular. Mi atuendo es una túnica de paño sin teñir de amplio cuello, sobre la que llevo una armadura de las comunes, de las de tipo lorica segmentata, o tipo langosta, de esas que consisten en tiras de acero solapadas en torno al cuerpo. Llevo un casco normal, con alerones de esos laterales, de hierro forjado en la Galia, que los talleres italianos son peores, y aunque espero no luchar, quiero ir seguro. Agradezco el fresco calzado, las sandalias romanas son perfectas para este tiempo. Hoy es 9 de junio del año 68, y el imperio está viviendo unos días muy turbulentos.

Figura de soldado pretoriano.

Hablemos de Nerón. El maldito lunático lleva todo su mandato gastando verdaderas fortunas en sus movidas. Desde lujosos viajes por Grecia, hasta la construcción de su palacio, llamado Domus Aurea, y que curiosamente levantó en un terreno inmejorable, casualmente despejado por ese gran incendio que asoló Roma hace casi cuatro años. Muchos, como el historiador Tácito, siguen pensando que el propio Nerón lo provocó para reconstruir la ciudad a su gusto. Otros le echan la culpa a los cristianos, argumentando además que han llegado a confesarlo, pero cualquiera juraría por Júpiter haber quemado Roma entera si se le somete a tortura. Nerón está acabado. Todos los que le lamían el culo poco a poco han ido abandonándolo. El Senado está en su contra y hasta los mismos pretorianos hemos dejado de protegerlo. Ya podía haberme pasado antes por aquí, porque todos estos han sido sobornados, y yo no he visto ni un denario. Allá en la Galia, el gobernador Cayo Julio Vindex se rebeló aprovechando la tambaleante situación, aunque el emperador supo controlar el problema, al menos durante un tiempo más, enviando a Lucio Verginio Rufo, gobernador de la Germania superior, quien lo derrotó. Pero las cosas, lejos de mejorar, empeoraron, hasta el punto de que uno de los aliados de Vindex, el gobernador de la Hispania Tarraconense, Servio Sulpicio Galba, el que fue declarado enemigo público debido a la rebelión, ahora tiene todas las papeletas de convertirse en el nuevo emperador.

En medio de la noche, entre unos árboles, veo pasar corriendo a tres o cuatro personas. Otro que está a mi lado lo percibe, y avisa a varios más. Corren tras los tipos que hemos visto, pensando que pueden ser algunos de los pocos descerebrados que aún puedan permanecer fieles a Nerón, o incluso él. Me levanto y voy con ellos. Toda la jodida hojalata, que en mi caso no me queda ni medio ajustada, pues he cogido lo primero que he pillado, mete un ruido de la hostia. Voy armando un escándalo tremendo. Uno de los pretorianos se gira y me mira con cara de mala leche pidiéndome más cuidado. Asiento e intento avanzar con más cautela. Tras un rato corriendo por la Vía Salaria, llegamos a una casa de campo. Se trata de la Villa del liberto Faonte, uno de los amigos de Nerón. Al llegar junto a los muros, los pretorianos se detienen, discutiendo cómo asaltar la casa. Sin que se den cuenta, me separo un poco de ellos y me decido a entrar por mi cuenta, saltando un muro. Me deshago de la maldita y escandalosa armadura, que me permite colarme en la casa con mayor sigilo, y ser confundido con cualquier sirviente en caso de que me pillen.

En una habitación en penumbra, Nerón y los suyos se lamentan, sabiendo que ya nada pueden hacer. El último mazazo que el emperador ha recibido es el de la noticia de que el Senado planea ejecutarlo con gran sufrimiento, sujetándolo con una horqueta y matándolo a golpes con una vara, como marcan las leyes de los antepasados. Decidido a quitarse la vida, pero siendo a pesar de ello tan cobarde para no poder hacerlo, da la absurda orden de que uno de sus sirvientes se suicide, para darle valor a él. Sin embargo, los que le rodean miran para otro lado, yo creo que alguno hasta silba. Pero el emperador sabe que no hay escapatoria, por lo que finalmente entrega un puñal a su liberto Epafrodito, y susurra unas palabras.

-Qué gran artista muere conmigo.

El flipado emperador se sobresalta cuando por los pasillos de la casa se escuchan voces. Los pretorianos ya deben haber entrado. Yo me escondo en la oscuridad de uno de los cuartos, tras ver cómo Nerón se arrodilla ante Epafrodito, ofreciéndole su garganta, para que su secretario cometa el acto que él no se atreve a llevar a cabo. Cuando el pretoriano llega a la sala, el emperador yace en un charco de sangre. Este es el fin del colgado de Nerón. Es hora de irse, que van a empezar a llover emperadores por todos lados.

Busto de Nerón. Siglo I.

Y cómo no mencionar la película Quo Vadis, cuando de Nerón se habla. Fantástica película que nos presenta a un Nerón probablemente bastante parecido al verdadero.

5 de junio de 2013

La farsa de Ávila

Madre mía, qué de gente. Si es que es 5 de junio de 1465, y estoy en Ávila. Me imaginaba que estaría petado, pero bueno, al final me he venido. Hace un día soleado aquí, quizá demasiado calor, ese sospechoso bochorno que avisa de una posible tormenta. He dejado atrás las murallas de la ciudad, impresionantes. Una auténtica serpiente de roca que abraza el corazón de Ávila, y que tardó en nacer 9 años, hace hoy más de 400, bajo el reinado de Alfonso VI.
En una llanura cercana a la urbe, me acerco a un montón de gente que está de manifestación. Dan palmadas, vocean insultos y se inventan canciones que luego corean a modo de protesta. Me meto entre la gente y escucho sus composiciones.

-¡Enrique más que un rey, parece una princesa! ¡Por mucho que lo intenta, no se le pone tiesa!

La canción, creada por uno de los asistentes, triunfa y rápidamente todos la pillan y empiezan a repetirla acompasando el ritmo con palmas. Sin duda se ha inspirado en las habladurías que se escuchan sobre la supuesta impotencia del monarca.

-¡Enrique más que un rey, parece una princesa! -Me uno, reconozco que es divertida.

La muchedumbre rodea una plataforma de madera montada de manera rudimentaria improvisando un escenario sobre el que hay un trono. Sentado sobre el tallado sillón de madera, se encuentra un muñeco que diría que es de trapo. Un maniquí ataviado con una túnica de color oscuro que simboliza un atuendo de luto, y una corona en la cabeza. A su lado tiene una espada, y sobre su regazo reposa un bastón real. El monigote representa al mismísimo Enrique IV, rey de Castilla. Unos individuos se suben al patíbulo y empiezan a pedir a los presentes que vayan cesando en sus cantos, pues parecen querer decir algo. La cosa promete. Sus ropajes delatan que son nobles. Y no como yo, que voy con unas calzas de color, no sé, de color mierda, de estameña, no más flexibles que las bragas que llevo debajo. Bragas masculinas, ojo. El jubón granate que llevo es algo más cómodo, forrado de algodón, y con este calor ya me empieza a sobrar el paletoque, un sayo sin mangas y hasta la rodilla, marrón oscuro, que me he traído a la fría Castilla, por si las moscas.

Murallas de Ávila.

Un fulano, que parece ser el que lleva la voz cantante, gesticula con sus manos para pedir silencio, anunciando a los ciudadanos que él y sus compañeros se disponen a enumerar los cargos por los que se acusa al rey Enrique. Diciendo esto señala al muñeco, al que la gente abuchea y al que dirigen ahora sus insultos, con tal rabia que parece que tienen ante ellos al verdadero monarca. Agradezco al que creo que es Juan Pacheco, marqués de Villena, que pregone las recriminaciones, así me entero, aunque creo que todo este asunto tiene su punto más candente en el hecho de que esta corriente alentada por estos nobles no acepta a la princesa Juana como heredera del trono, por no creer que el rey sea su verdadero padre. Los nobles continúan su discurso furioso, acusando a Enrique IV de cobarde, de simpatizar con los musulmanes, de no saber gestionar...

-Y además, ¡es un marica! -Grita uno de los nobles.

La gente grita, pues, en efecto, todo este movimiento defiende la teoría de que el rey es homosexual e incluso impotente. Veo cómo uno de los que están sobre el tablado se dirige al trono y vocea en alto que el rey merece perder la dignidad real, para posteriormente arrebatarle la corona al muñeco y lanzarla a tomar por saco. Por su sotana negra, diría que se trata del arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo de Acuña. A continuación, otro de los nobles se acerca al maniquí. Los aldeanos que me rodean hablan entre ellos e identifican a Álvaro de Zúñiga. El que hace un año y poco fue nombrado primer caballero del reino por el propio Enrique IV, ahora se dirige a la efigie del monarca diciendo que no merece administrar la justicia. Toma la espada del muñeco y la tira al suelo con desprecio. Rodrigo Pimentel, conde de Benavente, también se une al paripé y le quita al monigote el bastón, que rompe a la vez que el pueblo estalla en gritos. Por último, otro conde de gran poder, Diego López de Zúñiga y Guzmán agarra por la pechera al falso Enrique IV y lo levanta.

-¡Al suelo, puto! -Vocifera con rabia, lanzando al muñeco al suelo y dándole de sopapos.

Mientras tanto, el marqués de Villena alza la voz, repentizando un improvisado discurso que nombra a un muchacho de unos 11 años nuevo rey de Castilla. Se trata de Alfonso, el hermanastro del rey Enrique, que observa la movida medio acojonado. Lo sientan en el ficticio trono y comienzan a alabarlo como nuevo monarca, bajo el nombre de Alfonso XII.

Yo me retiro poco a poco entre la gente, que no para de gritar. Curioso acontecimiento éste. Aunque bueno, tampoco llegará a ningún sitio. Seguro que en unos años, todos como amigos.

Ilustración de Enrique IV.

Una serie de televisión española bastante lograda es Isabel. En este fragmento de este capítulo se cuenta lo acontecido en la farsa de Ávila.

2 de junio de 2013

Los juegos seculares

No podía perdérmelo. Hoy es día 2 de junio del año 17 antes de Cristo. Y unos juegos que sólo tienen lugar cada 110 años, deben de ser unos muy espectaculares juegos. Siempre es un placer poder asistir a una celebración en honor a los antiguos dioses de Roma, y me parece muy mal que esto vaya a perderse dentro de unos dos o tres siglos, con la llegada de los aburridos emperadores cristianos. Estos sí que se lo sabían pasar bien. César Augusto ha recuperado esta tradición que llevaba un tiempo olvidada, y que nació hace un par de siglos, puede que más, cuando un sabino llamado Valesio, oró pidiendo que sus hijos se recuperasen de las graves enfermedades que padecían. Según la mitología, las deidades le solicitaron realizar un sacrificio en el Campo de Marte. La tradición ha evolucionado y en estos Ludi Saeculares llevamos dos días sacrificando animales a los dioses, y todavía nos queda mañana. Ahora os cuento.

Campo de Marte. Roma.

Antes de ayer por la noche se sacrificaron nueve corderos hembra, y nueve cabras hembra, en honor de las Moiras, las personificaciones del destino. Ayer durante el día los elegidos para el sacrificio fueron dos toros, en honor a Júpiter. Y es que el padre de los dioses entiende de cuernos. Anoche las ofrendas se dirigieron a Ilitía, la diosa de los nacimientos y las comadronas, y que por lo visto cae bien entre esta gente, porque se le entregaron nada más y nada menos que veintisiete pasteles llamados libum. Qué golosa. Hoy me he tirado toda la mañana al sol en la Colina Capitolina, así que he aprovechado para broncearme, a ver si consigo ese moreno gladiador que tanto pone a las romanas. Me lo permite llevar los brazos al descubierto, pues mi indumentaria consiste en una cómoda túnica blanca, con una toga de lana del mismo color sobre ella, atuendo típico de esta época. El estilo de la gens togata. Las corrigia de mis sandalias me aprietan un poco, pero por lo demás, todo bien. Se han sacrificado dos vacas a la diosa Juno, para que no discuta con su esposo Júpiter. Al caer la noche, siguiendo las indicaciones de un heraldo que iba voceando el programa de las fiestas, nos hemos dirigido al norte, más allá del muro de Servio Tulio, hacia el emplazamiento del sacrificio de esta noche, el Campo de Marte. Vi aparecer el Sol esta mañana más allá del monte Pincio, y acabo de verlo esconderse soltando sus últimos rayos sobre las aguas del río Tíber, creando hermosos reflejos en el meandro que discurre por Roma. Ahora es el turno de Tellus, diosa de la Tierra, para la que se ha dispuesto la ofrenda de una cerda embarazada, creo.

-Sí, se sacrificará una cerda embarazada -me aclara un ciudadano que camina junto a mí, al que le pregunto para asegurarme.

-Una cerda embarazada -repito, asintiendo.

Una romana que pasaba a mi lado, entrada en carnes, me mira mal.

-U, un cerdo hembra -digo, tragando saliva y recogiéndome la toga, nervioso.

La mujer se adelanta dirigiéndome una mirada fulminante, mientras yo me pierdo entre la muchedumbre, parecía pudiente, o así lo denotaba su cuidadísimo recogido en el pelo, un excelente trabajo de sus esclavas ornatrices. Veo muchos aldeanos portando sacos de cebada, trigo o habas, propias de este tiempo, para añadir a las ofrendas de la diosa. El protocolo de los ritos viene siendo idea de Augusto, quien esta mañana estaba acompañado de su sobrino Agripa, pero que prefiere dejarse ver él solo durante los rituales nocturnos. Bebida y comida en la ciudad de Roma no faltan en esta celebración religiosa que no se repetirá hasta dentro de 110 años, como símbolo de la edad considerada máxima para un hombre.

Mañana los dioses que recibirán sus sacrificios serán Diana, diosa de la caza, y Apolo, dios del Sol. Otros golosos que prefieren los pasteles. El lugar elegido será el monte Palatino. Sigo escuchando a los heraldos invitándonos a disfrutar de estos Ludi Saeculares, asegurando que son una fiesta que sólo se ve una vez en la vida. ¡Venga ese cántaro de vino!

Friso del altar de Domicio Enobardo. Anónimo. Siglo I antes de Cristo.

Recientemente descubrí esta página sobre la Antigua Roma, muy interesante.