21 de mayo de 2013

El oculto funeral de Hernando de Soto

Bajo los últimos rayos del Sol, me seco el sudor con el dorso de la mano, agradeciendo que la noche nos empiece a abrazar, y no haga tanto calor. Por vez primera en mucho tiempo, la expedición se ha detenido. Sólo la muerte ha conseguido detener la sed de conquista de Hernando de Soto. Hace unos tres años, ocho barcos españoles llegaban a la costa de Baya Honda, dispuestos a recorrer la Florida, arrasando todo a su paso con el objetivo de descubrir, qué se yo, algo. Algo bueno, algo debe de haber, ¿no? Cinco grandes barcos, tres carabelas y un puñado de bergantines, todos ellos cargados con casi setecientos hombres, más de doscientos caballos, unos cuantos cientos de cerdos, y un montón de perros, entre otras cosas. Resoplo y me quito mi brillante morrión, un morrión sin plumas de adorno, no quiero llamar la atención, para utilizarlo a duras penas de abanico, mientras me apoyo en mi lanza, más alta que yo. Me he dejado crecer una larga barba para la ocasión, y ahora me arrepiento. Al menos no llevo años con la misma ropa, como mis acompañantes, y es que no hay tiempo ni ganas para pensar en la higiene, y es lo habitual que un soldado no se cambie de ropa durante toda la expedición. Estoy agotado y sólo quiero quitarme esta maldita armadura compuesta por una cota de malla recubierta de placas. Llevo un calzón bombacho de terciopelo rojo que me queda cojonudo, y unas calzas de seda. Del calzado no me quejo, estas polainas de cuero hasta la rodilla son bastante apropiadas para caminar por estos sitios, que tan pronto parecen un desierto, como una selva. Al menos la cercanía del río Misisipi, descubierto el año pasado por el bueno de Hernando, aporta algo de frescura. Y con eso tendrá que conformarse el hombre, porque lo dejó todo para venirse a la Florida a conquistar algún tesoro del rollo del que le pilló a Atahualpa su colega Francisco Pizarro y compañía, hace casi diez años, donde él estuvo, y la verdad es que no ha encontrado ni una puta mierda.

Río Misisipi. Estados Unidos.

Me acerco a Hernández de Biedma, que debe de ser ese tío calvo y de larga barba canosa que en vez de portar una lanza, una espada, o por lo menos alguna rodela para defenderse de algún indio loco que nos asalte, como tantas veces ha ocurrido, se dedica a escribir. Se trata de un cronista que acompaña a Soto en su expedición.

-¿Qué tal andas? -pregunto mientras me siento a su lado, bajo una encina.

-No, no. Andar ya nada. Por fin nos hemos parado, macho, vaya ritmo.

Le pregunto acerca de Hernando de Soto, y me cuenta un poco su vida. Casado con una noble de Castilla, Inés de Bobadilla, y rico como él solo tras el reparto de los tesoros de las expediciones en las que había participado, de repente sospecha de una riqueza en la Florida similar a las halladas en Méjico o Perú, y a allá que se va, o mejor dicho, a aquí que se viene. Primero se fue a Valladolid a solicitar permiso al rey de España, Carlos V, que debió de responderle algo así como que fuera donde le diera la gana, pero que pagaba él. Y por la gloria del imperio, Soto aceptó. Muchos, de hecho, le siguieron sólo por honor. Obsesionado con descubrir una nueva Cuzco, lleva dando vueltas por el norte de América tres años, lo que le ha costado entre otras cosas, varios amagos de motín por parte de sus hartos hombres. Se dice que Hernando de Soto está loco por apuntarse una conquista importante, para así poder obtener un reconocimiento como el que consiguieron Pizarro o Hernán Cortés, y por lo que él se siente desprestigiado. Y, en fin, Francisco de Orellana andará en el Amazonas por estas fechas descubriendo el río Amazonas, pero Soto, el Misisipi tampoco está nada mal, no pasa nada.

Hernando de Soto se encuentra sumido casi en el delirio, debido a unas fuertes fiebres que si no han terminado ya con él, lo harán esta misma noche. Sabedor de ello, lleva despidiéndose de sus hombres cinco días, no le ha pillado por sorpresa. Durante la batalla de Mavila, Soto recibió un flechazo en el culo y siguió peleando durante horas con la flecha clavada en el pandero. No se sabe si es esta u otra razón, la causante de estas fiebres. Me acerco al lugar en el que el conquistador se encuentra, rodeado por sus más fieles hombres, entre ellos el que será su sucesor, Luis de Moscoso, y compruebo que el aventurero español ya no respira. Alumbrando con antorchas, unos centinelas señalan un hoyo grande en la tierra, escavado por los indios que por aquí algún día estuvieron asentados, para probablemente construir una cabaña. Al parecer será la tumba del hasta hoy, líder de la expedición. Sabiendo que es un angosto lugar, y que estamos acosados por los grupos de indígenas hostiles que hay por la zona, no podemos detenernos en funerales o protocolos, por lo que los hombres con gran pena envuelven en mantas el cuerpo del conquistador, y lo arrojan al hoyo, cubriéndolo con arena después. A continuación, varios jinetes cabalgan con sus caballos por encima para eliminar cualquier indicio que apunte a que allí hay un cuerpo sepultado. Me acerco a uno de los soldados para preguntarle por la razón de tanto cuidado, y me explica que temen que los indios profanen la tumba. Me empieza a hablar de desmembramientos y demás, y le pido que pare, aún no hemos cenado pero no quiero echar la comida. No soy el único que piensa en la cena, pues en el campamento muchos ya se disponen para prepararla. Pero yo prefiero unirme a los hombres de Soto, pues veo que siguen preocupados por la seguridad de la sepultura de Hernando. Les sigo de vuelta al claro en el que lo enterraron, y escucho la discusión que mantienen, acerca de la posibilidad de optar por un plan mejor.

La campaña imparable de Hernando de Soto hacia su objetivo de conquistar grandes ciudades y riquezas, había arrasado con cualquier intento de frustración de su idea, en forma de aniquilación de pueblos hostiles o agotadoras caminatas. Se dice que el conquistador es visto por los indios como un dios. Soto era un gran estratega y ello se le había reconocido. Sus hombres continúan forjando un nuevo plan, y finalmente optan por algo inesperado. Desentierran el cuerpo y meten entre las mantas que lo cubrían un montón de arena, supongo que quizá para ganar tiempo o engañar a miradas sospechosas, haciendo creer que él sigue allí, enfermo. En cuanto al verdadero cuerpo, deciden entregárselo al río. Su idea de lanzarlo a las aguas desde una canoa, atado a alguna roca, no puede llevarse a cabo. ¡No hay ni una piedra más o menos grande en todo este secarral! Así que optan por cortar una gruesa encina, y ahuecarla, improvisando un ataúd que después cierran con tablas. Finalmente, Hernando de Soto desaparece en las aguas del río que él mismo descubrió.

Regreso al campamento e intento cenar algo y descansar. No tardaré en irme, porque a esta gente aún le queda un año de camino de vuelta a Méjico. Allí llegarán los que sobrevivan, bajo el mando de Luis de Moscoso, en un lamentable estado tras cuatro años de expedición. Una expedición que comenzó el 25 de mayo de 1539, y que verá su fin el 10 de septiembre de 1543. Hoy es 21 de mayo de 1542, yo paso de seguir, por muy bien que me queden los calzones bombachos.

Hernando de Soto.

En la página de la historia de Florida, se palpa la importancia del conquistador Hernando de Soto.

19 de mayo de 2013

La decapitación de Ana Bolena

He estado hablando con varios ciudadanos que me he encontrado por las calles de Londres, y la verdad es que hay opiniones para todo. Unos creen que está a punto de cometerse una injusticia, otros piensan, por el contrario, que la pena de muerte es lo recto para los delitos por los que está acusada. Se habla de incesto, adulterio, alta traición. Hay quien sólo ve demencia en la cabeza del rey Enrique VIII. Y por otro lado, están los que me aseguran que todo tiene que ver con movimientos políticos, quizá enfocados a tratos con España. Sea como fuere, hoy es día 19 de mayo de 1536, y Ana Bolena, reina consorte de Inglaterra, será ejecutada aquí, en Londres. Camino junto a la orilla del río Támesis, quedando a mi izquierda la fortaleza de la Torre de Londres, lugar en el que Ana Bolena se encuentra presa desde el día 2 de este mismo mes de mayo, cuando fue prendida por las fuerzas del rey en mitad de una tranquila mañana.

Torre de Londres. Inglaterra.

Hace un apacible día, perfecto para pasear, además, pues este calzado que llevo, unos zapatos de piel con suela de corcho, me resultan de lo más cómodos. Llevo unas calzas cortas, marrones, adornadas con unas cintas de seda negras, atadas con un nudo al lateral, y me cubro de la fresca brisa del Támesis con un jubón, también marrón. Poco a poco me acerco a la Torre de Santo Tomás, una de las torres de la fortaleza, cuyas ventanas dan directamente al río, habiéndose destinado dicha torre a los aposentos aprovechando las buenas vistas. Preciosa construcción. El castillo, ampliado en numerosas ocasiones, nació cuando Guillermo el Conquistador levantó la Torre Blanca, allá por el 1078. Lamentablemente, con el paso de los años esta fortaleza se ha convertido en prisión, siendo ese casi su único cometido. Y hoy, su prisionera es la misma reina. Que dice el rey que Ana le ha puesto los cuernos. Pero vamos a ver, Enrique. ¿Tú sabes cuántas veces vas a casarte? La propia Bolena ha sido tu amante, antes que tu esposa. Y ahora mismo, probablemente, te encontrarás en los brazos de esa Juana Seymour, que igualmente, siendo tu amante, desea convertirse en tu esposa más pronto que tarde.

-¡Cuidado, necio! -grita un hombre, que va como loco por el camino montado en un carro tirado por dos caballos.

Me aparto a un lado para evitar que me lleve por delante, y él con el encontronazo casi se pone a dos ruedas. Se le cae del carro una pequeña caja de madera llena de huevos de perdiz, y todos se rompen. El tío ni se para. Supongo que se trata de algún pedido que se dirige a las cocinas reales. Ana aún mantiene la cabeza sobre los hombros y esa Juana ya se cree reina, pienso para mí al ver los huevos de perdiz rotos en el suelo. Paso junto a un mercado y escucho a varias mujeres que enumeran los supuestos amantes de Ana Bolena, entre discusiones sobre qué lechugas están más verdes. Mark Smeaton, un músico que al parecer le tocaba a la reina algo más que el violín. Le he escuchado alguna vez, pero no me gusta. Se ha vuelto muy comercial. Henry Norris y Francis Weston, dos cortesanos. William Brereton, un mozo de la cámara del rey. Y por último, su propio hermano George, que claro, éste además de cabrón sería acusado por incesto. En fin, el caso es que todos han visto el mismo final, pues todos han sido ejecutados hace dos días. Es curioso que todos defendieron su inocencia, así como la de la reina. Todos menos el músico. Él confesó. Pero cabe señalar que curiosamente él fue el único torturado. En fin, qué esperar de Thomas Cromwell, que posiblemente se haya cargado al joven Brereton por razones personales.

Finalmente llego a la plaza de la Torre de Londres. Me fijo en dos jóvenes que están haciendo unas pintadas en una pared. Estos chavales ingleses, no se esconden ni para plasmar sus grafitis, pienso. Pero realmente, cuando se alejan corriendo, leo en el mensaje frases de apoyo a la reina y burlándose del supuesto cornudo de Enrique VIII. Pero el pueblo más bien piensa que el monarca es un poco putero. Muchas personas esperan la salida de Ana Bolena, que no tarda en aparecer escoltada por varios soldados en el corto recorrido que separa la puerta de los calabozos de la plataforma donde verá su fin. Palmadas de apoyo y consuelo, de fidelidad y pena, le dedican los que consiguen acercarse a ella. Entre la muchedumbre, la veo pasar a unos dos metros de mí. Es una joven hermosa, de piel blanca y unos ojos verdes ahora empañados por lágrimas que sin embargo no delatan tristeza alguna. Un elegante collar de perlas rodea su precioso cuello, efectivamente fino, como ella misma describió esta mañana, asegurando que el verdugo no tendría dificultad alguna para rebanárselo, según dijo lord Kingston, encargado de la torre. Ana viste un hermoso vestido claro adornado con pieles, que deja ver unas enaguas rojas cuando sube los escalones de madera, con elegancia real, hacia su posición. Sus damas le acompañan entre llantos, que son más dolorosos en las que más edad tienen, y por ello, más tiempo han estado junto a su reina. Ana mira al frente, mientras sus damas se ocupan de retirarle sus joyas, pendientes y collar, de tomar las pieles con las que se abrigaba, y de cubrir su cabeza con una cofia blanca. Controlando sus lloros, finalmente se retiran unos pasos atrás, mientras se hace el silencio. La reina mira a los presentes, y después habla.

-Pueblo cristiano. Rezad por mí.

Escucho su discurso emotivo en el que a nadie culpa, y observo cómo se arrodilla. La decapitación al estilo francés consiste en una estocada limpia con la espada, y no con el hacha, sin que el condenado apoye su cabeza en ningún sitio. El mejor verdugo de Calais, exigido por el rey, recibe una bolsa de cuero llena de monedas por su servicio, y el tintineo de las mismas en su mano rompe el silencio del lugar, que acto seguido sólo interrumpen los susurros de los rezos de Ana. El verdugo da unos pasos sobre la plataforma de madera colocándose tras ella. Eleva su cabeza mirando al frente a través de los orificios de su capucha, e inesperadamente grita con su voz grave.

-¡Mi espada! ¡Traedme la espada!

El eco de su orden suena en los muros de la Torre de Londres. Ana Bolena cierra sus ojos y continúa con sus rezos. De entre unos barriles que a su lado había, el verdugo toma la escondida espada que acaba de reclamar. Empuñándola en silencio, efectúa su trabajo con un único golpe. Una idea que le regalaba a la reina el ahorrarse la angustia de la espera de esos últimos instantes.

Ana Bolena. Siglo XVI. Autor anónimo.

Las historias que se trajeron en estos tiempos, inspiraron una y mil películas y series. Una de ellas, es la serie Los Tudor.

18 de mayo de 2013

La rebelión anticolonial

El pasado 6 de abril de este mismo año, 1781, las campanas de esta hermosa ciudad de Cuzco, en el sureste de Perú, repicaban a media tarde incitando a una jocosa celebración, que provocaba que los aldeanos gritasen y vitoreasen a los soldados que regresaban de la batalla. El motivo de la ovación era la captura de un enorme y musculoso indio que llegaba encadenado, montado sobre una mula y rodeado por varios guerreros españoles, al centro de la ciudad. Habían sido varios meses alborotados, debido al despertar de la rebelión anticolonial más importante de este siglo XVIII. José Gabriel Condorcanqui Noguera, caudillo indígena, se había alzado contra el imperio español. En un primer momento, persiguió las injusticias que los corregidores del Reino de España imponían al pueblo indígena, aquí, en estos territorios pertenecientes a los Virreinatos del Río de la Plata, y del Perú. Las Reformas Borbónicas habían acrecentado los niveles de abusos y tropelías contra la población indígena, por medio, fundamentalmente, de la imposición de trabajos obligados, o la subida de las alcabalas. José Gabriel era un curaca, y como tal, había de mediar entre los corregidores españoles y los indígenas bajo su mando. Respetó la lealtad a la Corona del que ahora es rey de España, Carlos III, pero poco duró este simple cometido. Poco a poco se alzó como líder de una rebelión que se tintó de independentista radical, hasta el punto de otorgarse a sí mismo los títulos de Inca, Señor de los Césares y Amazonas con dominio en el Gran Paititi, Rey del Perú, Santa Fe, Quito, Chile, Buenos Aires y Continentes de los Mares del Sur, Duque de la Superlativa, Comisario Distribuidor de la Piedad Divina, y demás cosas que se le ocurrieron. Creo que una tarde que se aburría, se sentó en una silla con un pedazo de papel y una pluma, y acompañado de sus leales seguidores y una botella de buen ron, empezaron a soltar títulos y poderes, mientras él los apuntaba, para después proclamarse como tal.

Ilustración de Túpac Amaru II.

El caso es que se trata de un noble indígena con estudios, controla de quechua, castellano y latín, y cansado de la sublevación de los suyos, lideró esta rebelión bajo el nombre de Túpac Amaru II, habiendo sido el primero su antepasado, el último Inca de Vilcabamba. La cosa se puso seria cuando este tipo secuestró y posteriormente asesinó en público al corregidor de Tinta, Antonio Arriaga. Desde entonces hasta hoy, 18 de mayo de 1781, varias batallas han tenido lugar. Ejércitos de más de diez mil hombres se han enfrentado en sanguinarias contiendas, y es que al virrey del Perú, el español Agustín de Jáuregui, ya se le habían hinchado las pelotas con este movimiento que comenzó como algo no demasiado importante, y que pasó a significar una muy seria amenaza.

Desde el pasado mes, Túpac Amaru II ha estado siendo torturado en el interior del convento de la Compañía de Jesús, aquí en Cuzco. Los torturadores ya no saben qué hacerle a este tío, que ni siquiera al borde de la muerte confiesa una sóla palabra acerca de sus aliados en su rebelión. Un jesuita dando la chapa durante horas es algo que aún no se les ha ocurrido, siempre optan por lo mismo, los instrumentos de tortura más escalofriantes, pero en fin, yo no soy quién para proponerles nada. Tristemente, sus ideas son mucho más mezquinas. Me encuentro en la Plaza de Armas de Cuzco. Hoy es una plaza más, enorme, eso sí, pues es el centro administrativo de la zona, pero lugareños me han contado que en su día fue mucho más bonita, quizá antes de que en 1545 se retirara toda la arena de playa del lugar, para utilizarla en la construcción de la Catedral. Desde los calabozos en los que se encuentran los implicados en la rebelión, poco a poco van llegando los condenados. ¿La manera de trasladarlos? Metidos en costales, sacos grandes de tela, atados a caballos que los arrastran prácticamente matándolos. José Gabriel Condorcanqui Noguera observa moribundo el atroz espectáculo en el que sus compañeros, amigos, y sus propios familiares son los protagonistas, hasta el momento en el que a él le toca el turno. El caudillo indígena merece un trato especial. Me acerco entre la muchedumbre mientras observo cómo cuatro criollos se acercan trayendo de las riendas a cuatro fuertes caballos.

-¡Oye, tú, que no vemos nada! ¡Haz el favor de agacharte, que estábamos nosotros antes! Qué vergüenza, joder.

La gente no se lo quiere perder. Pues porque no me he puesto un sombrero de plumas muy chulo que me pareció ver en un mercado, que si no sí que no dejaba ver a nadie. Pero resulta que está prohibido utilizar vestimentas indígenas, hay que ir con ropa hispana. En fin. Me coloco en tercera fila, y veo cómo los cuatro criollos preparan los arneses de los caballos, a los que amarran unas sogas. Otros soldados traen a Túpac Amaru II hasta el centro de la plaza, donde le obligan a echarse en el suelo para poder atar las sogas a sus pies y manos. Su intención es desmembrarlo. Por medio de latigazos, los criollos espantan a los caballos, que intentando correr en direcciones opuestas, alzan en el aire al líder indígena. Gritos de inhumano dolor salen de una boca sin lengua, pues le fue arrancada en sus torturas. Los presentes se llevan las manos al rostro, y algunos incluso se tapan los ojos ante el espantoso desenlace que sin duda es inminente. Pero tras un largo rato, y tras dislocarle varias articulaciones, nada sucede, pareciendo que el indio estuviese hecho de hierro.

-¡Venga, parad, parad! -Ordena un soldado español de alto rango, mientras hace gestos con sus manos, acercándose a los criollos-. No me jodas, no vamos a estar aquí todo el día. ¡Tú! Acaba de una puta vez.

Un verdugo se acerca, hacha en mano, para finalmente ejecutar a Túpac Amaru II, decapitándolo. Igualmente, optan por despedazarlo, para poder enviar sus miembros a diferentes ciudades. Terminarán sus brazos en Tungasuca y Carabaya, sus piernas en Livitaca y Santa Rosa, y su cabeza, insertada en una pica, será exhibida en Cuzco y Tinta.

Ilustración del intento de desmembramiento de Túpac Amaru II.

Uno de los hijos del líder indígena, Fernando Túpac Amaru Bastidas, fue el único al que se le perdonó la vida, pero fue obligado a presenciarlo todo, con la edad de 10 años, y después enviado al exilio a África. Un libro muy interesante es el escrito por José Luis Ayala Olazábal, en el que narra la vida de este niño, documentándose con sus cartas. Este cautiverio y agonía sin fin. Fernando Túpac Amaru Bastidas.

12 de mayo de 2013

Templarios en la hoguera

El cielo está nublado, es un día gris. El barro cubre las calles y entorpece el caminar de los campesinos y demás gentes que se mueven de aquí para allá en estas turbias fechas. Aún así, no llueve. Estoy en la ciudad de Sens, en el corazón de la región de Borgoña, en Francia. Hoy, día 12 de mayo de 1310, la Orden del Temple ha recibido un mazazo incomparable a cualquiera recibido en sus muchas batallas en Tierra Santa. Una emboscada de la que ya nunca se recuperarán.

Ilustración de caballero de la Orden del Temple.

Pensativo, me como un mendrugo de pan para desayunar, apoyado sobre la fría pared de piedra de una de las casas de la periferia de la aldea. Mi atuendo consiste en una camisola de un color parduzco, y unas calzas de igual color, tono natural del material del que están hechas, una barata lana, nada de tintes propios de la nobleza. De igual modo, calzo unos zapatos de poca categoría, soy como un villano más. Me rasco la barba mientras observo a algunos aldeanos correr calle arriba al tiempo que un murmullo de voces cada vez más potente pasa a convertirse en un griterío que denota furia, enfado.

-¡Herejes! ¡Sinvergüenzas! -Chillaban las encolerizadas gentes que poco a poco abarrotaban las calles, interrumpiendo sus tareas, saliendo de sus casas-. ¡Chorizos! ¡Así os abraséis, cabrones!

Cómo está el patio. Permanezco en mi sitio, ya veo aparecer el primer carro, tirado por dos fuertes caballos. Como mercancía, una jaula de gran tamaño y rejas de hierro, con su puerta cerrada por un enorme candado que tintinea con los baches del camino. Las ruedas del carro pisan los charcos, salpicando de barro a los que a ambos lados de la calle se dedican a insultar al paso de la trágica cabalgata. En el interior de la jaula de ese primer carro, cinco hombres encadenados se sujetan a los barrotes para salvar el tambaleo del carromato. A muchos les escupen, pero nada ya les importa. Poco a poco se acerca la comitiva, compuesta por ese y otros diez carros más, pues cincuenta y cuatro son los condenados.

Esta triste historia tuvo un trágico desenlace en el día de ayer. Hace unos días, el rey francés, Felipe IV, consiguió por fin hacerse con un arma poderosa con la cual enfrentarse a los templarios. Nombró arzobispo al descerebrado Felipe de Marigny. Y es que al monarca el tema de la orden de los soldados de Cristo se le estaba yendo de las manos. En estos años están siendo torturados cruelmente cientos de hermanos de la Orden del Temple. Terribles torturas arrancan confesiones que sólo nacen del dolor, mientras que los condenados defienden su inocencia. Uno de los comparecientes, el soldado Ponsard de Gisi, testimoniaba hace un tiempo que todo lo declarado durante su juicio era falso, y que únicamente se debía a las inhumanas torturas. Relató haber sido sometido a crueles tormentos, tales como atarle las manos a la espalda con tal fuerza que las uñas de sus manos se habían reventado, sangrando a borbotones. Y es que el rey Felipe, al que llaman el Hermoso, cosa que dudo mucho, pues lo he visto en un cuadro y me parece más feo que una rata portadora de la peste, está decidido a acabar con la orden. El tal Felipe de Marigny poco ha tardado en hacer uso de su nuevo poder para juzgar a los templarios condenados en Francia. El arzobispo de Sens convocó un concilio provincial hace dos días, y ayer mismo condenó a los cincuenta y cuatro hermanos que habían confesado, cómo no, bajo torturas. Considerados relapsos, la pena que se les impuso fue morir en la hoguera.

Una berza podrida que apesta a mierda me golpea en toda la nuca. Me giro llevándome la mano a la zona donde me había golpeado preguntándome qué coño ha pasado. Un maldito campesino con cara de imbécil me viene a pedir disculpas.

-No te quería dar a ti, tío, perdona -dice con cara de bobo, mientras se me acerca.

-A ver si tenemos más cuidado, palurdo.

Y es que los carromatos están ya pasando ante nosotros. Los aldeanos les lanzan frutas y verduras pochas, insultándoles. También existen los que miran desde la distancia, indignados, pensando en si estos hombres son verdaderamente culpables de algo más que de haber despertado el temor de las autoridades al poder de su hermandad. O aquellos otros, como varias mujeres que lloran desde las puertas de sus casas, que sencillamente sienten lástima.

Al paso del último carro, sigo a la procesión, con dirección a los bosques de Vincennes, y que se detiene cerca de la Puerta de San Antonio, justo en el lugar señalado por altas columnas de humo, que salen de varias piras. Las hogueras han sido dispuestas con el desalmado objetivo de conseguir un lacerante final para los templarios sentenciados. Leños y troncos escogidos por su tamaño arden en varios montones. Poco a poco los encadenados son bajados de sus jaulas. Me vuelvo y tomo el camino de nuevo a la ciudad, mientras lamentos se escuchan a mi espalda, encomendándose a Dios y clamando su inocencia.

Caballeros templarios quemados en la hoguera. Manuscrito medieval.

Para conocer un poco más sobre este tema, esta página está muy bien.

11 de mayo de 2013

El primer libro impreso

Llevaba varios días a camello dando vueltas por mitad del desierto del Gobi. He podido contemplar la belleza de la Montaña Mingsha, e incluso he llegado a ver las Grutas de Mogao, excavadas en su costado, la joya de la localidad de Dunhuang. Más de mil seiscientos metros de majestuoso acantilado.

Las Grutas de Mogao. Dunhuang. China.

Pero no podía detenerme. Hoy es 11 de mayo del año 868, desconozco si he llegado ya a salir de las fronteras de la provincia de Gansu, pero el caso es que en algún lugar del noroeste de China, hoy se va a imprimir el primer libro, fechado, al menos, en la historia. Palmeo el largo cuello de mi camello, lento pero constante, como si de un caballo se tratara, pero creo que el animal me mira raro. No me extraña, tiene a un tipo encima vestido con una túnica enorme y unos pantalones bombachos debajo de ella, al estilo de la época, que, no sé, pero no debe de inspirar demasiada confianza. Pero bueno, son cómodos, me siento a gusto. Eso sí, hace bastante calor y yo voy con las mangas remangadas. Por fin llego a lo que parece una ciudad no muy pequeña. Al cruzarme con los primeros aldeanos me bajo las mangas de mi túnica. Hace doce años, allá por el 856, el emperador Buntoku prohibió las mangas cortas, no quiero líos. Me apeo de mi jorobado amigo y camino llevando sus riendas por una calle con pinta de rúa principal, abarrotada de mercaderes. Hierbajos aquí y allá, sobre todo. En las casas, pequeñas pero de amplios interiores predomina como principal material, la madera, consiguiendo una armonía con la naturaleza muy envidiable.

Unos troncos de madera de boj apilados junto a la entrada de uno de los edificios me hace detenerme. Al acercarme más, identifico también algunas tablas de madera de cerezo, despejándose así mis dudas. Este es el lugar, esto debe de ser una imprenta. Maderas duras, aptas para la xilografía, se encuentran desparramadas por el suelo de la estancia, según veo desde el umbral. Un hombre bajito de elegantes bigotes largos sale con las manos manchadas de negro, y se para unos segundos ante mí, con cara de extrañado. Un personaje con una túnica enorme, pantalones bombachos y con un camello por única compañía, se encuentra ensimismado mirando desde la calle el interior de su taller. Sin duda piensa que soy gilipollas. Menea la cabeza murmurando algo en un lenguaje que no conozco, mientras continúa con su trabajo, cogiendo una plancha de madera de cerezo y entrando de nuevo al interior. Vaya con el chino, no permite ni una interrupción. Pero lo cierto es que ante mí se encuentra el arcaico método de impresión que plasmará una enseñanza budista que pasará a convertirse en el libro impreso fechado más antiguo de la historia, que se conozca. Más personas van y vienen en el interior del taller, pero mi mirada se posa en la actividad que uno de ellos lleva a cabo. En una de las planchas de madera, un hombre talla con gran meticulosidad una serie de caracteres. Aun no conociendo el lenguaje, creo acertar a descifrar lo que el tipo está grabando, haciendo uso de su gubia. Wong Jei, pues no es otro el personaje, plasma en la madera una dedicatoria a sus padres. Costumbre habitual la de honrar a alguien al elaborar un libro. Finalmente, empuñando esa herramienta se dispone a tallar los últimos trazos de esa matriz. Decimoquinto día de la cuarta luna del noveno año. La fecha del día de hoy. El 11 de mayo del año 868.

Sobre una larga y baja mesa, se extiende una especie de papiro de unos cinco metros y medio de largo, por unos veinticinco centímetros de ancho, en el que aparecen caracteres chinos y alguna ilustración. El hombre impregna de tinta negra la plancha de madera que finaliza de tallar soplando una última vez para eliminar todo rastro de virutas, y finalmente la coloca sobre el pedazo de lienzo que aún permanece en blanco, imprimiendo en él el culmen de su obra. Compruebo boquiabierto la práctica de esa técnica de impresión nacida en el siglo VI aquí en China, durante la dinastía Suei, y perfeccionada ahora, durante la dinastía Tang.

Mi camello me saca de mis pensamientos intentando mordisquear mi oreja. ¡Quieto, bicho! Es hora de partir. El Sutra del Diamante está finalizado.

El Sutra del Diamante. 868.

El libro original, hallado en las cuevas de Mogao, donde dormía escondido por más de mil años, se encuentra en la Librería Británica, cuya página recomiendo un montón, donde se nos da la posibilidad de ojear muchos libros antiguos, digitalizados, desde nuestras propias casas. El Sutra del Diamante es uno de ellos, pasaros por aquí para echarle un vistazo.

10 de mayo de 2013

El ascenso al trono de Luis XVI

Francia. Hoy es 10 de mayo de 1774. Me encuentro en el interior del Palacio de Versalles, infiltrado entre las muchas personas que hoy están aquí. Me muevo fingiendo asombro entre los cortesanos, suponiendo que nadie sospechará de mi presencia, pues realmente me pregunto si todas estas personas se conocen entre ellos, sabiendo que en las estancias de esta mansión habitualmente hay cientos de, por qué no decirlo, pijos chupópteros que viven sin dar un palo al agua, lamiendo el culo del Luis correspondiente. Desconozco en qué sala en concreto estamos ahora. Pero como para saberlo, joder, en este edificio hay unas setecientas habitaciones. No paro de mirar a mi alrededor. ¡Qué lujo! Y pensar que esto se construyó como residencia esporádica para las cacerías del Rey Sol. Al final les gustó, comenzaron a hacer reformas y, vaya que sí, se les fue de las manos hasta convertirse en la residencia más maravillosa de Europa al término del Antiguo Régimen. Observo la cuidada decoración, motivada por el mobiliario de bronce y marquetería del que fue el mejor en su profesión hace ahora unos 100 años, y posible padre de la cómoda, el gran ebanista Boulle. Pero, en fin, toda esta ostentación casi me provoca ansiedad, creo que personalmente me quedo con la grandiosidad de los jardines. Unas ochocientas hectáreas de elegante estilo francés que nos ofrecen la posibilidad de pasear entre sus más de doscientos mil árboles. Mención especial al estanque de Neptuno, de las últimas modificaciones del hasta hoy, rey, Luis XV. Visto desde la ventana principal de la Sala de los Espejos, este mar verde se me antoja impresionante.

Palacio de Versalles. Francia.

Maldigo a la moda rococó. Estos pantalones me aprietan el paquete, y a cada rato he de tocarme mis partes, colocándolas, ante la mirada inquisidora de las damas que hay por aquí, que ocultan su rostro tras sus abanicos, complemento femenino casi obligado. Ante sus gestos, carraspeo y me acomodo la casaca, azul con bordados dorados. Vaya pintas. Para rematar, me he encasquetado una peluca empolvada, como marca el estilo actual. Me he librado de tener que hacer más el ridículo con una de esas gigantescas pelucas que tanto le gustaban a Luis XIV, al menos esta es más pequeña. Pero, en fin, es momento de ponerse serio. En el palacio, abarrotado sobre todo en esta, la planta baja, la gente se muestra nerviosa, alterada, y no es para menos. Estoy cerca de la puerta de los aposentos reales. La agonía de Luis XV, rey de Francia, acaba de llegar a su fin. El monarca ha fallecido tras su dura enfermedad, la viruela, contraída según creen sus médicos, en el Pequeño Trianón, edificio erigido con el objetivo de disfrutar de su afición a las plantas. Regarlas, abonarlas, y todo eso, supongo que no estamos hablando de fumárselas, pero quién sabe qué hacía ahí dentro el Bien Amado, la verdad es que se lo montaba a lo grande.

Las carreras de los cortesanos de un lado a otro, acentuadas por el sonido de sus tacones, y es que en esta época todos los llevan, hombres y mujeres, delata el ambiente de cambio, y, por qué no decirlo, de cierta revolución. Me uno a un grupo de tipos que van corriendo por los pasillos, entre las columnas jónicas que los decoran. Al llegar a los aposentos de los Delfines de Francia, nos detenemos y uno de ellos, ni corto ni perezoso, abre la puerta, con dos cojones. ¿Pero es que no respetan ni al futuro, o mejor dicho, ya actual rey? Sin siquiera llamar empuja el portón. Rezo para que no estén dándole al tema. La puerta se abre. Por fortuna María Antonieta está vestida y su joven esposo mira por la ventana, distraído. Aunque veo al mirarla entre los muchos personajes que llegan, que es cierto lo que cuentan, se trata de una joven hermosa. Los chavales, de veinte años, y que llevan cuatro casados, se giran sobresaltados cuando la muchedumbre les asalta en su propia habitación.

-Majestades -dice el fulano que abrió la puerta, mientras hace una pronunciada reverencia a los jóvenes.

A continuación, veo cómo ambos se miran, asombrados. ¿Por qué esa cara, loba austríaca? Si supieras que tu marido te va a hacer regalos tan asombrosos como el mismísimo Petit Trianon.

-¡Dios mío, somos reyes demasiado jóvenes! ¡Protégenos de nuestra inexperiencia! -claman ambos.

Y sí, aquí comienza un tiempo de cambios y revoluciones. Pero yo mejor me largo. Demasiadas guillotinas para mi gusto, y eso, es mucho peor que un pantalón hortera apretándome las pelotas.

Busto de Luis XVI. Augustin Pajou. 1779.

Para daros una virtual vuelta por el Palacio de Versalles, su página es muy recomendable.